Un caudillo que pensaba en la unidad de la Nación

Por Lucas Potenze
Profesor Universitario de Historia (UBA)
Magister en Historia UTDT
Exdirector del Colegio Nacional de Ushuaia.

Hasta mediados del siglo pasado, era común en la historiografía académica o por lo menos en la escolar, presentar un relato bastante maniqueo sobre nuestras guerras civiles, inspirado particularmente en el Facundo de Sarmiento, que a pesar de ser la obra canónica y tal vez el ensayo más genial sobre la campaña argentina del siglo XIX , no deja de ser un libro con la clara intención de servir como fundamento intelectual para la lucha contra Rosas.

Dentro de ese discurso historiográfico, que con mayor o menor intensidad pasó por las mentes de todos los estudiantes del país, estaban bastante bien marcadas las oposiciones o dicotomías sin dar lugar a las medias tintas: los unitarios eran buenos y los federales malos (y Rosas y Facundo especialmente malos), los caudillos eran malos y los gobernadores porteños eran buenos (salvo Rosas); el federalismo estaba mal mientras el unitarismo era el mejor régimen, y llegó a haber algún intelectual que sugirió que Amalia era más graciosa y atrayente que Manuelita.

Entre esos caudillos a los que se condenaba estaban en primer lugar Rosas, luego López y Ramírez, que siempre eran nombrados como una pareja inseparable, Quiroga, desde luego, que fungía de paradigma de todo lo brutal que caracterizaba al caudillo rural y, por supuesto, Artigas, acusado duramente de rebelde y anarquista, aunque con el paso de los años y más que nada por respeto a la nación uruguaya, su imagen se fue suavizando. Sintomáticamente, entre esos caudillos bárbaros no estaba Güemes, a pesar de que cuando se referían a él se lo llamaba “caudillo” y frecuentemente se le agregaba el adjetivo de “gaucho” pero se hacía la salvedad de que había demostrado su patriotismo defendiendo valientemente la frontera norte.

Es decir que se repetía cambiando algún adjetivo o poniendo algún acento de más la opinión que el general Paz (paradigma del unitarismo) registró en sus “Memorias”.

Pero, por lo menos en los manuales que se usaban entonces, el tema de Güemes y el federalismo era menor. Éste había sido un caudillo gaucho que había peleado contra los españoles con métodos poco ortodoxos que nos llenaban de orgullo ya que parecía el antecedente histórico de las virtudes criollas, de la astucia contra el poder, del coraje contra la fuerza bruta, de la sorpresa contra lo convencional, y sobre todo del conocimiento del terreno y el justo cálculo del tiempo y el espacio contra el movimiento torpe de los grandes ejércitos de línea. De eso se podía hablar, pero de sus ideas sobre la organización del país no era conveniente para completar una educación patriótica en la cual fuera transparente quién era quién.

Afortunadamente en la historiografía actual, Güemes es de esos raros personajes que supo ser a la vez militar y político, y no hubiera podido nunca ser el caudillo que defendió la frontera norte si no hubiera sido antes un consumado estadista capaz a la vez liderar a las masas populares y contener a las clases pudientes de su provincia. A los paisanos les supo hablar en su idioma, predicar con el ejemplo y finalmente convencerlos de sumarse a su singular ejército de tropas irregulares y decididas, capaces de rechazar seis invasiones en regla del ejército español, formado en gran parte por veteranos de las guerras napoleónicas y comandados por jefes profesionales, experimentadas y dueñas de la célebre bravura del soldado peninsular. De los ricos, por la razón o por la fuerza, logró obtener los recursos que se emplearon en la guerra. A pesar de que se ganó muchos enemigos, especialmente entre los que se sentían esquilmados, fue por mucho el gobernador de Salta que más tiempo estuvo en el cargo durante el siglo XIX y siempre gracias al apoyo del pueblo y si bien la historia contrafáctica (es decir de lo que podría haber sido) debe ser tomada solo como una hipótesis, no es arriesgado suponer que si Güemes no hubiera recibido la bala perdida que terminó con su vida en la aciaga noche del 7 de junio (1821) muy otra hubiera sido la suerte del proyecto de unidad hispanoamericana. 

Respecto a si fue federal o unitario, más que en sus escritos, cartas o proclamas, es preferible analizar lo que demuestran los hechos. Y ellos nos hablan de un caudillo de los gauchos que a la vez era un hombre ilustrado, de un jefe de milicias que sin embargo tenía la mejor instrucción militar a la que se podía aspirar en esa época y en ese rincón del mundo, ya que se había formado en el regimiento fijo en Salta y en Buenos Aires, había participado valientemente en las invasiones inglesas, había actuado en la primera campaña al Alto Perú siendo seguramente quien decidió con sus jinetes gauchos la batalla de Suipacha, había formado bajo las órdenes de Belgrano y, en 1814, había acompañado al entonces Coronel San Martín en su viaje de Buenos Aires a Salta. Bueno hubiera sido que hubiesen quedado actas de lo que conversaron los dos jefes en esas largas jornadas, porque es muy probable que haya sido entonces que, conversando con el conductor de milicias, el soldado profesional haya empezado a mascullar la idea de encarar el cruce de los Andes y llevar por mar la guerra hasta Lima.

