Sube la carne, sube la fruta. También, la ropa... ­sube todo! Para colmo de males, lo que menos sube es el salario.

En alimentos, el aumento fue de 43,7% anual, mientras que el ingreso para la gente común, que aún conserva su empleo, fue del 32,7%.

¿Cómo paramos esta locura? La de la inflación.

Por definición, ella es el aumento generalizado en los precios de los bienes y servicios durante un periodo considerable de tiempo. No es un fenómeno de un momento, sino de algo que persiste.

La inflación es una consecuencia. Los precios suben porque son el resultado de un fenómeno que es la pérdida de valor de la moneda.

La madre del borrego

Acá está la madre del borrego. Con los pesos que tenemos cada vez compramos menos. Y por ello el responsable central de este flagelo es el propio Gobierno, el de ahora y de antes.

La inflación es un fenómeno monetario. En principio, cuanto mayor es la emisión de dinero, más inflación habrá.

No se trata estrictamente de un problema de costos ni de oferta ni de demanda. Tampoco de pujas sectoriales. Estos son apenas factores de propagación. Y el exceso de emisión cubre el desmedido gasto público que, ciertamente, está muy ligado al electoralismo.

Todo aumento general de precios resulta, a su vez, determinado por el nivel de confianza y de expectativas, que incide en la demanda de dinero y, por tanto, en su velocidad de circulación.

Si el dinero circula más velozmente, el efecto es parecido al de un aumento en la cantidad de dinero.

Pese a lo que diga el gobierno, la inflación sigue sin ceder. Mayo muestra un índice próximo a 4%. Y probablemente junio superará el 3%. En su desesperación, ataca las consecuencias y no se focaliza en la raíz. Y, para ello, interviene en los mercados.

En un año electoral, la preocupación oficial se dirige a revertir la tendencia de los precios, por lo menos hasta las elecciones. Y, en este cometido busca culpables y toma medidas irracionales.

Uno de los preferidos es la cadena de la carne roja. Y proclama la necesidad de "desacoplar los precios del exterior". Ergo, hoy la exportación de carne está prohibida, pese a tratarse de una industria que permite el ingreso, por exportaciones, de más de 3 mil millones de dólares, por año, y que ocupa miles de personas en gran parte del territorio argentino.

También pasan a ser culpables los empresarios determinados como "inescrupulosos", muchos comerciantes y parte de los eslabones cercanos a estos.

Con este cuadro, el Gobierno interviene en los mercados. Puede ser que por una medida de intervención, el aumento de los precios se reduzca. ¿En tal caso bajará la inflación de forma sostenida? Es posible que en los primeros días se note cierta baja. Pero, a la larga, se reducirá la producción y por lo tanto los precios buscarán aumentar, agravándose el cuadro.

La metáfora del tren

Supongamos que un tren avanza a gran velocidad. En el último vagón, los pasajeros viajan asustados y por ello se dirigen al guardia para hacer el reclamo correspondiente. El guardia podría caminar hasta la locomotora, para exigir al maquinista una menor velocidad. Pero ello, requiere esfuerzo y tiempo, dado que el convoy es muy largo. En lugar de ello, decide desenganchar el vagón. Sin saber qué pasa exactamente, los pasajeros le agradecen, pues de a poco se reduce la velocidad. Por un tiempo, todo es satisfactorio. Pero en un momento dado, el vagón se detiene y los pasajeros caen en la cruda realidad. No llegarán a destino. La situación ahora es peor.

Las intervenciones cada día más, se parecen a la acción del guardia. Ojalá que la racionalidad impere y que el Gobierno mire la realidad tal cual es. Es imprescindible apuntar a un mínimo equilibrio de las cuentas fiscales, para reducir la emisión. Resulta entendible que en tiempos preelectorales, tienda a evitar decisiones duras. Pero, es el único camino. Mientras tanto, los ciudadanos comunes deberíamos bregar por ello.

 

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