Cómo fueron los últimos días del general San Martín

A las 3 de la tarde del sábado 17 de agosto de 1850, en Boulogne-sur-Mer, lejos de su adorada patria, don José Francisco de San Martín y Matorras pasaba a la inmortalidad de la misma forma en que vivió, sencillo y austero.

Hasta en sus últimos momentos el General fue un hombre íntegro. Sabía que la tempestad llegaba al puerto. Asistido por su yerno y su hija, el hombre que libertó a la América del Sur, se recostó por última vez para descansar eternamente. 

Su yerno Mariano Balcarce narró ese momento con suma emoción: “Al privarnos la Divina Providencia de un padre tierno y virtuoso, parece que hubiese querido suavizar nuestro dolor, haciendo que sus últimos momentos fuesen sin sufrimiento alguno visible, y con la serenidad que inspira una conciencia sin tacha”.                            

Sus últimos días

La mala salud acompañó a San Martín desde temprana edad, y sus últimos días no iban a escapar a dicho flagelo. Tal es así, que en julio decidió trasladarse a Enghien para que los baños termales le otorguen algún tipo de alivio a sus dolencias reumáticas y a su gastritis crónica. Sin embargo, decidió adelantar su regreso a Boulogne desoyendo los consejos de su hija Mercedes y de su yerno, que habida cuenta el clima frío y húmedo que allí imperaba, recomendaban no apresurar el regreso. Seguramente la ansiedad por retomar su rutina y gozar de la compañía de sus nietas María Mercedes y Josefa, hayan sido los motivos que llevaron al viejo guerrero a no tomar en cuenta el consejo de sus queridos hijos.   

Instalado en su hogar en el 105 de la Gran Rue, donde gozaba al máximo del amor y de la compañía de sus nietas, decidió el 6 de agosto viajar en carruaje pero, al momento de regresar a su casa, no pudo descender por sus propios medios, teniendo que recurrir a la ayuda de sus criados, que debieron llevarlo a su habitación.

 

La tormenta que lleva al puerto

Los temores de Mercedes y Mariano de regresar a Boulogne fueron ciertos, pues por el mal tiempo San Martín no pudo realizar sus ejercicios y caminatas que le eran tan necesarios, perdió el apetito y fue postrándose gradualmente. Aunque esos padecimientos, que destruían sus fuerzas físicas y su constitución que había sido tan robusta, respetaron su inteligencia. Conservó hasta último momento la lucidez de su ánimo y la energía moral de la que estaba dotado en alto grado.                    

Durante la noche del 13 de agosto fue víctima de severos y agudos dolores estomacales, los que soportó con su acostumbra entereza; no obstante era consciente que estaban transcurriendo sus últimos días, tal es así que sin perder su sonrisa le dijo a su hija:

“C’ est l’orage qui méne au port”. “Es la tormenta que lleva al puerto”.        

Algo repuesto de la grave recaída del día 13, refería Mariano Balcarce que:        

“...aunque débil, nada podía anunciarnos que su existencia estuviese tan próximamente amenazada. El 17 se levantó, se vistió y pasó la mañana recostado sobre un sofá en el cuarto de Merceditas, almorzó sin repugnancia, estuvo conversando con nosotros. Poco antes de la una, nos dijo que se sentía algo agitado de los nervios, y viendo que no se calmaba con la prontitud que otras veces, mandamos llamar a su médico, a quien quería y apreciaba mucho...”.            

El Dr. Jordán acudió nuevamente para asistirlo, concluyendo que la aflicción no revestía mayor gravedad. Sin embargo, luego de una leve mejoría alrededor de las dos de la tarde, San Martín padeció un súbito y violento dolor abdominal, y como las extremidades de sus miembros comenzaron a enfriarse, su familia decidió transportarlo del sofá al cuarto de Mercedes, para dar mayor comodidad al enfermo, que mirando a su hija y preparándola para el inevitable final le dijo: “Mercedes, esta es la fatiga de la muerte”.