Antes de ser elegido en 1815 por una asamblea popular gobernador de Salta, Güemes ya había demostrado un espíritu indomable, autónomo y reacio a cualquier arbitrariedad. Despreciaba a los jefes que hacían ostentación de sus galones sin que su valor o su inteligencia lo justificara y tenía la suficiente personalidad como para rebelarse frente a las injusticias o las órdenes que él consideraba contrarias al interés de la Nación. Culto, fogoso, seguro de conocer la tierra y los hombres mucho mejor que los altivos generales enviados desde Buenos Aires, tuvo problemas con Castelli, con Belgrano y, sobre todo, con Rondeau. Es decir con todos los conductores de las fracasadas expediciones al Perú. No tenía aprensiones para dejar el ejército con sus hombres cuando era hostilizado por sus superiores, y cuando se enemistó con Rondeau, siendo ya gobernador de Salta, el enfrentamiento pudo llegar a convertirse en conflicto armado. Por suerte privó la sensatez y ambos generales firmaron un acuerdo. Poco después, replegado el Ejército del Norte a Tucumán, Güemes quedó a cargo de defender solo su provincia y con ello la entrada del ejército español en las Provincias Unidas. 

Güemes no podía escatimar esfuerzos ni recursos para defender la frontera. Por eso los ricos comerciantes y terratenientes de la provincia debieron cooperar con impuestos acaso más altos que los que pagaban en tiempos de la Colonia, entregar recursos al ejército para el pago de los servicios de los gauchos que peleaban para sostener nuestra independencia y las pensiones de sus viudas y huérfanos. También Güemes absolvió a los gauchos de pagar el arriendo de sus casas, medida que reemplazaba al pago en dinero de la soldada, además de la emisión de moneda de forma bastante desprolija, medidas que lógicamente produjeron el rechazo de la clase rica y principal de la provincia, la “Patria Nueva”, en contraste con la “Patria Vieja” como se denominaba a quienes seguían al gobernador. 

Cuando se reunió el Congreso de Tucumán, Güemes hizo elegir a sus diputados, elección que recayó en los doctores Mariano Boedo y José Ignacio Gorriti, y en el doctor Tomás Sánchez de Bustamante como representante de Jujuy. Aunque no eran necesariamente partidarios de Güemes, defendieron sus ideas fundamentales: la declaración de la independencia y la propuesta de crear una monarquía constitucional con un rey descendiente de la estirpe de los incas, en lo que coincidía con las ideas de Belgrano y San Martín. 

En cuanto a la constitución de una nación unitaria o federal, como ya señalamos, Güemes era partidario de un federalismo que de hecho ejercía, pero consideraba que no era la ocasión de crear un nuevo conflicto además de los muchos que tenía la naciente república y proponía dejar el tema para más adelante. Es cierto que los diputados de Salta votaron a favor de la Constitución de 1819, que disponía la forma de gobierno unitaria, pero también es cierto que esa constitución, que nunca estuvo en vigencia, se dictó sin mucha expectativa de que fuera aceptada por las provincias. Con el Litoral sublevado contra el poder directorial, San Martín dispuesto a partir para la campaña del Perú con o sin el apoyo del gobierno central, la frontera norte amenazada por el ejército español y solo protegida por el valor de la paisanada salteña y los portugueses acechando la Banda Oriental, intentar que las provincias aprobaran una constitución que prescribía una forma de gobierno contraria al sentimiento mayoritario de los pueblos, suponía una torpeza condenada de antemano al fracaso. 

Es tiempo de repensar el tema de este artículo sobre las relaciones de Güemes con el federalismo, y por lo tanto con los gobiernos centralistas que gobernaban desde Buenos Aires: Desde el punto de vista económico —en general el determinante de las decisiones políticas— Buenos Aires desconfiaba del federalismo porque quería seguir disponiendo de las rentas de aduana y asegurar de esta manera la sumisión de las provincias; es decir, reemplazar el poder de la metrópoli por el de la capital del virreinato y ahora de hecho de las Provincias Unidas. Por su parte, las provincias que reclamaban el federalismo, más que el fortalecimiento de la igualdad de derechos entre todas ellas con un sistema rentístico que robusteciera el poder de la Nación, aspiraban fundamentalmente a la la distribución de la renta de aduana entre todas ellas para atender a sus gastos, o sea una especie de adelanto del concepto de coparticipación de la principal fuente de ingresos del país. 
Güemes no tenía tiempo para distraerse en estos conflictos de intereses. Necesitaba recursos para su provincia, pero estos recursos serían inmediatamente absorbidos por los gastos de guerra, de manera que los dineros provinciales serían utilizados en el interés de la Nación.

