Mayo de 1810, sus desafíos y la interpelación al presente

Los sucesos de Mayo fueron protagonizados por un conjunto heterogéneo de hombres y en territorios con fronteras muy cambiantes. Antes de 1810 estos formaban parte del imperio hispánico y sus habitantes eran súbditos del monarca español. En el último cuarto del siglo XVIII la ciudad de Buenos Aires se convirtió en capital del un nuevo virreinato, el del Río de la Plata, que reunió bajo su dependencia a un extensísimo territorio, que incluía no solo a las actuales provincias argentinas, sino también a las repúblicas del Uruguay, Paraguay y Bolivia. Con la Revolución de Mayo, esa unidad virreinal comenzó a fragmentarse, al tiempo que el imperio del que ese virreinato era solo una parte, empezaba a desmoronarse. En el marco de ese proceso, las alternativas nacidas con la crisis imperial fueron múltiples y muy versátiles.

El cautiverio de Fernando VII en manos de Napoleón Bonaparte signó los destinos de los habitantes de las distintas jurisdicciones americanas, los que comenzaron a demandar diferentes márgenes de autogobierno y a expresar sus ideas en diversos escenarios.

Aquel desafortunado acontecimiento para el soberano español marca para nuestro suelo un escenario de guerras y conflictos variopintos de muy diversa naturaleza.

Los conflictos se expresaron a través de diferentes niveles de confrontación: colonias frente a la metrópoli, ciudades frente a la capital, americanos frente a peninsulares, americanos frente a americanos, provincias frente a provincias, interior frente al puerto.

El clima espiritual

Precede a Mayo un clima espiritual que en diferentes factores se mezclaron entre sí, presentando un panorama mucho más rico y más complejo: la influencia de la vertiente ideológica francesa, el pensamiento español o los ecos del ejemplo norteamericano o inglés.

De las fuerzas que contribuyeron en la construcción de un nuevo orden hubo algunas que persiguieron conscientemente ese resultado, y otras que colaboraron involuntariamente, que solo buscaban moderadas reformas económicas o sociales o una mayor participación popular en el gobierno, y que habrían retrocedido alarmadas de haber sabido que estaban ayudando a la Revolución.

Pero, aunque no hubieran deseado un cambio total, cooperaron a la desintegración del viejo orden. Las ideas hicieron eclosión, allanaron el camino a los innovadores, pues al hacer algunas concesiones a los rebeldes abrieron brechas que facilitaron crecientes planes de reforma y desencadenaron fuerzas que serían luego incapaces de dominar. Un soplo renovador inundó el territorio americano.

Y todo este proceso se enmarca en los efectos residuales de la Revolución Francesa y sus excesos. Supuso un interrogante acerca del efecto de las nuevas libertades. El vendaval francés había quebrado el gran optimismo del siglo XVIII, generando más dudas e interrogantes que interpelan al pensamiento americano.

El ciclo revolucionario hispanoamericano se desarrolló en un contexto histórico de grandes transformaciones y de grandes incertidumbres. Antonio Annino expresa que: "Todos los protagonistas tenían un problema básico: de qué manera moderar las revoluciones presentes y futuras".

El año 1810 jalona una nueva etapa tanto en la Península hispánica como en los territorios americanos.

La formación de juntas en las diferentes ciudades americanas y la convocatoria a cortes en España redefinieron los términos de las crisis iniciadas en 1808. Mientras, las regiones más densamente pobladas del imperio se mantuvieron leales a la metrópoli y aplicaron la Constitución de Cádiz de 1812, otras se negaron a participar del proceso constituyente gaditano y emprendieron el camino de la insurgencia.

El Río de la Plata estuvo entre las zonas rebeldes. Luego de la formación de la Primera Junta de gobierno provisional, en mayo de 1810 en Buenos Aires, se fueron sucediendo distintas autoridades que, en nombre de la retroversión de la soberanía, asumieron el gobierno del ex Virreinato del Río de la Plata.

El consentimiento

El principio del consentimiento ha jugado un papel esencial en las revoluciones hispánicas. Con la retroversión de la soberanía en los cuerpos territoriales se produjo una mutación crucial: el principio del reconocimiento se retrovierte a los pueblos y adquiere por primera vez una naturaleza voluntaria.

Todos y cada uno de los nuevos centros donde se ejerce el poder tuvieron que ser reconocidos por los territorios y sus comunidades. La legitimidad de las Juntas en la América insurgente se fundó sobre el reconocimiento de los pueblos.

En la Revolución se produce una redefinición porque el consentimiento de los pueblos implica la visibilización de una fuerza nueva, plantea el interrogante de la soberanía, es el reconocimiento, ahora concentrados en los pueblos.

