El país frenará al virus solo si se actúa con seriedad

La pandemia COVID-19 es un episodio decisivo para el siglo XXI, porque ha demostrado la vulnerabilidad de nuestra civilización planetaria ante un microorganismo nuevo, con enorme capacidad de mutación genética, que desafía a la ciencia médica y a la biología. Sus orígenes no se conocen aún y su control definitivo parece estar muy lejos.

Los gobiernos mostraron no estar preparados. Uno de los indicios de ese desconcierto es la premura con que se hicieron pronósticos sobre la pandemia. En nuestro país, frases como "a la Argentina no va a llegar el coronavirus" o "con otro gobierno tendríamos diez mil muertos", pronunciadas por funcionarios de gobierno quedarán en la memoria de las torpezas alimentadas por la improvisación. El COVID-19 ya se cobró 52.000 vidas en nuestro país, a pesar de una cuarentena que demolió a la economía y de los pronósticos entusiastas de los gobernantes.

Dentro de once días se cumplirá un año de la declaración de pandemia por la Organización Mundial de la Salud. En todo este tiempo, se vivió un vértigo de discursos políticos, reprimendas morales y especulaciones palaciegas, pero no se planificó una política sanitaria acorde a las circunstancias. Contrariamente a declaraciones oportunistas -que no faltaron-, el sistema de salud, que es patrimonio del Estado y no de un gobierno, demostró su capacidad de reacción y la calidad y el compromiso de sus profesionales. Sin embargo, la mitad de las vacunas recibidas aún no fueron aplicadas, simplemente, porque no dejaron la distribución en manos de profesionales.

El Monitor Público de Vacunación, creado tras el escándalo que provocó la salida del ministro Ginés González García del gabinete, informó el jueves que de las 1.720.115 dosis de vacunas contra el coronavirus que arribaron al país, solo se aplicaron 829.832, es decir el 48,24%. Es digno de ser valorado que en Salta, el viernes, se había llegado al 84% de las aplicaciones.

Hay muchas dificultades para conseguir vacunas, porque la producción lleva su tiempo, y porque muchos países de altos ingresos han negociado directamente con los laboratorios.

A nivel internacional, el Plan COVAX, promovido por la OMS, la OPS, Unicef, la Comisión Europea quiere asegurar la vacunación del 20% de la población de todos los países para frenar la expansión y anticiparse a las nuevas mutaciones del virus. La inmunización de un grupo de países no servirá de nada, ni para ellos, mientras el virus siga multiplicándose y mutando en otros países, de menos recursos. Para lograr aquel piso, la prioridad deben ser los profesionales de la salud y todo el personal en contacto directo con pacientes, los mayores de 60 años y las personas con patologías preexistentes.

El Ministerio argentino de Salud había definido que se vacunaran primero, los 763.000 agentes sanitarios, los adultos mayores de 70 años y quienes viven en establecimientos geriátricos y luego adultos mayores de 60 años (unas 7.375.000 personas). En tercer lugar ubicó a los adultos con factores de riesgo (unas 5.653.000 personas). En total, algo menos de 14.000.000 de personas. En la línea siguiente, sectores considerados socialmente estratégicos; docentes primarios, barrios populares, personas en situación de calle, pueblos originarios, personas detenidas y migrantes.

Nosotros somos responsables de la lentitud de nuestras vacunaciones. Según la Universidad de Oxford, ese ritmo inoperante ubica a nuestro país en el puesto 39 sobre 44 naciones relevadas, y por debajo del promedio mundial. La Argentina aplica 3 vacunas diarias cada 10 mil habitantes. A este paso, no llegaríamos a las 5.000.000 de aplicaciones anuales y tardaríamos más de 3 años para vacunar a la población prioritaria.

Es necesario mirar la realidad sanitaria sin enceguecernos con el escándalo: aquel orden de prelación no estuvo correspondido con un programa metódico de vacunación y eso queda demostrado, no solo en las irregularidades graves que se multiplican en el país, sino en que la mitad de las vacunas no se aplicaron.

A estas horas se espera que lleguen vacunas de varias procedencias y laboratorios. Ojalá ahora sea así. La gente quiere vacunarse, pero sin serenidad, eficiencia y coherencia del Gobierno, la COVID-19 seguirá ga nando la batalla.

 

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