La Argentina y el  atractivo del  Gran Dragón

La pertenencia de China al restringido "club" de grandes potencias, y los vínculos inéditos que en las últimas décadas la Argentina ha venido anudando con ese país ameritan un análisis que contemple tanto los beneficios como los potenciales costos de una relación caracterizada, ante todo por la asimetría de los actores.

Además de la abismal diferencia de tamaño entre ambas economías, China exhibe desarrollos tecnológicos propios y de primer nivel en prácticamente todos los campos del quehacer productivo, incluyendo el nuclear, el espacial y el militar convencional.

Además, es miembro permanente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, condición que comparte con los Estados Unidos, Francia, Reino Unido y Rusia.

Un vínculo creciente

Una relación bilateral que hasta los 90 no pasaba del diálogo en el ámbito diplomático, con coincidencias en temas como Malvinas y Taiwán, ha devenido hoy un vínculo de tanta envergadura que obliga a plantearnos hasta dónde conviene profundizarlo y en qué campos. La creciente demanda, básicamente de alimentos, que China adquiere en Argentina, es una inestimable fuente de divisas para una economía que no sale de la recesión desde hace ya una década. A cambio de esas compras nos vende, junto a una amplia gama de bienes de consumo final, equipamiento y know how para renovar la red ferroviaria; ha cerrado acuerdos para la construcción de dos represas hidroeléctricas en Santa Cruz y presentó en su momento otras propuestas de significación, entre ellas la provisión de centrales nucleoeléctricas y la construcción de un ramal ferroviario para unir la zona de Vaca Muerta con Bahía Blanca.

¿Será negocio?

Hay también inversiones chinas para explotar y procesar litio en la Puna salteña.

A la hora de responder a esas propuestas de alto costo el criterio básico que correspondería seguir es evaluar si el crecimiento de nuestra economía -y especialmente de nuestras exportaciones-, que resultaría de suscribir cualquier proyecto, justifica asumir las deudas resultantes.

Otro aspecto para tener en cuenta es si los proyectos que se encaren con China contribuirán a un mayor y mejor federalismo económico. En este sentido no conviene en absoluto acordar con ningún país emprendimientos que ahonden las diferencias en distribución poblacional, desarrollo económico y social que desequilibra tan fuertemente a nuestro país, concentrando recursos en la Pampa Húmeda, muy especialmente en el AMBA, de consecuencias funestas en todo sentido.

Sin perjuicio de la necesidad de examinar los aspectos estrictamente económicos de las propuestas chinas, hay una vara específicamente geopolítica que debería estar presente siempre en el seguimiento de la relación bilateral: no perder de vista el equilibrio que la Argentina necesita mantener en su relacionamiento con todo el mundo, a fin de evitar una dependencia excesiva en términos relativos, con mayor razón existiendo las asimetrías que mencionamos.

Nueva dependencia

Pero la pregunta salta a la vista: ¿cómo mantener un aceptable grado de autonomía en nuestra relación con China si esta nos compra un porcentaje tan alto de nuestra oferta exportable hoy?

La premisa que debiera guiar nuestra política exterior frente a cualquier dependencia riesgosa pasa por varios objetivos resumibles en una sola palabra: diversificación.

Aún pensando en las exportaciones de commodities -mejor aún con alto valor agregado-, Argentina tiene inexplotado un campo muy prometedor, donde entran nuestra enorme riqueza ictícola, forestal y minera.

Es obvio que si diversificamos la oferta exportable no solo venderemos más, sino que se ampliará la lista de países compradores de nuestras exportaciones.

No se trata de reemplazar a China como principal comprador, pues no solo es ilusorio en el escenario global actual sino que no se justificaría aún si fuese factible. Lo que aquí estamos planteando es la conveniencia de reducir, en la medida de lo posible, una dependencia que es preocupante por los niveles que ha alcanzado.

La diversificación de nuestras relaciones externas pasa por encontrar nuevos mercados; pero pasa también por alcanzar muchos otros objetivos. Para mencionar algunos de los más significativos, tenemos que negociar acuerdos que redunden en adquisición de tecnologías necesarias para un desarrollo económico armónico e incrementar el número de científicos que se perfeccionen en los mejores centros académicos.

No son metas cuyos resultados se alcancen de la noche a la mañana. Pero son factibles, y en algunos casos los tiempos para lograr resultados son menores de lo que se supone si las políticas sectoriales que se apliquen son decididas y bien diseñadas.

Los Estados Unidos, Canadá, Japón, la Unión Europea, Rusia, el Medio Oriente, la India, Indonesia, Corea del Sur, los estados del noroeste africano, que en tiempos recientes se han convertido en productores y exportadores de petróleo, son algunos de los escenarios con los que podemos establecer asociaciones de beneficio mutuo.

Con Latinoamérica, cuya población supera los 600 millones de habitantes, queda muchísimo por hacer, comenzando por desbloquear el Mercosur para así poder ampliar sus beneficios, flexibilizando además su normativa para suscribir acuerdos de facilidades comerciales con países extrazona.

Si ello se lograra, se fortalecería nuestra posición negociadora ante China. En la integración económica con la región es imperioso dejar de lado la ideologización si realmente queremos lograr avances.

Con China, en campos que exceden lo estrictamente económico, comercial bilateral, existen materias como la investigación nuclear con fines pacíficos, lucha contra el terrorismo y otros delitos trasnacionales, cambio climático, turismo, protección de la Antártida, entre otros, donde una cooperación bien diseñada y negociada puede resultar de mutuo beneficio.

Hay otros sectores en los que ya le hicimos al gigante asiático concesiones de alto interés, como es el caso de la antena de seguimiento de satélites instalada en Neuquén. Este acuerdo ha sido de una conveniencia discutible, pero sería altamente costoso en todo sentido volver atrás y denunciar el convenio que permitió esa instalación. 
En cambio, sería de indudable beneficio para nosotros avanzar en nuestra cooperación espacial con EEUU y la Unión Europea. Esta política, más allá de los beneficios que nos aportaría en la materia específica, significaría decirle al Mundo que nuestra política exterior no tiene socios privilegiados.
La pesca ilegal china en nuestro mar es tema preocupante. Es necesario mostrar firmeza a la hora de aplicar sanciones a los buques que sean capturados. Y dotar a nuestras fuerzas de patrulla marítima de los recursos operativos suficientes para frustrar esa actividad. Frente a las capturas de sus pesqueros, China no hace de esto una “piedra de toque” que pueda afectar el vínculo bilateral, porque hay en danza asuntos de mucha más importancia política y económica. Siempre y cuando, claro está, la Argentina respete escrupulosamente las normas del Derecho del Mar en este tema.
Con respecto a la inmigración china, resulta obvio que la crítica situación económica y social que enfrenta hoy la Argentina justifica por sí sola no facilitarla, con mayor razón considerando que el grueso de la misma no está constituida por personas con una formación que Argentina necesite. 
Finalmente, pero no menos importante, frente a países con los cuales la simetría es importante, una nación como la Argentina, que no es potencia, debe apoyar el avance del multilateralismo en todos los órdenes de las relaciones internacionales, con las pocas excepciones de naturaleza estrictamente bilateral o regional que puedan presentarse.
 

 

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