Es decir que Güemes puede ser considerado un caudillo federal por sus dotes de conductor, su arraigo en las clases populares, su capacidad como guerrero, su lealtad hacia su gente y también por su enfrentamiento con la parte sana y principal de la sociedad (a la que por su linaje pertenecía), y por su resistencia a someterse a las impertinentes decisiones del gobierno central cuando éstas confrontaban con los intereses de la provincia y del plan continental. 
Mientras tanto el Litoral se levantaba en armas y el Directorio llamaba en su ayuda a los dos ejércitos que debían operar sobre el Perú: el de los Andes que al mando de San Martín preparaba la expedición marítima y el del Norte, acantonado en Tucumán al mando de Belgrano y esperando el momento de moverse por tierra para unirse con San Martín.

Es sabido que San Martín desobedeció a su gobierno negándose a desenvainar su espada en una guerra entre hermanos y tomó la responsabilidad de completar la campaña libertadora conduciendo al Ejército argentino-chileno por mar hacia el centro del poder español. Por su parte, el Ejército del Norte, tras el retiro de Belgrano, se sublevó a la altura de Arequito al mando de Juan Bautista Bustos, negándose al igual que San Martín a entrar en un conflicto entre compatriotas. Los ejércitos del Litoral vencieron a los directoriales en la batalla de Cepeda (1-02-1820) y las Provincias Unidas del Sur quedaron privados de un gobierno central. 
San Martín apela entonces a Güemes que dirige acaso la única tropa organizada que queda en el país acantonada a la sazón en Humahuaca. Lo designa general en jefe del Ejército de Observación a cargo de las operaciones militares sobre el Perú para sofocar entre ambos al ejército enemigo con un movimiento de pinzas por mar y por tierra. 

Pero Güemes necesitaba recursos y después de diez años de guerra no podía extraerlos de las exhaustas arcas de su provincia, por lo cual, mientras Buenos Aires y las provincias litorales firmaban tratados que luego no se cumplían o se reunían en congresos condenados a fracasar antes de su inauguración, el líder salteño convocó a las provincias a reunirse en Catamarca para obtener los recursos necesarios para terminar la guerra por la independencia. Las provincias, concentradas en sus propios problemas, respondieron casi en forma unánime que coincidían con la preocupación de Salta pero que no tenían cómo ayudar en la campaña. 

Ante tal situación de anarquía y con la intención de impedir por cualquier medio el avance de Güemes para unirse a San Martín, el general realista Olañeta prepara una nueva incursión sobre Salta. Una partida al mando del comandante Francisco Valdez, conocido como el “Barbarucho”, logra entrar en la ciudad, y en la noche del 7 de junio de 1821 emboscan a Güemes, que se encontraba en casa de su hermana, y al intentar huir, una bala perdida lo hiere gravemente por la espalda. Agoniza diez días hasta su muerte el 17 de junio, a la sombra de un añoso árbol en el paraje de La Higuerilla.

La muerte de Güemes significó la postergación definitiva del plan de operaciones original sobre el Perú. Dicho plan confiaba en la acción de 4000 efectivos dirigidos por el líder salteño lo que hubiera facilitado significativamente la campaña sanmartiniana y sin duda hubiera permitido otro diseño a las nuevas repúblicas de América y un impulso al proyecto de unidad de los pueblos. Tal vez otra hubiera sido la organización de la provincia de Salta y el orden para el cual aún era necesaria la mano firme y generosa del caudillo, se podría haber extendido a Jujuy y, por qué no, a Tarija que en aquella época era parte de la provincia. 

Pero nada de esto sucedió. El Cabildo de Salta firmó con Olañeta un armnisticio en el cual se determinaba una frontera entre Salta y el Alto Perú que aproximadamente es la actual entre Argentina y Bolivia. Los ejércitos del rey reforzaron la defensa del Perú y San Martín, sin suficientes fuerzas para terminar la campaña, debió aceptar las condiciones de Bolívar y retirarse del teatro de operaciones partiendo al exilio. 

Y aunque no sabemos a ciencia cierta qué hubiera podido pasar, sí podemos hacer conjeturas y soñar con la patria que pudo ser. 

La figura de Güemes, ya sea en el bronce, en el libro, pero sobre todo en el corazón no solo de los salteños sino de todos los argentinos, nos habilita a aspirar a que ese sueño algún día se convierta en realidad.

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