La retroversión de la soberanía no fue solo un camino para enfrentar legalmente la acefalía de la Corona, sino que es el basamento que configura un proceso político que, desde los nuevos centros de poder, enfrentaron dos tipos de desafíos enlazados entre sí: por una parte, gobernar en un contexto de reconocimiento siempre precario y, por la otra, gobernar los autonomismos internos en cada territorio.

El “juntismo” que emerge de estos procesos revolucionarios no iba dirigido contra la monarquía pero implicaba una novedad política fundamental que se desarrollaba al margen de ella, y que la reemplazaba, siquiera fuese provisionalmente. Aunque se alegase representar al rey cautivo, la Corona era momentáneamente un poder sin ejercicio. La “voluntad general” era todopoderosa en la elección de los miembros de cada una de las juntas y, una vez erigidas, estas se sentían habilitadas para gobernar, declarar la guerra o entrar en tratos diplomáticos con naciones extranjeras; en suma, para ocupar la vacancia del rey y de sus delegados. El régimen monárquico había trasmutado a una federación de repúblicas, cada una de las cuales protegía sus propios intereses locales y se consideraba soberana dentro de los límites territoriales en que actuaba.

América siguió con satisfacción la marcha de estos acontecimientos y, lo que es más interesante, supo ver en las juntas no solamente un arbitrio ocasional para suplir la falta de gobierno, sino también un elemento llamado a producir una transformación política interna. 
La Revolución como tal se puede definir como el conjunto de procesos políticos que quiebra definitivamente el poder de la monarquía hispana y pone los cimientos para las futuras naciones.

La autonomía política experimentada a partir de 1810 dio lugar, inmediatamente, a una guerra entre los defensores y detractores del nuevo orden, y transitó por múltiples caminos hasta la declaración de la independencia en 1816. Las disputas que enfrentaron a los hombres que habitaban los territorios rioplatenses fueron de diversa índole, entre ellas se destacan las que se dirimieron en nombre de nuevos sujetos de imputación soberana.
La fragmentación de la anterior unidad virreinal fue una de las consecuencias de tales disputas

Tras tres siglos de indiscutible fidelidad monárquica, el paso a la república no significó oposición relevante. En la América hispana la tradición republicana fue redefinida únicamente como forma de gobierno, pero conservó el principio fundamental de “comunitatis perfectae”, independiente de los gobiernos centrales

La característica de nuestras revoluciones es que cambiaron las formas de gobierno, se enfrentaron con guerras sangrientas, proclamaron las independencias y, a la vez, conservaron el pluralismo jurídico. División de poderes y pluralismo de poderes convivieron en escenarios difíciles, pero lo valioso es que buscaron un orden legal y constitucional.

Los desafíos 

En la compleja trama que representa la Revolución, en un período en el que la desintegración del imperio español dejó como legado nuevas y cambiantes entidades territoriales, estas reclamaron su autonomía: ciudades, provincias, países. El proceso de Mayo confluye en la Declaración de la Independencia, hecho histórico que abre nuevas perspectivas para comprender el curso de los acontecimientos posteriores.

La ciudad de Buenos Aires, erigida como capital virreinal y centro que irradió el proceso revolucionario, gestó la política pero también conflictos que se plasmarían a lo largo de nuestra historia.

En el territorio salteño, la Revolución de Mayo derivó en una década de conflagraciones bélicas ante la proximidad de la tropa realista, a la que Salta debió hacer frente a riesgo de ver diezmar sus producciones y reducir su comercio al estado de miseria.
La otrora próspera Salta, centro activo de comercio mular y de efectos ultramarinos, derivó en periferia. La larga resistencia y el enfrentamiento armado impuesto por el primer gobernador elegido por el pueblo, Martín Güemes, mudó a una economía de sostenimiento de las tropas patrias y a la defensa encarnizada del suelo.

Salta, tierra bravía, se constituyó como centro neurálgico, importante antemural que cercenó las aspiraciones realistas de dominación de los territorios del Río de la Plata, y factor determinante en el complejo proceso de luchas armadas que concluyó con la liberación del territorio.
Hace más de dos siglos en una intrincada urdimbre de acontecimientos eclosionó una revolución y se concretó posteriormente la independencia.

Esos objetivos pergeñados por diversos actores de muy diversas ideas son recordados en numerosos actos muchas veces vacíos de contenido. El desafío actual es tomar ese legado y producir una nueva revolución que haga posible una vida placentera para los ciudadanos. Objetivos tales como reducir la inflación, generar empleos genuinos, proporcionar calidad en los servicios sanitarios, proveer de viviendas dignas, apoyar la iniciativa privada, bajar la carga impositiva, procurar altos estándares educativos, mayor seguridad a las personas, combatir el delito y en especial el narcotráfico, hacer digna la vida de los habitantes de este suelo es el desafío que las clases dirigentes adeudan a la ciudadanía. 
 

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