Como sociedad, frente a un espejo

"Un error no se corrige con otro error". Esa fue la frase inolvidable de una profesora de hockey quien nos enseñó que las reglas de juego no estaban hechas para acomodarlas a los caprichos o a la voluntad de las jugadoras, sino que -en la medida en que nos adaptáramos a ellas- servirían para mejorar nuestra aptitud física y mental, y así aumentar el rendimiento del equipo. Pensemos esto desde nuestros roles de ciudadanos, de líderes y de gobernantes inmersos en este inmenso territorio, enmarcado por las reglas de juego de una Democracia Republicana y veremos que el problema del atraso, de la desigualdad, de la pobreza y del exilio -voluntario, pero exilio al fin- de nuestros hijos, no es el país ni el sistema de gobierno ni las reglas de juego, sino de determinados liderazgos expertos en conquistar sentimentalmente al electorado, pero que resultan ser incapaces a la hora de gobernar.

Una frase tan sencilla "un error no se corrige con otro error", podría ser un antídoto para no dejarnos seducir por ciertas personalidades que jamás debieran tener una cuota de poder en la gestión pública.

Quizás empieza a ser hora de entender cuánto tenemos que ver como ciudadanos en este destino fatal que elegimos constantemente y dejar de boicotear nuestro futuro y de castigarnos a nosotros mismos. Destino que no haremos con la cantaleta de la antipolítica, que en el fondo es antidemocrática, porque nos guste o no, la democracia es política y ser ciudadanos es ser políticos. ­Todos somos políticos!

Clamor pospandemia

Ningún dirigente del mundo político, religioso o empresarial pensó que un hecho tan inesperado como la pandemia podría colocarlos frente a un espejo donde se vieran tan bien reflejadas muchas de sus carencias para el liderazgo.

En 2020 intuíamos que algunos mandatarios no sobrevivirían políticamente a esta crisis y que otros podrían salir reforzados. No necesito nombrarlos, basta con describir determinados rasgos de personalidad para que en la mente del lector aparezcan los nombres y los rostros de cada uno de ellos.

Ahora y cada día más, la sociedad constata, no sin desilusión, a veces con tristeza y en general con enojo, las fallas estructurales de los líderes, la falta de compromiso y de talla para estar a la altura de los cargos que ocupan, las mezquindades, las miserias, la falta de empatía y de conocimiento profundo de las necesidades, los mecanismos de negación de la realidad y en consecuencia la falta de estrategias y de planes a corto y largo plazo. Pero sobre todo han quedado al desnudo los estilos de personalidad que, frente a semejante espejo no han podido ni pueden dejar de "mostrar la hilacha", para decirlo en criollo.

Por eso recurro a esa subjetividad silenciosa y constante de los individuos en la que habitan las emociones y los sentimientos ligados a todo lo que nos ocurre, cada día (incluso al leer esta columna), para decir que la emocionalidad es un arma de doble filo que nos puede hacer creer y caer en manos de líderes con severas patologías mentales o con ciertas carencias que son peligrosas a la hora de conducir los destinos de una sociedad.

Está demostrado que no solo en las parejas ocurren las malas elecciones; también la sociedad en su conjunto, así como los miembros de un club o de cualquier organización que elige a sus representantes, quedan ligados al menos durante un tiempo a la responsabilidad y a las consecuencias de esas elecciones, aunque más tarde se escuchen los lamentos.

Somos parte del problema y hacernos cargo sería aceptar que nos encanta a los argentinos elegir al curandero cuando lo que necesitamos es un médico. Después nos quejamos: ­nos engatusaron, nos hicieron el verso!, y así andamos enojados, malhumorados, protestando y todos irritados, despechados, frustrados, con la autoestima por el suelo y ese malestar incrustado en la cultura que se manifiesta en los síntomas de nuestro cuerpo social: en la intolerancia, el aislamiento, las violencias, los excesos, la arrogancia de las mayorías y la prepotencia de las minorías, la indiferencia, la anomia y tantas formas que tenemos de autolesionarnos como sociedad y de acarrear ese agobio como si fuese un destino inevitable.

Detectar el peligro

La pandemia ha sacudido también las viejas estructuras de la comunicación política, y vemos surgir ciertos liderazgos que merecen un análisis: han conquistado una buena parte del electorado generando un vínculo que tiene que ver más con la simbiosis que con la empatía.

Ese auténtico mimetismo se expresa a través de expresiones contra la política y hacia otras ideologías, con un lenguaje gestual eufórico y agresivo que conecta al líder con sus seguidores, utilizando el enojo como una estrategia exitosa, ya que una gran mayoría considera a la política como mala y corrupta.

Prometen medidas extremas frente a problemas sensibles como la inseguridad, el narcotráfico, la corrupción, la desigualdad y la economía; vociferan soluciones mesiánicas que calman momentáneamente la furia de sus seguidores y tras este efecto catártico de bienestar, los electores construyen la creencia de que todo lo bueno está por venir, y que será gracias a las medidas que tome ese líder.

  Instalan y refuerzan la noción maniquea del “Nosotros, los buenos” versus “Ellos, los malos”, cuando en realidad, es lo que menos necesitamos después de todo lo que nos ha tocado vivir en esta Argentina que no termina de levantar cabeza.

Un espejo para la libertad 

Tenemos que dejar de seguir el camino que marcan los líderes que deliran con la idea de un pensamiento único. Argentina no soporta más populismos, ni una nueva demagogia de ningún signo político. La prosperidad que deseamos está lejos del enojo estéril de las protestas sin fin y de la descalificación de la política; requiere, en cambio, colocarnos frente a un espejo y reconocernos como parte responsable de este hundimiento inadmisible.
No basta con declamarla ni con desearla: si queremos alcanzar la prosperidad hay que salir a buscarla, corrernos del lugar estático de la queja. 
Necesitamos ponernos frente a ese espejo y aceptar lo que vemos en ese cuerpo social que somos: demasiado emocionales, bastante anómalos, poco participativos, desordenados, extremistas; somos “la viveza criolla” y cuánto más. Quizás a partir de ahí seamos capaces de madurar como sociedad, y dejemos para siempre ese vínculo sadomasoquista entre la sociedad y el gobierno que acarreamos hace ya demasiados años. 
La grieta, con su altísima carga emocional, se cierra a medida que la sociedad se abre al sentido común y a la sensatez. Ahora más que nunca, necesitamos líderes resilientes, capaces de saber qué hacer con los pedazos rotos.

 

 

 

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