La Misa Criolla, una obra musical sublime que perdura en el tiempo

En la tarde del pasado 5 de enero, cuando muchos chicos apuraban la llegada de la noche de Reyes, comenzó a escucharse en la plaza del pueblo una vieja y conocida música. Era la Misa Criolla, la que hace 57 años grabaron Ariel Ramírez, Los Fronterizos y un coro de la Basílica del Socorro. La misma misa que por aquellos años pronto se replicó en los escenarios más famosos del mundo, incluso en la Basílica de San Pedro en el Vaticano. Pero también lo hizo, en las más humildes y alejadas parroquias de la Argentina profunda, ya que fueron los curas párrocos de tierra adentro sus mayores difusores. En Cerrillos, por ejemplo, los cuatro parlantes, colgados en lo alto del campanario de la vieja iglesia, sirvieron para que en la Navidad de 1965, el pueblo escuchara por primera vez la Misa Criolla. Y desde entonces, esos inolvidables acordes vuelven para Pascuas, Navidad y Reyes para regocijar nuestros oídos.

Fue a partir de la mitad de los años sesenta cuando la Misa Criolla comenzó a llegar a los lugares más apartados de nuestra provincia. De a poco, pudo ser escuchada tanto en Iruya como en los montes de Anta, Rivadavia, Orán y San Martín. Trepó hasta las alturas de Santa Victoria, San Antonio de los Cobres y La Poma; y bajó luego a Payogasta, Cachi, Molinos, Angastaco, San Carlos y Cafayate. Sus sones inundaron las plazas de Chicoana, Seclantás, Metán y La Candelaria. Y también llegó hasta el templete de Piedra del Molino cuando un grupo de changos hizo girar arriba de los tres mil metros de altura, el “cassette” de la Misa Criolla. Y lo hicieron pegados a la piedra de moler y al pie del oratorio inaugurado en 1970. 

Pero en este detallar recuerdos no podemos olvidar a “La Ciudad de Navidad” de Villa Las Rosas, que desde 1966 pone en escena pasajes bíblicos con la Misa Criolla como música de fondo. Sones que aún sigue vigente, pues hasta hoy no hay pesebre en el norte argentino, por humilde que sea, que no acompañe el Nacimiento de Belén, con la Misa Criolla de Ariel Ramírez cantada por Los Fronterizos.

Con el paso del tiempo, la obra fue interpretada y grabada en distintos lugares del mundo por innumerables intérpretes. En nuestro país lo hicieron, entre otros, Zamba Quipildor, Patricia Sosa, Dominic Miller y Mercedes Sosa. Y en el extranjero los españoles José Carreras y Plácido Domingo. De todos modos, aquí en la Argentina la Misa Criolla sigue siendo la música más escuchada cuando se trata de las tradicionales celebraciones de Semana Santa, Navidad y Reyes. 

Historia de una misa

La Misa Criolla fue presentada en público en 1965 en la ciudad de Montevideo, Uruguay, y la primera gira de presentación se concretó dos años después, en Alemania Occidental. Según contaba Ariel Ramírez, su primera idea de componer algo profundo, religioso, que honrara la vida, que involucrara a las personas más allá de sus creencias, de su raza, de su color u origen; que se refiera al hombre, a su dignidad, al valor y a la libertad y al respeto del hombre relacionado a Dios, como Creador, fue en 1954 y no era una misa. “Pero esa motivación -dice el periodista Eduardo Slusarczuk- lejos de haber surgido por generación espontánea, hay que rastrearla a varios miles de kilómetros de la Argentina, cuando Ariel Ramírez pasaba un largo tiempo en Europa, en plan de enriquecer los conocimientos musicales que había adquirido desde muy joven y en simultáneo con su tarea docente en un puesto rural de montaña, a partir de su fascinación con la música de indios, gauchos y criollos”.

