De Cachi a Brealito y una charca de plata

En un flamante camión Bedford llegamos a Cachi los cuatro cerrillanos que queríamos ir a pie o haciendo dedo hasta la mítica laguna de Brealito. Nos decíamos “expedicionarios” y creíamos que podíamos sortear cualquier obstáculo del camino, pero fue la Puna la que nos sorprendió. Sabíamos del mal de altura y “lleven dientes de ajo” nos dijeron, pero como nos creímos inmunes a poco de andar flaqueamos en plena trepada.
Pero ya estábamos en Cachi descansando en la vieja galería del Hotel “El Nevado” cuando del lado de Molinos llegó una camioneta tapada con tierra del camino. Bajó una pareja, ella muy atractiva y él, un rubio delgadón, bombacha sureña, botas caña alta tipo militar, campera de cuero y pañuelo al cuello. El nos pareció un porteño, pero cuando ingresó al hotel como “pancho por su casa” y le oímos la tonada nos dimos cuenta de que era más salteño que el cerro San Bernardo. 
Y como nos llamaron la atención la pinta y los modales del mocito, le preguntamos a un parroquiano por ese “playboy” calchaquí. La respuesta nos sorprendió: “Es el niño Fredy Saravia, administrador del Luracatao”. Quedamos boquiabiertos. Era el mismo que tanto habíamos buscado por Salta y ahora lo teníamos a tiro de honda. Ahí estaba y servido en bandeja. No sabíamos cómo abordarlo, pero no podíamos dejar que el pájaro se nos volara. Y así fue que en una rápida maniobra, le encomendamos a Jorge Manuel Solá que lo entrevistara. “Sos el más indicado por obvias razones de apellido”, le espetamos. Solá no lo pensó dos veces y en menos que canta un gallo le sacó a Saravia el permiso para ingresar a la laguna de Brealito.
Ya con el acceso a Brealito resuelto, esa noche resolvimos dormir en Cachi y entonces acudimos a un amigo de mi padre, Pío Díaz, que ya por entonces estaba armando su museo arqueológico. Don Pío nos consiguió no solo dónde pasar la noche, sino también quién nos llevaría a Seclantás al día siguiente. “Veanló a Gonza, aquí a la vueltita. Diganlé que van de parte mía. Mañana tiene que llevar unos animales a Seclantás y seguro que los lleva”, nos dijo.
Hablamos con Gonza y quedamos que a la siete de la mañana del día siguiente lo esperaríamos frente a la iglesia. Cuando al otro día apareció nos dijo: “Suban, changos, me van a tener que ayudar a subir los toritos que tengo que llevar”. Nunca había arreado un animal, pero si ése era el costo del viaje, seríamos arrieros. Hicimos un trecho arriba del camión para el lado de Payogasta hasta que en una de las curvas ingresamos al patio de un caserón donde en un corral tenían cuatro vacunos de regular tamaño. Teníamos que arriar los “toritos” hasta una lomada del frente y luego toparlos para que por un desnivel suban a la caja del camión ya estacionado de culata. 
Intentando arrear pasamos vergüenza. En cuanto un toro nos encaraba, en lugar de toparlo con “insubordinación y valor”, reculábamos temerosos de que el animal se nos venga al humo. En fin, lo que uno o dos baqueanos hubiesen hecho en 10 minutos, a los cuatro nos llevó más de una hora. Por fin, ya con los toros en la caja, Gonza avisó que viajaríamos en el buche del camión (caja de madera que algunos camiones llevan sobre la cabina). Como pudimos, nos ubicamos en esa cajuela y comenzamos a viajar. 
Desde arriba teníamos una perspectiva espectacular del camino, hasta que en una curva, antecito de Escalchi, una rama baja nos dio de lleno. Intentamos esquivarla, pero nos agarró al boleo y ahí fue que nos cabeceamos. A partir de ahí el viaje fue un suplicio y se puso peor cuando los toros, por una frenada brusca, se vinieron para delante y con sus astas nos arrinconaron contra la baranda delantera del buche. Desde San José de Cachi hasta casi Seclantás debimos viajar atentos a los “ramones” y a las desafiantes astas. Por fin, como a las tres de la tarde arribamos a Seclantás y nos bajamos en la plaza del pueblo.

