Jaime Solá: un militante de la modernización de Salta

Salta perdió a Jaime Solá, uno de los grandes impulsores de la capacitación de los jóvenes en el exterior, compenetrados de la realidad del mundo contemporáneo, de las nuevas tecnologías y de la cultura de la era global.
Como primer presidente del ISEIS, en 1986, y desde la Fundación Capacit-ar del NOA, más adelante, gestionó becas para la formación de 340 jóvenes salteños en otros países. El perfil de su gestión lo mostraba como un “militante de la modernización”, y esa fue la impronta de su desempeño como profesor de Derecho Comercial en la Universidad Católica de Salta. Jaime Solá quería abogados con mentalidad de empresa, por eso organizaba visitas a ingenios, fincas e industrias de la región, y viajes a Buenos Aires para que los futuros abogados se impregnaran del funcionamiento de la Bolsa de Comercio.
Uno de sus libros, “El individuo con libertad y responsabilidad”, plasma su visión liberal, en el sentido más prístino del término, convencido de que todos los seres humanos tienen el derecho a gozar de oportunidades para el desarrollo de su capacidad, y el deber de poner en esa tarea todo el empeño. No se trataba del dogma injusto del liberalismo del “darwinismo social” sino del imperativo del desarrollo humano. Con ese espíritu, publicó numerosas columnas en el diario El Tribuno. Solá creyó toda su vida en Salta y los salteños, aunque no ahorrara ironías sobre ciertos vicios y poses habituales en nuestra patria chica.
Había nacido en 1929 en el seno de la familia de José Vicente Solá y María Elena López Sanabria. Era el tercero de ocho hermanos, todos comprometidos con la provincia. El padre, odontólogo de profesión, investigador por vocación y político de raza, fue el autor del “Diccionario de Regionalismos de Salta”, y dejó su impronta en la familia.
Jaime fue militar. En 1962, con el grado de teniente coronel en el arma de artillería, fue pasado a retiro luego de la derrota de los “colorados”, una corriente interna del Ejército que se enfrentó a la que encabezaban Juan Carlos Onganía y Alejandro Lanusse, los “azules”. A partir de entonces desarrolló una intensa actividad empresaria, que lo vinculó con Roberto Romero con quien compartían la visión sobre las necesidades y posibilidades de desarrollo de Salta. Un compendio de esos propósitos aparece en su libro “El día que quisimos cambiar Salta”.
Al mismo tiempo, se recibió de abogado en tiempo récord, con la convicción de que el abogado no es un hombre de escritorio sino de acción. “Yo soy un alquimista”, decía para explicar su visión heterodoxa y dinámica de la realidad y su convicción de que cada persona debe construirse a sí misma. En la función pública fue secretario de Ciencia, Tecnología y Programas Especiales en 1998. Su muerte llegó repentinamente; este año ya había perdido a tres de sus hermanos, Hugo, Vicente y Bernardo. En imprenta, quedó además, una obra póstuma, con sus Memorias.
 

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