El mercado mundial cambió de paradigma. Las tendencias que vislumbraban un futuro lejano se convirtieron vertiginosamente en realidad, a raíz de una medida sin precedentes en la historia moderna: encerrar a la población para lidiar con una enfermedad desconocida.

La oferta y la demanda se desintermediaron, virtualizándose; el fenómeno DTC (direct to customer) a través de las redes pasó de excepción a regla y definió una nueva configuración de empresas y criterios de consumo.

El eje de preocupaciones materiales también viró.

Desde la necesidad de regular el funcionamiento de las redes (Facebook, Instagram y Whatsapp) hasta la discusión geopolítica por la localización de las cadenas de distribución y los semiconductores (Intel, TSMC, ASML, Samsung), dispositivo esencial para cualquier desarrollo tecnológico. Un mundo de Heráclito, a

pura transformación, pleno de desafíos y oportunidades.

Nuestro país se quedó afuera. Dio las espaldas al mundo y abrazó una realidad parmenídica, donde nada cambia, todo se repite; desde los problemas hasta las pseudo soluciones de siempre, que no llevan a ningún lado. Somos la confirmación de una extravagancia, la teoría del eterno retorno, que evidencia un gobierno tempranamente entumecido, agotado por ideas viejas.

El síntoma más importante de los últimos días no es el cambio intrascendente de figuras menores del

gabinete. La novedad que importa es el reemplazo en la Secretaría de Comercio. Estamos en un extraño

estado de latencia que durará un mes hasta las próximas elecciones, luego de lo cual es probable que se deterioren aceleradamente dos variables económicas centrales: el tipo de cambio y la inflación.

El diagnóstico no es una novedad para nadie. Sí lo es el pronóstico para el día después.

El principio de la "navaja de Okham" (por el fraile inglés del siglo XIV), con vigencia imperturbable de siglos, permitió grandes avances en las ciencias (en especial la economía), afeitando criterios absurdos.

No es el caso de Argentina, con su afán de tropezar una y otra vez con la misma piedra. El discurso oficial permite anticipar lo que viene: "compartir racionalmente las ganancias de los empresarios" y otras lindezas, fundadas en controles de precios, con la ley de abastecimiento como trasfondo y fundamento en una oración marchita del artículo 14 bis de la Constitución Nacional, que propugna la participación de los trabajadores en las ganancias de las empresas, "con control de la producción y colaboración en la dirección".

También se perfilan los resortes institucionales que quedan como resguardo: la justicia y la oposición.

Aunque todo ande mal, si hay justicia y oposición vigorosa, todo puede andar bien. Son las únicas dos instancias que pueden vencer la estupidez política, siempre tan gravosa, de ideas que van a la zaga de los hechos. El desafío de ambas es mayúsculo, para evitar una amplificación de la crisis y que la urna electoral no se convierta en urna cineraria con triste epitafio: "aquí yace media Argentina; murió en manos de la otra mitad" (el poeta Mariano José de Larra, con dolor por su España, en el siglo XIX).

 

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