El informe de la Unesco conocido ayer no hizo más que corroborar lo que día a día expresan los estudiosos de la Educación: América Latina atraviesa una crisis educativa, que puede derivar en una catástrofe social; y que en la Argentina, la situación se agrava porque después de un siglo de liderar la calidad educativa del continente, desde 2006 viene retrocediendo y hoy ocupa unos de los peores lugares.

"América Latina y el Caribe enfrentan una crisis en materia educativa y avanzar en el logro de los aprendizajes fundamentales sigue siendo una tarea pendiente para poder hacer efectivo el derecho a una educación de calidad", dice textualmente el informe.

En síntesis, nos estamos quedando fuera de carrera.

Política de Estado

Pero la calidad educativa no es una cuestión de coyuntura sino un recurso esencial de que debe ser objeto de políticas de Estado. Así lo definió Domingo Sarmiento al conocer los resultados del primer censo nacional, que él mismo había ordenado, y así lo aceptó la Argentina durante un siglo.

Una cuestión de Estado no puede ser objeto de campaña política, sino de debate parlamentario llevado a cabo con conciencia de Nación. La calidad educativa constituye una necesidad de la sociedad, un derecho básico de cada ciudadano y una obligación de los gobiernos.

Los conocimientos evaluados son la lectura comprensiva, la resolución de problemas y el cálculo matemático. Y son los elegidos porque a partir de ellos, el educando de todos los niveles va adquiriendo hábitos y destrezas para incorporarse a la actividad laboral, a la sociedad del conocimiento y a las nuevas tecnologías.

El miedo a evaluar

El mérito de Sarmiento, y una muestra de grandeza política, consistió en entender el valor de un censo, que es una evaluación científica, analizar los resultados y emprender un trayecto superador. Sarmiento se llevaba mal con Juan Bautista Alberdi, y además discrepaban en el perfil que debería tener la educación pública. Pero ambos coincidían en que debía ser obligatoria, universal y de excelente calidad.

Pero la dirigencia argentina no soporta evaluaciones; probablemente, porque privilegia la construcción de imagen y los plazos electorales (tampoco les da grandes resultados).

La pedagogía, en todo el planeta, prescinde la ideología y transita sobre carriles básicos: evaluación inicial, definición de fines, objetivos, métodos y recursos, y evaluación final. Si no se cumplen esos pasos, no puede haber educación.

Mala señal

El ministro de Educación, Jaime Perczyk, a pesar de ser licenciado en Educación Física y atribuirse experiencia docente universitaria, ayer reaccionó con este informe de la Unesco olvidándose dela pedagogía. Frente a la magnitud de la crisis que describe el organismo nacional, solo atinó a afirmar por twitter que una razón "fundamental" detrás de los resultados obtenidos en la Argentina fue "la profunda desinversión educativa del período 2016 - 2019". Más allá de que tal desinversión puede ser objeto de controversias interminables. Perczyk le debe a la sociedad una respuesta seria, que no la tiene. La tragedia educativa ni se fabrica ni se resuelve en dos años. La caída no solo se registra en las pruebas internacionales. Se percibe en situaciones extremas, como las de Chubut y Santa Cruz, donde la educación está absolutamente aletargada cuando no paralizada por los paros y la ineptitud de la política, pero también en las dificultades para alcanzar los 200 días de clases y las jornadas extendidas en las escuelas de gestión pública de todo el país. En 2015, las autoridades del CBC de la Universidad de Buenos Aires manifestaron la necesidad de crear cursos de lectura comprensiva para los egresados de la enseñanza media. En 2020, la empresa Toyota no encontró en la zona de influencia (Zárate y Campana) 200 egresados de la enseñanza media en condiciones de incorporarse a los cursos de capacitación de la planta. Durante su gestión, el ex ministro Alberto Sileoni sostuvo que "si los alumnos argentinos fracasaban en las pruebas PISA, había que cambiar las pruebas". Es la misma lógica que impulsa la promoción automática cuando los paros docentes no permiten alcanzar los objetivos. Y la misma lógica por la cual la educación no es establecida como "servicio esencial".

La obstinación del presidente Alberto Fernández en eternizar el cierre de escuelas, a pesar de las opiniones de UNICEF y de la Sociedad Argentina de Pediatría dan otro indicio de por qué la Educación "no funciona".

Las razones de la decadencia educativa son muchas y muy complejas. La culpa no la tiene un gobierno, una ideología ni muchos menos, una conspiración. Mientras el epicentro de la economía se va ubicando en el Océano Pacífico, y la organización del planeta se escribe en códigos de la "Sociedad del Conocimiento", la región retrocede. En nuestro país la pandemia evidenció la grieta digital , dentro de una fractura social que hace prever que la pérdida educativa es enorme. Pero saberlo requiere evaluar, definir estrategias de recuperación y trabajar en ese sentido. Es de suponer que el licenciado Perczyk y el Consejo Federal de Educación tienen previsto hacerlo.

La decadencia educativa es una tragedia nacional. Los twitter de barricada y las retóricas de unidad básica deberían descartarse para abordarla. Porque si en lo único que se piensa es en el 2023, no se salva nadie: los perjudicados vamos a ser todos.

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