Angustias en pandemia

Mientras el aumento del consumo de psicofármacos, drogas, alcohol y una serie de nuevas adicciones son noticia en todos los medios del mundo, la salud mental sale del confinamiento y la postergación donde estuvo desde el inicio de la pandemia, para ocupar el centro de la escena en los debates internacionales.

El Banco Mundial y la Organización Internacional del Trabajo (OIT) analizan los datos del impacto de la ansiedad y la depresión en el trabajo y la economía, y ponen el foco en el desarrollo centrado en las personas, en el medio ambiente y el trabajo decente. Estos tres aspectos forman el núcleo de la Agenda 2030 de las Naciones Unidas para el desarrollo sostenible, que si bien fue redactada hace 6 años, el contexto actual de la pandemia y los efectos que sufrimos, exigen un mayor compromiso y un avance rápido de los países en dichos términos. Por la COVID-19, 108 millones de personas en el mundo, de las cuales 25 millones están en Latinoamérica, volvieron a caer en la pobreza laboral, siendo los más afectados los jóvenes, las mujeres, los trabajadores informales y los migrantes. La OIT considera que esta cifra revela un impacto cuatro veces más grave que la crisis de 2008/2009.

El Dr. Miguel Uribe, psiquiatra y consultor del Banco Mundial, afirmaba en 2015 que las enfermedades mentales son una de las mayores causas de pérdida de productividad mundial (800 mil millones de dólares), y que dicha cifra podría duplicarse en 2030. Sin embargo, el porcentaje de los presupuestos destinados a la prevención y promoción de la salud mental sigue siendo bajo, sobre todo en los países menos desarrollados, lo cual impacta desfavorablemente en nuestra región.

Una pandemia paralela

El deterioro de la Salud Mental se ha convertido en una pandemia paralela, menos dateada que los infectados de COVID-19, pero cada vez más visible a través de sus síntomas: insomnio, irritabilidad, ataques de ira, aislamiento, desapego emocional y dispersión, entre otras respuestas del psiquismo al miedo, al encierro, al distanciamiento social, a las pérdidas materiales y humanas y, sobre todo, al agotamiento producido por el hecho de permanecer durante mucho tiempo en un estado de alerta permanente y de adaptación continua a los cambios, la cual requiere de habilidades internas suficientes para realizar el proceso de acomodación y asimilación, indispensable para la supervivencia humana.

Dieciséis meses fijados en un estado de estrés continuo, donde lo único constante es la amenaza de muerte, no puede menos que generar un desequilibrio en la estructura psíquica, causado por el agotamiento de los mecanismos de defensa. En el consultorio constatamos que los pacientes que más sufren de ansiedad y depresión, son aquellos que no han podido superar el miedo y la incertidumbre, extreman los cuidados, evitan los contactos y si los tienen, no logran disfrutarlos; prevalecen las emociones negativas y se instala el malestar. En relación a otros síntomas, el retorno a las aulas da cuenta de las dificultades de los alumnos para retomar el ritmo de estudio -mayor dispersión- así como en el trabajo, se observan problemas para memorizar simples consignas o para realizar tareas que antes se ejecutaban con eficiencia.

Cómo estamos en Salta

Un relevamiento de datos realizado por la Secretaría de Salud Mental y Adicciones de Salta en 72 barrios diferentes, tanto barrios populares como de clase media y 11 ciudades del interior de la provincia, revelan la relación entre las preocupaciones, las patologías y los síntomas.

Un 80% de las personas que respondieron la encuesta son mujeres, el 17% varones, y un 3% LGBTQ. La mayoría de ellos, entre el 77 y el 80% con escolaridad terciaria o universitaria, completa. Edad: de 18 a 70 años

Preocupaciones:

* Por enfermarse o que se enferme alguien de la familia: 98.4%

* Por las consecuencias económicas del distanciamiento social: 95.6%

* Por la falta de atención de otras enfermedades: 92%

* Porque afecte las relaciones familiares: 94.4%

* Por estar solo y no poder cuidarse: 43.6%

* Porque falte comida: 73.6%

* Que haya situaciones de violencia física en la familia: 2%

* Por perder el contacto con personas importantes: 64.8%

* Por el futuro educativo de sus hijos: 54%

* Por el comportamiento general de los hijos: 16.4%

* No poder trabajar y quedarse sin plata: 73.6 %

* No poder pagar el alquiler y los servicios: 64.8%

* Perder su fuente de ingresos: 43.6%

Sentimientos en relación al distanciamiento social

* Más cansado: 97.2%

* Más nervioso: 68 %

* Más inquieto o impaciente: 78%

* Más deprimido: 46.4%

* Que todo le cuesta mayor esfuerzo: 53.6%

* Se siente más desesperanzado: 42%

* Se siente más triste: 60%

* Se siente abrumado: 60.8%

Algunas conclusiones

Dicho informe permite obtener datos concretos respecto a cuánto y de qué manera están siendo afectadas todas las personas que tienen menores a su cargo en particular las mujeres - quienes expresan preocupación por enfermarse o que algún miembro de la familia se enferme.

El 97,8% de las personas -indica la investigación- están preocupadas por las consecuencias económicas producto del distanciamiento social. Al 79,7% les preocupa la falta de comida. Al 47,1% les preocupa que el distanciamiento social afecte a las relaciones familiares, al 23% que haya situaciones de violencia física en la familia. Al 71,7% les preocupa el futuro educativo de sus hijos (en este grupo, el 94,6% tiene más de 3 menores a cargo). Al 21,7% les preocupa que sus hijos están aburridos y se portan mal (de este grupo, el 80% son mujeres).

El 61,6% de las personas que tienen a cargo menores, se siente más cansado (84% son mujeres). El 69.1% se siente más nervioso (85% mujeres). El 78,2% se sienten más inquietos o impacientes (80% mujeres). El 42,7% se sienten más deprimidos que antes (84% mujeres). Al 51,4% le parece que todo le cuesta más. El 38% se siente desesperanzado (85% mujeres). El 81,1% se siente abrumada por la situación (60,7% son mujeres).

Es posible observar que, a mayor cantidad de menores a cargo, mayores son los sentimientos de cansancio y tristeza, así como también sentir que todo le cuesta más. La desesperanza y el abrumo también se observa en mayor medida. En todos los casos, las mujeres lo sienten más que los varones, concluye el informe.

Redes comunitarias 

Las organizaciones sociales y los gobiernos con mejores capacidades para reconocer los impactos del trauma de la COVID-19 son los que se pusieron la pandemia al hombro, trabajando en la búsqueda de soluciones reales a los problemas reales. Son los que actuaron con la empatía necesaria para crear políticas públicas acordes a la dimensión y a la urgencia de cada dilema, pero sin perder de vista el horizonte que nos motiva a cada uno y a todos como sociedad, a seguir el rumbo de la educación, del trabajo, del desarrollo sostenible, el de la paz social que nace del respeto y del buen trato, el camino de la autonomía para las mujeres, acciones concretas tendientes a tener un mundo más sano y más justo para las personas, más amigable con el medio ambiente. 

Un mundo donde el desarrollo humano no sea una utopía. Ni un privilegio. Ni una excepción. 

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