Con un leve movimiento convulsivo y con la voz entrecortada dio la que sería su última orden: “Mariano, a mi cuarto” y a las tres de la tarde expiró casi sin agonía. Sobre tan aciago momento, Balcarce escribió a un amigo de la familia, Manuel José de Guerrico:    

“Este facultativo de mucha experiencia y saber, tampoco se alarmó, y pensó que lo que tenía era uno de los ataques nerviosos que experimentaba con frecuencia, y que pasaría pronto. En efecto, nuestro buen Padre se había calmado, y nos dijo que se sentía mas aliviado; pronunció estas palabras: Llévenme hijos a mi cuarto, y recostando entonces la cabeza sobre la almohada expiró como si hubiese caído en el sueño más apacible, dejando al médico consternado y afligido, y a nosotros en el más profundo dolor...”.                    

El dolor de Mercedes y Mariano                

El matrimonio Balcarce San Martín viajó a Tours, localidad que eligieron para procesar su duelo y realizar las comunicaciones oficiales y personales. Mercedes y Mariano enviaron sendas misivas al mencionado Guerrico donde volcaron sentidas palabras que nos permiten conocer y acompañar sus sentimientos en esos duros momentos. Escribía Mercedes el 30.Ago.1850 a su “Querido Paisano y amigo”:                    

“Hasta hoy mi suerte había sido feliz, pero acabo de tener el primer y el mayor pesar que me podía mandar el Cielo, la muerte de mi amado Tatita, que expiró el 17 de este mes después de haberse postrado gradualmente como lo temíamos desde nuestra vuelta de Enghien. El clima de Boulogne Sur Mer tan frío, húmedo y poco adecuado a sus años, ha precipitado su enfermedad; bajo otro cielo más benigno, estoy convencida que mi cariño y mis cuidados hubieran prolongado una existencia que apreciaba más que la mía. La fatalidad me ha privado de esta satisfacción, pero me ha dado el consuelo de verlo apagarse tranquilamente en nuestros brazos, sin agonía y sin dolor, con la serenidad de la virtud.

Ud. que ha conocido el interior de nuestra vida doméstica, que ha sabido no sólo apreciar sino participar, como un hijo, a la veneración y al cariño con que lo rodeábamos, podrá calcular y sentir el dolor que nos causa su pérdida y el vacío que deja en nuestros corazones. El cariño de Mariano y de mis hijitas me harán más llevadera la pérdida irreparable que ha hecho el tiempo que todo lo calma suavizará (yo lo espero) algún día el profundo dolor que hoy siento...”.                

Unos días después, el 7.Set.1850, Mariano Balcarce narraba a Guerrico algunos detalles, que hemos referenciado más arriba, sobre los últimos momentos del Gran Capitán y además expresaba su sentir:                

“...Expiró como si hubiese entrado en el sueño más apacible dejándonos en el más profundo dolor, no pudiendo persuadirnos que el Todopoderoso acababa de llamar a su lado a nuestro Padre querido. Mil circunstancias se han reunido en esos crueles momentos para mitigar nuestra aflicción, y para probarnos que la Providencia misma se complacía en suavizarla. Los amigos más queridos de nuestro buen Padre, y nuestros que hubiéramos deseado lo acompañasen a su última morada, se reunieron en Boulogne, como guiados por una mano Divina.

Merceditas ha tenido el gusto de que nadie sino ella haya cuidado a su amado Tatita, y parece que el Cielo para recompensar el ardiente cariño que le tenía, ha querido dejarle pura esta satisfacción. Para que se distraiga del abatimiento y tristeza en que se halla, nos hemos alejado de aquella ciudad en que hemos sido tan desgraciados y hemos venido a visitar este hermos París, que en otras circunstancias más propicias nos habría ofrecido mil alhajas, pero que en el día, poco o nada nos interesa.”

Atrás quedaban años de luchas en tres continentes, San Martín nos dejaba el legado de su coherencia, sus desvelos y afanes, pero sobre todo su ejemplo y virtudes.               

Fuente: Perfil

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