En Europa

El joven de Santa Fe estudió Tradiciones folclóricas en la Academia de Viena y en el Instituto de Cultura Hispánica de Madrid. A su paso por Italia conoció al padre Antuña, quien a su vez le presentó al Padre Wenceslao van Len. “Un holandés -cuenta Ramírez- con quien nos entendíamos en un italiano básico pero eficaz, y al mismo tiempo bastante divertido”. Según este recuerdo, el propio Van Len lo llevó a Holanda y desde allí lo recomendó a un convento en Würzburg, en plena Bavaria, “una pequeña y una hermosa localidad a unos 100 kilómetros de Franckfurt, donde estaba un convento de la orden de misioneras de Mariannhill. En ese convento no podía hablar con nadie, porque nadie sabía español, ni francés -que yo tartamudeo un poco-, ni italiano. Hasta que alguien, dentro del convento, me contó que había dos monjitas que hablaban español. Las fui a ver, y en realidad hablaban portugués. Pero empecé a visitarlas, todos los días. Primero, porque me convidaban con muy buenos platos, y después porque eran encantadoras. Allí, frecuentemente, desde la ventana de la cocina, contemplaba el magnífico paisaje semiboscoso, gloriosamente verde, con una enorme casona que a lo lejos se dibujaba de blanco con las últimas nieves de la primavera.
Tanta belleza -continúa- me producía sentimientos exultantes y, desde mis jóvenes años, me parecía estar un paso más arriba de la Tierra. Pero esa sensación, no era compartida por las monjas Elizabeth y Regina Brückner, que con su portugués me habían resuelto el tema de la comunicación. Fueron ellas, quienes me contaron que ese parque encantador, había sido hasta hacía poco un montón de escombros, y que la enorme casona formaba parte de un campo de concentración nazi que había funcionado hasta hacía cinco años.

Estas monjitas me contaron que ellas sintieron piedad por esos hombres detenidos. Se apiadaron, y todas las sobras de comida del convento, una noche las metieron en unas bolsas, y poniendo en riesgo sus vidas -porque era la horca ayudar a un judío- escarbaron al lado de la alambrada y la pusieron allí, y así siguieron durante un año y medio”.

“Un día -sigue Ramírez- de 1954, tal vez del mes de mayo, estando en Liverpool, no pude resistir la tentación de subir a un barco, el Highland Chefstein, que iba a Buenos Aires donde me esperaban mi hija Laura, de cinco años y mis viejos, que superaban los setenta. Me había convencido de que en dos meses regresaría al lugar donde ya había decidido afincarme para siempre. Pero el destino me reservaba otro rumbo. En ese barco que atravesaba el Atlántico hacia el sur, empecé a rememorar el relato de las hermanitas Brückner, y a pensar en toda la solidaridad humana, todo el amor que había recibido, de parte de gente extranjera con la que apenas podíamos comunicarnos por el desconocimiento de nuestras lenguas. Me conmovía pensar en que todo lo que recibí fue exclusivamente por amor a mi música y a mi persona, hasta que comprendí que sólo podía agradecerles escribiendo en su homenaje una obra religiosa. Pero no sabía aún cómo realizarla. Con el tiempo Europa quedó muy lejos... Pero mi pensamiento seguía centrado en la idea surgida en el Atlántico. En esta búsqueda comencé a reunir información, y es así que tiempo después me encontré con el padre Antonio Osvaldo Catena, amigo de la juventud en Santa Fe, mi ciudad natal, quien fue realmente el que transformó la base de lo que yo había escrito pensando en una canción religiosa en una idea increíble: la posibilidad de componer una misa con ritmos y formas musicales de esta tierra”.

El texto de las misas en español 

Fue la decisión del Concilio Vaticano II que culminó bajo el papado de Paulo VI, de autorizar la celebración de misas en las lenguas locales, fue lo que iluminó la idea de Ariel Ramírez. Y además, que justamente el padre Catena fuera en 1963 el presidente de la Comisión Episcopal para Sudamérica encargada de realizar la traducción del texto latino de la misa al español. Entonces, el Kyrie adoptó una forma de vidala/baguala; el Gloria de carnavalito; el Credo, de chacarera trunca, el Sanctus, de carnaval cochabambino, y el Agnus Dei, un estilo pampeano.

“Cuando ya tenía terminados los bocetos y formas del ordinario de la misa -dice Ramírez- el padre Catena me presentó a quien realizaría los arreglos corales: el padre Segade”, concluyó Ramírez.

Lo que vino después fue la selección de voces, que para el compositor fue tarea sencilla. Eligió a Los Fronterizos con Eduardo Madeo, Gerardo López, Julio César Isella y Juan Carlos Moreno.

El desafío

“Me llama el presidente de Philips -cuenta Ramírez-, hablándome de reeditar el éxito del disco de piano y charango (Jaime Torres y yo). Entonces le cuento lo de la Misa. El no sabía de qué se trataba. Entonces me desafió: ‘Si puedes asegurarme que esa misa venderá más de 2.500 discos, largamos’. Empezamos a grabar con Los Fronterizos y la Cantoría del Socorro, y terminamos a fines de octubre de 1964, porque tenía que salir para la Navidad. Cuando el presidente de Philips escuchó como primicia la grabación, me llamó llorando y me dijo: ‘Ariel, hiciste una obra maravillosa... estoy conmovido... quiero felicitarlos...”.

A poco en Salta, El Tribuno se enteró por un llamado de Madeo. Al otro día tituló: “Grabaron Los Fronterizos la obra de Ramírez Misa Criolla”. “una obra que, a no dudarlo, tendrá trascendencia internacional”.

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