El capitalismo chino nacido del comunismo

En vísperas de la apertura del 20° Congreso del Partido Comunista Chino (PCCH), que se apresta a reelegir al presidente Xi Jinping como secretario general por un tercer mandato consecutivo, la atención internacional está centrada en escudriñar el rumbo estratégico de esta superpotencia en ascenso que en la próxima década desplazará a Estados Unidos como primera potencia económica mundial.

El programa de reformas lanzado por Deng Xiaoping en 1978 pretendía sentar las bases para la "modernización socialista" de China pero produjo el más espectacular proceso de desarrollo capitalista de la historia. Su objetivo era sacar a China de la miseria y su consigna fue "no importa que el gato sea blanco o negro, sino que sepa cazar ratones". Deng imaginaba un futuro socialista para China, aunque no desdeñaba emplear métodos capitalistas para sus objetivos. La condición ineludible era que el poder político permaneciera siempre en manos del PCCH.

Los dirigentes posmaoístas comprendieron de entrada que la economía de mercado exigía la aparición de una burguesía. El problema era que la burguesía china había desaparecido. La mayoría de sus miembros había huido en 1949 ante el triunfo comunista y sus empresas abandonadas fueron nacionalizadas. Las industrias y demás negocios de los empresarios que permanecieron fueron expropiados o adquiridos por el Estado.

Esa nueva burguesía fue reclutada por el PCCH. Los funcionarios del partido tenían la influencia política y las habilidades necesarias para aprovechar mejor las ventajas que ofrecía el mercado. Muchos cuadros del partido se precipitaron a acomodar a sus hijos, parientes o amigos en posiciones lucrativas de lo que pronto se convertiría en una estructura de poder subterráneo controlada por el poder político.

En la década del 80 las condiciones sociales para el capitalismo fueron reforzadas ideológicamente por la creciente influencia de las teorías económicas neoliberales. Como un signo del humor intelectual imperante, los escritos de Milton Friedman adquirieron una notable popularidad. Friedman, el gurú del libre mercado, visitó China para realizar sendas publicitadas giras de conferencias en 1980 y 1988, durante las que prodigó cálidos elogios a sus flamantes discípulos chinos.

Durante las cuatro décadas siguientes el producto bruto interno creció a una tasa anual promedio del 9%, una performance sin precedentes en la historia contemporánea. Este frenético avance evoca el asombro que un siglo y medio atrás había llevado a Carlos Marx a estampar en el Manifiesto Comunista que la burguesía "ha creado fuerzas productivas más masivas y colosales que todas las generaciones precedentes juntas. La sujeción de las fuerzas de la naturaleza al hombre, la maquinaria, la aplicación de la química a la industria y a la agricultura, la navegación a vapor, los ferrocarriles, los telégrafos eléctricos, la preparación de continentes enteros para el cultivo, la canalización de los ríos, poblaciones enteras trasladadas fuera de sus tierras. ¿Quién tenía, un siglo antes, siquiera un presentimiento de que semejantes fuerzas productivas dormían en el regazo del trabajo social?".

A izquierda y derecha hay todavía quienes dudan si el modelo chino es verdaderamente capitalista. Desde la izquierda, un declinante número de simpatizantes enfatizan el rol del Estado en la economía y sostienen que China es una "economía socialista de mercado". Desde la derecha, un número creciente de analistas occidentales impugna la autenticidad de un modelo que definen como "capitalismo de compinches". Ambas visiones contrapuestas giran en torno al rol del Estado.

El papel del Estado en el desarrollo del capitalismo fue oscurecido por los economistas liberales, defensores a ultranza de las virtudes del mercado. Sin embargo, el Estado estuvo íntimamente involucrado en el desarrollo del capitalismo moderno desde su irrupción, incluso en Inglaterra, su patria de origen. En Alemania, el Estado forjado por Otto Bismarck aportó la mayor parte del impulso para el desarrollo del moderno capitalismo industrial a fines del siglo XIX. La industrialización promovida desde el Estado fue también el signo dominante en Japón en la era de la dinastía Meiji (1862-1912).

En los países industrializados luego de la segunda guerra mundial, esa intervención estatal fue una regla generalizada: Corea de Sur, Taiwán, Singapur y Hong Kong (los "pequeños tigres asiáticos") están entre los ejemplos más exitosos. Su ejemplo influyó fuertemente en el giro de los comunistas chinos. Taiwán era el destino obligado de la mayoría de la burguesía emigrada tras la victoria comunista y Hong Kong tenía un empresariado chino forjado en las reglas del capitalismo británico. Por su parte, Singapur tenía una poderosa burguesía de etnia china y su líder histórico, Lee Kuan Yew, fue un modelo inspirador para Deng.

Pero el modelo chino está mucho más anclado en el Estado que sus predecesores. En Alemania y Japón existían dos burguesías autóctonas, aunque débiles, cuya expansión el Estado pudo promover. El resultado fue una burguesía dependiente del Estado, pero no una criatura del Estado. Esto les permitió emanciparse luego de la tutela estatal.

En China, donde la burguesía brillaba por su ausencia, las primeras inversiones privadas fueron de capitales extranjeros, en su mayoría provenientes de las comunidades chinas de ultramar.

Pero era ineludible el surgimiento de una nueva burguesía, misión que cumplió el PCCH, que en su congreso de 2001 modificó incluso su estatuto para admitir la afiliación de empresarios. Esta reforma llevó a observadores occidentales al error de pronosticar que, como las burguesías históricamente tienden a limitar el poder del Estado, el crecimiento de una burguesía en China conduciría a un proceso de liberalización política.

Marx no vacilaría en calificar a China como un país capitalista. La mayor parte de su producto bruto interno y casi la totalidad de sus exportaciones proceden del sector privado y la mayoría de los medios de producción son también de propiedad privada. En términos estructurales, el régimen chino puede encuadrarse como un "capitalismo burocrático", donde el poder político es empleado para generar la acumulación privada.

En China este fenómeno tiene hondas raíces históricas. Su origen se remonta a unos 2000 años, bajo la dinastía Han, con la creación de monopolios estatales para la producción y venta de bienes, como la sal y el hierro. Los comerciantes privados administraban la producción y la distribución, pero con la estricta supervisión de los burócratas imperiales. Empresarios privados y funcionarios tenían una relación simbiótica.

Más recientemente, entre 1927 y 1949, bajo el régimen del Guomindang, encabezado por Chiang Kai-shek, China protagonizó uno de los ejemplos clásicos de "capitalismo burocrático". La economía era dominada por las "cuatro grandes familias" que controlaban el aparato del Estado: Kung, Soong, Chen y Chiang. Ese breve período culminó con la victoria de Mao Ze Dong en la guerra civil.

En su época, Marx ya había percibido la especificidad de un fenómeno que bautizó como "modo asiático de producción", cuyo rasgo principal era precisamente que la casta política dominante detentaba, a la vez, el poder económico. Resulta virtualmente imposible que los comunistas chinos ignorasen esa caracterización y es probable que hayan encontrado allí una fuente de inspiración para erigir al Partido, que según la constitución china está por encima del Estado, en el centro del sistema de poder económico. El "comucapitalismo" requería una "comuburguesía".

 

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