Un acuerdo imprescindible, jaqueado por la interna

El principio de acuerdo con el Fondo Monetario Internacional es un avance importantísimo, simplemente, porque el default solamente hubiera terminado de desbarrancar la economía argentina. Todo el mundo sabe que sin financiamiento no hay emprendimiento que funcione, público ni privado.

Dijo el Presidente que estábamos bajo "una espada de Damocles" y en cambio, ahora, emprendemos "un camino que podemos recorrer".

Más allá de las presentaciones políticas que pueda hacer el Gobierno ante una medida que es resistida por el sector dominante del oficialismo, la espada de Damocles se sigue balanceando. No es de ahora: lo hace con intensidad variada, desde enero de 2002. El Gobierno deberá garantizar que es mera retórica el supuesto de que el FMI pretendía un "ajuste" que afectaría a los jubilados y los trabajadores.

El organismo fue creado en Bretton Woods, Estados Unidos, en julio de 1944, para que los países que adhirieran a él (y que son integrantes, como la Argentina) pudieran lograr equilibrio fiscal y economía eficiente. Más allá de la influencia de intereses del sistema financiero internacional, lo que siempre exige el organismo es disciplina fiscal. "Ortodoxia", sinónimo de "ajuste".

La demonización del FMI se origina en varios factores ideológicos: la mirada nacionalista, absolutamente refractaria a la globalización; la perspectiva de izquierda, que cuestiona a los Estados Unidos y a la economía occidental, y el "deconstruccionismo", que es una combinación de escepticismo y anarquismo romántico. A partir de la implosión del comunismo, Estados Unidos impulsó políticas de democratización y derechos humanos; en demasiados casos, desafortunadas o malintencionadas.

La hegemonía estadounidense hoy se muestra debilitada, y desafiada por la apabullante economía de China, mientras que el presidente ruso, Vladimir Putin, trata de compensar con geopolítica las debilidades de su economía y sumarse como tercero en disputa.

La grieta oficialista

Esta realidad parece lejana, pero está absolutamente presente y así explica la contradicción inocultable entre las expresiones de Fernández y de Martín Guzmán y el flamígero discurso de la vicepresidenta Cristina Kirchner en Tegucigalpa, dos días antes, donde fustigó a todo el sistema de cooperación internacional. América Latina y sus recursos naturales también son un "campo de batalla" de los dos gigantes.

Argentina necesita consolidarse institucionalmente y, en esa contradicción, aparecen intereses ideológicos, políticos y personales y se exhibe la división que atraviesa al gobierno argentino desde su primer día.

El llamado "populismo" es justamente una combinación de nacionalismo, izquierdismo y escepticismo para el cual la disciplina fiscal y la planificación son un estorbo.

En los hechos, la dependencia extrema de una economía primarizada es un arma de doble filo. Cuando el boom de la soja se retrajo a partir de 2011, el gobierno de Cristina Kirchner duplicó el gasto público en relación con el PBI: del 24% subió al 42%. Desde entonces, mientras el ministro Axel Kicillof sostenía que el financiamiento con emisión monetaria no generaba inflación, la suma desorbitada de los precios y la caída de la actividad tuvieron dos efectos: la pobreza que ya se acerca al 50% de la población, la destrucción de cualquier atisbo de competitividad económica y una caída del 16% del poder adquisitivo del salario.

El deseo y la realidad

El ministro y al Presidente insistieron con la idea de "continuar por el rumbo del crecimiento". Ese crecimiento no existe. Y, por otra parte, los compromisos de no devaluar, de incrementar las reservas del BCRA, de mantener el control de precios y de eliminar el déficit en cuatro años sin reducir el gasto generan interrogantes: cabe esperar "un milagro", o más bien, menos exportaciones, más impuestos, retroceso aún mayor de la inversión y fuga de capitales, de cerebros y de empresas innovadoras.

El movimiento se demuestra andando. Y eso lo saben Fernández, Guzmán y el FMI. El "ajuste" más necesario es el del saneamiento de las tarifas (sin necesidad de tarifazo) y resolver los déficit originados en el gasto político. Y ahí hay razones para la duda: la Decisión Administrativa 4 que dictó el Poder Ejecutivo en la segunda semana de enero aumentó el presupuesto para el Ministerio de Ambiente (que encabeza el camporista Juan Cabandié), mientras se achica el de Desarrollo Social, Educación, Trabajo y Salud.

Básicamente el compromiso con el país (no con el FMI) consiste en gastar inteligentemente lo que ingresa y financiar sustentablemente lo que falte. Hasta ahora, en dos décadas nadie lo hizo y ayer no quedó claro cómo piensan hacerlo ahora.

Desde noviembre de 2005 la Argentina no tuvo nunca un ministro de Economía investido de autoridad. Pero, sobre todo, lo que la Argentina necesita es un plan económico. Y no es porque lo pida o no el FMI, sino porque lo dicta el sentido común y es un imperativo que impone la actual tragedia social.

Desde hace dos décadas ningún presidente ha demostrado tenerlo.

 

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