Diego y Napoli: a 30 años del “impasse” de un amor eterno y verdadero

En principio fue un partido más, fuera de San Paolo y por ende sin agasajo, ni emociones desatadas, ni mayor relieve, pero conforme pasó el tiempo devino la página de clausura del mito: hace 30 años, Diego Armando Maradona jugó por última vez con la camiseta del Napoli en una derrota de 4-1 a manos de Sampdoria en Génova.

Napoli había ganado la Supercopa de Italia en agosto de 1990 mediante una notable goleada de 5-1 a expensas de Juventus y cuando nada o poco lo hacían suponer, esa temporada representaría el cierre de Maradona en Italia y por extensión la clausura del ciclo más glorioso del club sureño.

El 17 de marzo de 1991, tras un triunfo de 1-0 contra Bari con una anotación de Gianfranco Zola, el control antidoping que se le había realizado a Maradona dio positivo y ya no habría marcha atrás pese a la enfática defensa del propio futbolista argentino y de la conducción del Napoli.

La sanción aplicada fue de 15 meses e incluso ratificada por el Comité de Apelación de la Federación Italiana de Fútbol, aunque años después, a guisa de una investigación llevada a cabo por la justicia italiana, la declaración de algunos empleados de los laboratorios puso en duda la transparencia de los procedimientos.

Pero en todo caso fueron testimonios que alimentaron fantasmagorías que en nada influyeron en los hechos consumados propiamente dichos: la prodigiosa zurda de Maradona ya había sellado a fuego su arte y adquirido el derecho de la idolatría eterna de la comunidad napolitana.

Cuando el "Diez" dejó Barcelona después de dos temporadas y 38 goles en 58 partidos, Napoli atravesaba un momento de franca declinación expresado en la aspiración máxima de conservar su lugar en la Serie A del Calcio.

A la hora de ser cerrado su pase por el presidente Conrado Ferlaino (30 de junio de 1984), Maradona llegaba a una institución considerada chica por donde se la mirara y discriminada por los sectores más reaccionarios del norte de Italia: "sono tutti neri" ("son todos negros").

Con Maradona en la cancha y al influjo del vigor de sus 24 años y sus dotes de crack con mayúsculas, Napoli fue de menos a más y de más a más: octavo en 1984/85 y tercero en 1985/86 con derecho a participar en la Copa UEFA.

En 1987, cuando ya había tocado el cielo de su cielo en el Mundial de México ("La Mano de Dios", "Barrilete cósmico", pase-gol a Jorge Burruchaga para la coronación argentina versus Alemania), el pibe de Villa Fiorito llevó de la mano a un Napoli majestuoso que se quedó con el Scudetto y la Copa Italia.

"La storia ha voluto una data: 10 maggio 1987", fue la pancarta colocada por el pueblo napolitano en la curva norte del estadio hoy llamado Diego Armando Maradona, para fijar por siempre una fecha histórica en el calendario napolitano.

En la temporada siguiente llegó al Napoli uno de los virtuosos socios con los que Maradona más y mejor se entendió, el brasileño Careca, sumado a Bruno Giordano para rubricar un legendario terceto que arañó el título de 1987/88 y llegó a la final de la Copa Italia que perdió con Sampdoria, pero no se quedó en la puerta en la Copa UEFA, donde dejó en el camino a PAOK, Lokomotiv, Girondis, Juventus, Bayern Münich y Stuttgart.

Después vinieron el segundo Scudetto (en frenético final por sobre el poderoso Milan) y la referida Supercopa con baile y goleada a la Juve, cuando ya hacía rato que en el corazón de la afición napolitana el himno de rigor era "Ho visto Maradona", creación de Los Tifosis del Rey: "Mama, ¿no sabe por qué me late el corazón? Mama, ¿no sabe por qué me late el corazón? ¿Y sabe por qué? Ho visto Maradona. Enamorado estoy".

Maradona fue presentado en San Paolo el 5 de julio del 84, debutó en un partido oficial el 16 de septiembre de ese año (víctima del racismo de los hinchas del Verona, que desplegaron una bandera de hiriente sentencia: "lavatevi"=lávense) y jugó en Nápoli por última vez el 24 de marzo de 1991 en una travesía que comprendió 259 partidos, 115 goles y 78 asistencias.

Regó la cancha de maravillas (gambetas indescifrables, pases certeros, centros milimétricos, goles de todos los colores, incluido el tiro libre a Juventus desde una distancia imposible y con un chanfle factible sólo para un botín celestial como el suyo), pero representó algo bastante más profundo que un deportista de elite: fue, a la vez, el emblema por antonomasia del sur pobre, postergado y despreciado.

De pantalones cortos se fue un día de hace 30 años, con el único gol de una derrota de 4-1 con Sampdoria, pero en sentido estricto, por pertenencia y por influencia, Maradona se ha quedado a vivir en la profundidad de las almas napolitanas.

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