Daniel Sanz: “La niñez que viví aquí es mi mejor recuerdo”

Pero hace unos 60 años los hijos de don Nicanor llegaron a Salvador Mazza cuando el pueblo era solo un puñado de familias conviviendo. La tenacidad para hacer un lugar mejor para las generaciones por venir fue el común denominador de todos ellos y hoy son hijos y nietos como el propio Daniel Sanz, que recuerdan con añoranza esos tiempos de niñez y adolescencia, que muchos pociteños guardan entre sus recuerdos más queridos.

¿Quién era Nicanor, aquél inmigrante que integró esa primera comisión municipal de Tartagal? 

Nicanor Sanz era español y había nacido en Valladolid; alrededor de 1920 desembarcaron en la Argentina con su esposa y uno de los hermanos y por esas decisiones que tomaban los inmigrantes decidieron venirse al norte. Nicanor vino con mi abuela, doña María Eugenia Alonso y al llegar instalaron un hotel cerca de las vías del ferrocarril en Tartagal. Mis abuelos tuvieron cuatro hijos, tres mujeres Elena, María y Yolanda y mi padre, también de nombre Nicanor, a quien en la zona lo conocían como Quico. Mi tía Yolanda se casó en Tartagal con Idika Yumancich, un ciudadano de origen yugoslavo que vivía donde actualmente se encuentra el colegio San Martín, sobre la calle Sarmiento y que tenía un taller de reparación de maquinarias. Ella tiene alrededor de 95 años y vive en San Juan.

¿Cómo llegan los Sanz a Salvador Mazza?

Otra de mis tías se casó con Segundo Carpio que era de Tartagal, y se fueron a Salvador Mazza y pusieron un almacén grande. Como mi papá era el más chico de los cuatro hermanos mi tío lo llamó para que lo ayude en su negocio cuando era un muchacho joven. En ese tiempo había pocos negocios, pero con el transcurso de los años, con la ayuda de su cuñado se independizó, puso su propio negocio y se dedicó también a la exportación.

Usted y sus hermanos nacieron todos en Salvador Mazza...

Sí, y tengo los mejores recuerdos de mi pueblo; de hecho nunca me fui del todo más allá que estudié parte del secundario y en la universidad de Tucumán. Cuando yo era chiquito cruzábamos con mi papá hacia Bolivia cuando él iba a visitar a sus clientes. Cruzábamos por la quebrada porque todavía no había puente. En ese tiempo era poca la gente que vivía en Salvador Mazza, pero era una comunidad hermosa, donde todos nos conocíamos y había una hermosa amistad entre las familias. Era todo tan tranquilo y nadie le temía a la inseguridad porque no existía. Como mi padre creyó que lo mejor para mi educación era que yo estudie en Salta me mandó para que haga el secundario en el Colegio Nacional. Como para que un menor de edad pudiera irse a Salta se necesitaba contar con un tutor, el mío fue el doctor Gustavo “Cuchi” Leguizamón que era docente en ese mismo colegio. Yo era adolescente así que no sé cómo fue que mi padre consiguió que él fuera mi tutor, pero lo cierto es que él era responsable mío mientras estuve en la ciudad de Salta. Cuando tenía que hacer el quinto año yo quería regresar a Pocitos y terminé el secundario en mi pueblo. Me gustaba mucho estudiar así que me fui a Tucumán cuando tenía 19 años, y volví recibido de contador cuando tenía 24.

Pero siguió siempre muy vinculado a su pueblo...

Así es. Somos cuatro hermanos Viviana y yo seguimos los pasos de mi abuelo y de mi padre; a diferencia de Dante y Caroline que tienen otras ocupaciones. Yo soy comerciante y exportador y si bien resido en Tartagal, 10 años atrás volví a instalar mi negocio en la frontera. Tengo un entrañable amigo de la infancia, Mustafá Kasak, que fue empleado de mi padre por 25 años; yo me fui a estudiar y él decidió quedarse a trabajar y luego de fallecer mi padre, desde hace 10 años es el encargado de mi negocio y con quien tengo una gran amistad y una confianza absoluta.
De manera que mis días pasan entre Tartagal, Mazza y un campo. Yo tengo entre mis mejores recuerdos a amigos como “Mingo” Nazer, que vive en Bolivia y tantos otros.
 

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