¿El fin es morir o pensar que moriremos?

Por Israel Cinman, consultor estratégico motivacional

Estoy caminando por la ciudad más antigua del planeta, casi 4000 años de existencia ininterrumpida, la superviviente ciudad de Benarés-Varanasi, en India. 

Es un laberinto sobre seis kilómetros a la vera del Ganges. 

La urbe parece como cayéndose al río, por el oeste, imitando a los millones de peregrinos que vienen a zambullirse para liberarse del círculo de las reencarnaciones en la tierra y hacer un salto de nivel en la evolución del alma.

Es el amanecer, ya llegan miles para bendecirse en el mítico río sagrado color de mate cocido y con densidad de café con leche espeso, con fuerte olor a ceniza.

Los creyentes despliegan colores únicos: dorados, violetas, rojos y el amarillo azafrán hacen nacer un festival de colores. El aire se llena de exclamaciones de gratitud generando un mantra colectivo que estremece las entrañas.

Padres purificándose en la contaminación, niños sumergidos y emergidos, ancianos de movimientos lentos, pero apurados para la mejor reencarnación, mujeres envueltas en guirnaldas que van ofrendándolas al río de la salvación.

Manjit (“Luz de la mente”), mi guía, con su mano amable me señala como en una bandeja que el Ganges me está esperando para limpiar mis pecados mundanos... y con mi mejor sonrisa le digo “por ahora no” y que prefiero navegar el río en una embarcación y que no filtre agua. 

La contaminación aquí es terrible. Solo una cuestión de fe no mata a la gente que se baña allí.

Partimos en la balsa, empezamos a remar, cuando de repente mi remo de la izquierda se atasca, miro y son los restos de una cabra, mientras que Manjit me dice que también ellas tienen alma; pero se las tira aquí sin quemarlas, al igual que a las mujeres embarazadas, los niños menores de tres años, los brahmanes y los picados por una cobra, ya que el veneno de estas es purificador y no hace falta más. 

Le digo que espero no encontrarme con nada de ello y él, con una sonrisa, me contesta: “Mmm... imposible, aquí hay varios de estos que se depositan en las aguas buscando redención eterna”. 

A es altura de la experiencia todo lo que estoy viviendo son misiles asertivos a mi supuesta libertad multicultural.

Decido recostarme en el bote mirando al cielo, buscando respuestas a preguntas que no tengo. El bote sigue a la deriva, chocando cuerpos y yo rogando que no sea el de un niño.

El olor es intenso, estamos llegando al ghat (escalinata) Manikarnika, el más famoso de los más de cien que hay de su tipo, en donde se realiza la cremación de cuerpos. Aquí se trae a más de trescientos humanos por día en la busca de cerrar el ciclo de su reencarnación en la tierra y que su alma transmute a otro plano fundiéndose en la energía cósmica.

La imagen es fantasmagórica, pero apacible: los edificios inmediatos están absolutamente grises, mientras que varios montículos de fuego van incinerando los cuerpos envueltos en mantos y ornamentos.

Nos acercamos hasta unos treinta metros. Me llama la atención una cadena de hombres que están con grandes coladores que zarandean las cenizas mortuorias. “Manjit, ¿qué hacen?”, pregunto.

“Son los ‘intocables’, la casta más baja, y están buscando si quedó alguna pieza dentaria de oro entre los cremados... ellos viven de esas propinas que les dan los muertos”, me explica.

Cada respuesta me sumerge más en mi incapacidad cultural, pero ya me entrego, sin resistencia, al poder de estas creencias que hasta me hacen dudar de la mía.

Mi guía me dice un oportuno: “Basta por hoy, señor; pero mañana haremos toda la ceremonia de cremación acompañando a una familia”.

Asiento en silencio, regreso a mi hotel para descansar de los impactos del día y buscar fuerza para lo que vendrá.

Salgo a caminar por el barrio, cuando de repente veo pasar dos camionetas que en el techo, en una especie de camilla, van llevando otros muertos rumbo al Ganges. Decido volver al hotel y ver algo occidental en la tele. Necesito una inyección de contracultura.

Llega el día del proceso con absoluta cercanía. Estamos en un kiosco, tomando una gaseosa a unos trescientos metros del ghat. Por aquí van pasando los cadáveres, ya pasaron varios. Manjit espera que terminemos nuestro líquido con sabor a curry y nos enfilamos detrás de los dolientes. No hay mujeres, pues se cree que ellas son propensas a llorar y no es bueno para la reencarnación celestial que haya fluidos humanos vivos en el proceso de despedida. Todos van serios, pero sin lágrimas. Se lleva al muerto envuelto en un sudario preferentemente color azafrán a hombros de sus seres queridos, el descendiente mayor adelante. 

Pasamos por el vendedor de leña. Con él se negocia qué calidad de leña los deudos pueden comprar y si le pondrán sándalo y polvo de sahumerio o no. Todo depende de la posición económica de los sobrevivientes.

Llegamos a la escalinata y debemos hacer cola. Nos quedamos en silencio, esperando el turno de “nuestro” muerto, mientras van armando la pira. Se sumerge el cuerpo en el río, lo rescatan y el hijo mayor pasa un ungüento por el cuerpo envuelto de su padre como una manteca aromatizada. Se lo pone mirando hacia arriba -si es hombre- y se recoge con una antorcha el fuego eterno que hay allí.

Se da siete vueltas caminando alrededor del muerto y se enciende la pira. 

Todavía no llegó al cuerpo, pero de repente una chispa enciende la mortaja y todo se transforma en una bola de fuego. 

Miramos en silencio, el fuego se hace intenso, los olores también ya superan al sándalo, cuando de repente un sonido fuerte, contundente y seco genera una emoción alegre en los rostros. Se abrazan, sonríen tímidamente. No sé qué pasa. Manjit me dice al oído:

“Es el sonido del cráneo que explotó. Significa que se logró la transmutación. Menos mal, porque sino el hijo tiene que golpear con un palo el cráneo para consumar la elevación”.

El nirvana tan buscado simbolizado en la explosión de la calavera.

Siguen los familiares mirando cómo se consume el cuerpo, mientras que al lado otros “dolientes” golpean el cuerpo de su muerto para que se consuma veloz, pues se está acabando la leña y no se acaba el cuerpo.

“Eso pasa por comprar la leña más barata”, me comenta Manjit. En fin, hasta para morir en paz hay que tener recursos. 

Vamos retornando por la misma callejuela, mientras vienen otros muertos a contramano.

Nos tomamos otra gaseosa sabor a curry y comienzo a sentir intensamente eso de estar vivo, sabiendo que el frío de la muerte puede ser caliente.

¿Qué será más agobiante: morirse o pensar que moriremos?

Y de noche mientras se sigue cremando, el momento más espiritual...

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