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Una de romanos

Viernes, 03 de noviembre de 2023 02:29

La democracia es una aventura en libertad, que tiene como uno de sus presupuestos básicos precisamente eso: la libertad, que se expresa principalmente a la hora de elegir sus representantes. Sin eso, la democracia se reduce a un sistema de dádivas y contraprestaciones; un modelo deformado que más que gobierno del pueblo, deviene en un mercado persa de subyugaciones y sometimientos.

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La democracia es una aventura en libertad, que tiene como uno de sus presupuestos básicos precisamente eso: la libertad, que se expresa principalmente a la hora de elegir sus representantes. Sin eso, la democracia se reduce a un sistema de dádivas y contraprestaciones; un modelo deformado que más que gobierno del pueblo, deviene en un mercado persa de subyugaciones y sometimientos.

Lo de las malas artes aplicadas a las elecciones es tan viejo como el hombre. Su apogeo se alcanzó en los tiempos de César, en Roma. Cuando la República empezó a languidecer y la dictadura a tomar forma definitiva. Para muchos, es allí donde principia la decadencia de esa gran civilización que nos dio, paradójicamente, el derecho como su mayor herencia.

Los populismos siempre abrevaron allí. Su esencia es "pan y circo" acosta del bolsillo ajeno: el Estado. Recurren siempre a ese barril sin fondo para concretar sus astucias en un eterno presente, total, como dice el tango "después, que importa del después, toda mi vida es el ayer".

Lo del ministro de Economía, en ejercicio pleno del poder Ejecutivo y candidato por el oficialismo a la presidencia de la Nación, se inscribe sin pudores en esta triste genealogía. Es del populismo más rancio, de ese dispendioso y manirroto, que hace caso omiso de las normas escritas y también de las morales, con tal de retener el poder a cualquier costo. Lleva gastados más de dos puntos del PBI en gracias y concesiones de distinto tipo.

El Código Electoral de la Nación, que por cierto es una ley mandatoria con normas que tienen por fin asegurar la igualdad de condiciones en la competencia entre los contendientes al poder, se ha convertido en una triste expresión de deseos. Pocas veces se violó tan abiertamente esta ley que debería ser sagrada para cualquier régimen que se precie de democrático. Y lo que es peor, la burla se completa violando otra ley medular, la llamada ley de leyes, el presupuesto de la Nación. Y todo desde el poder del Estado lo que agrava aún más el panorama.

Lo que estamos presenciando es una farsa al sistema, una mascarada a las que el oficialismo luego de 16 años en el poder, ya nos tiene acostumbrados. Eso de que las leyes son una ficción, una entelequia. Un instrumento que está diseñado para ser aplicado a los otros, nunca a uno mismo. Las restricciones del Código Electoral son para el adversario; el presupuesto, un dispositivo para mentir con la inflación y el crecimiento; y ahora ni eso, por lo que directamente ni se manda al Congreso.

Panem et circenses, decía César, es suficiente para mantener a la plebe (que no es lo mismo que el pueblo) contento. Así terminó la República Romana. Esperemos que el pueblo argentino no caiga una vez más en tan vieja trampa. Y hacia el futuro empecemos a entender que sin cumplir la ley no hay mañana, solo ocaso.

 

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