Camino a Brealito

Luego de cruzar el río Calchaquí vimos el cartel de Vialidad que decía: “A Brealito 12 km”. Ahí nomás calculamos que en unas tres horas estaríamos en la laguna.
Como a las cuatro de la tarde partimos a Brealito. El sol pegaba fuerte y una hora después de mucho repechar nos vino sed. Buscamos una acequia, pero fue al vicio, no había agua por ningún lado. Seguimos cada vez más sedientos hasta que nos acordamos que en un bolso teníamos una lata de durazno al natural. El almíbar y la fruta nos aliviaron y seguimos viaje, siempre en subida, mientras atardecía y unos nubarrones amenazantes se veían hacia el poniente. Como íbamos por un camino que zigzagueaba se me ocurrió que podíamos acortarlo. Tomamos una senda que iba hacia la punta de una lomada y en la cima vimos que justo ahí el camino dejaba de zigzaguear y rumbeaba para el lado opuesto. Y por supuesto los reclamos y las burlas no se hicieron esperar. 
Por perder tiempo en busca de agua y tomar una cortada equivocada, se nos vino la noche. Nos desorientamos con las distancias y no sabíamos si estábamos cerca o lejos de Brealito. Ya de noche pero con luna, llegamos a una bifurcación del camino. Ahí se nos “quemaron los libros”, pues no había un cartel que indicase para dónde era Brealito. Por suerte, al frente había una casa donde no bien tocamos las manos, salió un hombre con lámpara brazo en alto. Y él nos dio la peor noticia del día: el cartel de Seclantás daba la distancia hasta el pueblito de Brealitos y no hasta la laguna. “De este cruce sigan a la izquierda y por ese camino van a llegar a la laguna, a unos 10 kilómetros de aquí”. Y agregó: “Tengan cuidado, parece que va llover”. Y tenía razón, las nubes que por la tarde habíamos visto al poniente, ya estaban encima y se movían rápidamente sobre los cerros. 
Resignados, tomamos el camino indicado y en seguida nos dimos con un arenal. Lo cruzamos y a poco notamos que un perro negro nos seguía. Iba lo más campante, tomó la delantera y mirándonos cada tanto nos enseñaba el camino iluminado por la luna. Nos resultó simpático el animal y pensamos que en cualquier momento volvería a su casa, pero a “Yaravigo” Ruiz no le cayó bien. “No me gusta este perro salido de la nada, los perros negros son yeta”, dijo medio asustado. Y “Quirchincho” Solá agregó: “Cierto, che ¿de dónde ha salido? Tatusa, mejor lo hagamos volver”. Con mi hermano defendimos al negro que, sentado y ajeno a la discusión, nos esperaba para retomar su puesto de vanguardia. Al final acordamos seguir con el negro mientras la luna aparecía y desaparecía tras los densos nubarrones. Luego comenzó a refusilar y a tronar en tanto un viento de altura movía velozmente las nubes. No llovía, pero parecía que poco faltaba mientras veíamos que los rayos caían cada vez más cerca.
De pronto, el camino, que se hacía más empinado y sinuoso, atravesó por un lugar de inmensas piedras, tan grandes como una casa. Unas parecían estar a punto de rodar y daba miedo pasar cerca de ella, mientras la luna seguía jugando a las escondidas tras las nubes. De pronto, un flash iluminó cerros, cardones, piedras, camino, al negro y a nosotros. Y tras el refusilo, un chicotazo cruzó el aire y clarito vimos cómo un rayo se clavaba sobre una piedra como a cien metros de nosotros. Nos agachamos instintivamente y el estruendo que hizo vibrar el suelo nos aturdió. Y cuando nos erguíamos otro refusilo más intenso nos encandiló arrinconándonos perro y todo, contra un pedrón como de dos pisos de altura. 
Ya era obvio que la tormenta eléctrica pasaría sobre nosotros y que corríamos riesgo de quedar hechos cenizas. Ruiz y Solá miraron al negro como echándole la culpa, pero el perro estaba tan asustado como nosotros. A poco, comenzaron a caer unas gotas gruesas pero de improviso el viento se llevó la lluvia, los rayos y los truenos. Después salió la luna con todo su esplendor y nosotros pudimos continuar camino.

 La charca de plata

Una media hora después alcanzamos el abra donde dos pircas de piedra sostenían una tranquera. Era la entrada de la famosa finca Luracatao. Pasamos y como a cien metros, en una curva en bajada alcanzamos a ver algo maravilloso: la laguna. Desde arriba y por la luna, era como una charca de plata rodeada por abruptas montañas. Era la vista más espectacular de la expedición. Su belleza, una obra maestra de una noche de luna, nos extasió. Después, distinguimos el camino en descenso, las casas de huéspedes cerca del agua y una hoguera frente a una de ellas. 
Casi a las cuatro de la madrugada llegamos a las casas donde el lagunero, un criollo del lugar, nos recibió. Atizaba el fuego, nos saludó y lo primero que hizo fue requerir el tan buscado permiso. Luego nos alojó en una de las casas y nos avisó que en la otra había gente del colegio Belgrano. La nuestra tenía galería, dos dormitorios, ocho catres de tiento con colchones y cobijas. Al costado, una cocina con patilla, fogón y atado de leña. 

 El misterio del perro

Aun no había amanecido cuando nos acostamos, pero quizá por la fatiga y las peripecias del camino no conciliamos el sueño. De golpe nos acordamos del perro que nos había acompañado parte del camino. Ninguno recordaba haberlo visto después de la tranquera. Nos pareció raro y al día siguiente le contamos al lagunero lo del perro y nos respondió algo que nos dejó helados: “Ese perro negro es un aparecido que protege a los marchantes pero que nunca entra al Luracatao. Siempre aparece y desaparece misteriosamente. Antecito que se vayan les prometo contar la triste historia de ese negrito”.
Sin olvidarnos del “negro”, por una semana paseamos navegamos, pescamos y conociendo cada rincón de la misteriosa laguna. Comimos casi todas las conservas que llevábamos, los pocos pejerreyes que pescamos y hasta un pato que cazamos.

El regreso

El retorno a Cerrillos fue rápido. A primera hora del último día, el lagunero nos cruzar en lancha a la otra orilla de la laguna. Nos mostró una huella y ella nos condujo hasta un desfiladero los que nos posibilitó que en menos de una hora estemos en el pueblito de Brealito. A la tres de la tarde llegamos a pie a Seclantás y a las seis, un camión con pimentón nos llevó rumbo a Cerrillos donde llegamos al amanecer del día siguiente. Justo cuando agonizaba el sábado de carnaval.
Nuestra expedición a Brealito concluyó felizmente aquel verano de 1963, y ahora, 58 años después podemos contar la historia. Queda en el tintero la     historia del “perro negro”. 
 

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