¿Otra vez Occidente vs. Oriente?

El despliegue de la nueva política exterior estadounidense impulsada por Joe Biden genera un reacomodamiento en el escenario internacional. Este giro copernicano, sintetizado en la consigna de la "Alianza de las Democracias", plantea la competencia con China por el liderazgo como una disputa alrededor de la escala de valores que habrá de regir el futuro de una sociedad mundial que emerge hoy como consecuencia inexorable de la revolución tecnológica y la globalización de la economía y cuyo advenimiento se ve abruptamente acelerado hoy por la acuciante necesidad de una respuesta colectiva a los desafíos de la pandemia.

Con Biden, Estados Unidos busca recrear la vigencia del multilateralismo en las relaciones internacionales, recortada por el agresivo bilateralismo de la administración de Donald Trump, cuya política exterior estuvo signada por la consigna "America first". Pero el establecimiento de una red de alianzas para avanzar en esa acción multilateral, requiere forjar un ideario común con aquellos países que se pretende asociar.

Esta exigencia enfatiza el rol del softpower ("poder blando"), tan importante como el hardpower ("poder duro") cuando no se trata de imponer sino de convencer a fin de construir vínculos sólidos con los eventuales aliados.

En el imaginario colectivo, esa visión persuasiva que irradia Biden evoca las viejas apelaciones a la defensa del "mundo libre" en el conflicto con la Unión Soviética durante la guerra fría. Biden quiere volver a erigir a Estados Unidos en el abanderado de la democracia, los derechos humanos y el Estado de Derecho, un posicionamiento que le permitiría englobar en una misma causa a sus conflictos con China, Rusia, Irán, Corea del Norte, Siria y Venezuela.

En su primera conferencia de prensa en la Casa Blanca, Biden comparó al presidente chino Xi Jinping con su colega ruso, Vladimir Putin, "que piensa que la ola del futuro es la autocracia y que la democracia no funciona en un mundo cada vez más complejo".

En ese contexto, señaló que el mundo afronta "una batalla entre la utilidad de las democracias en el siglo XXI y las autocracias".

La primera manifestación concreta de ese proyecto de "Alianza de las Democracias" fue la decisión conjunta de Estados Unidos, la Unión Europea, el Reino Unido y Canadá de aplicar sanciones contra cuatro funcionarios chinos acusados de cometer graves violaciones a los derechos humanos contra la minoría uigur, un pueblo de religión islámica que habita la provincia de Xinjiang, cuyas aspiraciones de autonomía motivaron feroces represalias del gobierno central.

Más allá del carácter simbólico de la medida, que impide a los afectados viajar a los países signatarios de la declaración conjunta ni tener allí cuentas bancarias o negocios de ningún tipo, el hecho marcó un punto de inflexión porque señaló la voluntad de avanzar hacia una estrategia conjunta de presión al régimen de Beijing en el tema de los derechos humanos.

Beijing acusó recibo de las implicancias de la iniciativa. El canciller chino, Wang Yi, y su par ruso, Serguéi Lavrov, emitieron un comunicado donde acusaron a Estados Unidos de interferir en los asuntos internos de otros países y le reclamaron que "reflexione sobre el daño que le ha causado a la paz y al desarrollo globales en los últimos años". La respuesta certificó que China pretende liderar un bloque de países opuestos a esas políticas de Biden.

Cooperación y conflicto

En esa resistencia a la estrategia estadounidense, Moscú es el principal aliado de China. El nada diplomático cruce de improperios entre Biden, quien acusó a Putin de "asesino", y la respuesta del agredido, que le recomendó al mandatario estadounidense "que se cuidara", revela que el cambio de guardia en Washington abre el camino a la recreación del eje Beijing-

Moscú. Los regímenes de Teherán, Damasco, Pionyang y Caracas también simpatizan con la posibilidad de integrarse en un bloque defensivo frente a lo que estiman una amenaza a su supervivencia.

Mientras el "leit motiv" internacional de la nueva administración estadounidense es la afirmación de los valores democráticos, China fundamenta la legitimidad de su posición en la defensa a ultranza del principio de autodeterminación y la soberanía nacional de los estados, supuestamente amenazados por las interferencias de los países más poderosos que pretenden imponerles sus propios sistemas económicos y políticos.

A diferencia de la Unión Soviética, Beijing no reivindica un modelo alternativo a las democracias occidentales sino que enarbola como un derecho absoluto e inalienable la libertad de cada nación para elegir su propio destino. Esa tesis le permite, por ejemplo, ensayar un acercamiento con Arabia Saudita, principal aliada estadounidense en el mundo árabe, cuando su príncipe heredero y primer ministro, Mohamed Bin Salman, es acusado desde Washington de haber instigado el asesinato en Estambul del periodista disidente Jamal Kashoggi.

China y Estados Unidos son conscientes de que esa lucha por la hegemonía tiene un condicionamiento estructural, marcado por la interdependencia económica entre ambos países.

Lo peor que le podría ocurrir a China sería un colapso en la economía norteamericana.

A la inversa, lo peor que le podría suceder a Estados Unidos sería una catástrofe en la economía china. 

Ese límite infranqueable acota los parámetros de la disputa.

El entrecruzamiento de intereses generado por la globalización de la economía cumple un rol semejante al desempeñado por la bomba atómica durante la guerra fría, cuando el principio de la destrucción mutua asegurada hacía que la confrontación entre ambas superpotencias no pudiera manifestarse frontalmente y se desplazara entonces a la competencia por las zonas de influencia en Asia, África y América Latina.

Esa disputa geopolítica pinta el escenario latinoamericano. A la creciente presencia china, reflejada en el constante aumento del volumen del comercio bilateral y el incremento de sus inversiones, incentivada por el proyecto de la “Ruta de la Seda”, que incluye la financiación de ambiciosos proyectos de infraestructura extremadamente atractivos para los países de la región, se agrega ahora la irrupción de la “diplomacia de la vacunación”, una circunstancia inesperada en la que China y Rusia encontraron una vía inédita de expansión.

Como respuesta política a esta ofensiva, Estados Unidos enfatiza la necesidad de defender los valores democráticos en el hemisferio americano. Esto implica reforzar la presión para aislar al régimen de Nicolás Maduro y tomar iniciativas para subrayar la prioridad de la cuestión de los derechos humanos en la agenda regional. La sorpresiva protesta de Washington contra la detención en Bolivia de la ex presidenta interina Jeanine Áñez es un indicio elocuente de los carriles que transita hoy la diplomacia estadounidense.

Durante la guerra fría era posible identificar el posicionamiento internacional de cada país en función de su nivel de acercamiento con Estados Unidos y con la Unión Soviética. Hoy se puede realizar ese ejercicio examinando sus modalidades de vinculación económica y política con Estados Unidos y con China. La diferencia reside en que, globalización mediante, hoy es casi imposible no mantener simultáneamente lazos de cooperación con ambas superpotencias. 

 * Vicepresidente del Instituto de Planeamiento Estratégico
 
 
 

 

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