El derrumbe de la antigua iglesia de Cerrillos no fue solo la caída de paredes antiguas. Fue un sacudón al corazón mismo del pueblo. Ocurrió en 1981, un día de semana, después del mediodía. El domingo anterior se habían celebrado las comuniones y esa misma mañana una cuadrilla municipal había trabajado en tareas de mantenimiento. Nadie imaginaba que, horas más tarde, el templo que había visto pasar generaciones enteras se vendría abajo, agotado por los años, las grietas y el peso del tiempo.
Hoy, a 45 años de aquel episodio, la historia vuelve a contarse como se cuentan las cosas importantes en Cerrillos, despacio, con memoria y con ese tono medio bajito, pero firme, que mezcla orgullo y emoción.
La parroquia San José no es cualquier edificio. Su historia se remonta a más de dos siglos atrás, cuando don José Iradis levantó, en un terreno propio, la primera capilla para honrar al santo patrono. Fue ahí, en “Los Cerrillos”, donde comenzó a tomar forma un poblado que con el tiempo se llamaría San José de los Cerrillos, nombre que se perdería durante décadas y que recién en los últimos años volvió a pronunciarse con fuerza y sentido de pertenencia.
Con los años, aquella capilla inicial dio paso a nuevos templos. Frente a uno de ellos, en 1816, se escribió una página clave de la historia nacional, ya que los ejércitos de Martín Miguel de Güemes y José Rondeau firmaron el Pacto de Paz que allanó el camino para la declaración de la Independencia en Tucumán. Cerrillos, una vez más, quedaba ligado al pulso grande de la historia argentina.
En 1820, la iglesia fue erigida como viceparroquia de Rosario de Lerma y su primer templo fue construido por un vecindario mayormente rural, a puro esfuerzo. Ya en 1841, ante el riesgo de ruina del edificio, la viceparroquia pasó a ser parroquia con sede propia, bajo la conducción del presbítero Serapio Gallegos. Tres años más tarde, un terremoto dañó seriamente el oratorio, que terminó siendo demolido. Gallegos, con ayuda de los franciscanos, volvió a levantar un nuevo templo en honor a San José.
En diálogo con El Tribuno, la exintendenta Clelia Guzmán y uno de los integrantes de la entonces Comisión ProTemplo, Phillipe Garcín, recordaron que el antiguo edificio, que con múltiples reformas y remiendos llegó en pie -aunque muy deteriorado- hasta fines del siglo XX. Las grietas eran visibles, el campanario estaba apuntalado y la preocupación crecía. Desde Conservación de Monumentos Históricos advertían que no se podía intervenir sin autorización, mientras el deterioro avanzaba sin pedir permiso.
“El problema era evidente”, recordaron. Había pasadizos hundidos, paredes vencidas y sectores clausurados. Aun así, la vida parroquial seguía. Hasta que el templo dijo basta.
Tras el derrumbe de 1981, lejos de resignarse, el pueblo reaccionó. Días después se conformó una Comisión ProTemplo encabezada por el entonces cura párroco Egidio Bonato, acompañado por vecinos que pusieron el cuerpo, el tiempo y lo poco o mucho que tenían: Phillipe Garcín, Diego Guzmán, Pedro García, Titi Ahanduni, Escolástico Mamaní, Alberto Lescano y Oscar Burgos Gallo, entre otros.
No había grandes empresas detrás ni presupuestos millonarios. Había campañas solidarias, la “campaña del ladrillo”, la del piso, la del metro cuadrado. En la entrada se colocó un pizarrón con el plano del templo dividido en metros. Cada familia se anotaba según podía y donaba medio metro, un metro o dos. Y la estrategia dio resultado.
La infraestructura básica recibió apoyo del gobierno provincial de entonces, durante la gestión de facto del capitán Augusto Ulloa, pero el grueso del trabajo fue comunitario. A pulmón. Como se hace en los pueblos. Luego, restablecida la democracia, el senador Horacio Bravo Herrera fue un silencioso pilar de la reconstrucción, con importantes donativos que dieron un fuerte impulso a la obra.
El padre Egidio Bonato fue el alma del proyecto. Decía, convencido, que “una iglesia sin torre no es iglesia”. Y así fue. En medio de una inflación galopante, de dudas y miedos, un día anunció que empezaría a construirse la torre. La empezó y la terminó de la mano de don Cruz, un habilidoso albañil del pueblo. Fue así que la vio en pie. Era su orgullo. Esa obra en particular fue solventada por el propio religioso, que en aquel momento había recibido una herencia familiar y destinó esos fondos al proyecto.
Bonato falleció en 1990, sin ver la obra completamente terminada. Pero dejó el camino marcado. Su legado fue continuado por el padre Peñalba Saravia, quien acompañó el tramo final de la construcción durante la década del 90, hasta que el nuevo templo quedó concluido en 1993.
La actual parroquia no pasa desapercibida. Su forma de dodecágono (doce lados) no es casual. Cada pared representa a uno de los doce apóstoles. En su interior conviven imágenes rescatadas del antiguo templo, el viejo altar parcialmente conservado y elementos nuevos que dialogan con la historia. “El diseño de la fachada estuvo a cargo del ingeniero Jonás Eibermann, el mismo que trabajó en la iglesia de Vaqueros. Hubo correcciones, debates estéticos, ajustes en ventanas, frentes y balcones. Nada fue sencillo. Todo fue pensado y repensado”, contó Garcín.
Como toda obra humana, tiene sus detalles, cuestiones acústicas y marcas del tiempo. Pero la estructura resiste, y de la mejor manera. Sigue en pie. Y eso, no es poca cosa.
Hoy, cuando alguien entra a la parroquia San José, entra a una historia hecha de fe, de discusiones, de donaciones anónimas, de misas celebradas sobre contrapiso, de campanas reparadas y de una comunidad que se negó a bajar los brazos. Porque cuando la iglesia cayó, el pueblo se levantó. Y todavía sigue ahí, sosteniéndola.
Las imágenes del templo
Algunas de las imágenes que habitan la parroquia San José llegaron antes del derrumbe del antiguo templo, otras se incorporaron con el paso del tiempo, pero todas conservan un valor simbólico y artístico que las vuelve únicas dentro del patrimonio sacro del Valle de Lerma.
“Las más antiguas son, justamente, las que sobreviven desde los primeros tiempos. Entre ellas se destacan el Cristo, la Virgen Dolorosa, San Juan, San José y la Virgen de La Merced”, contó Clelia Guzmán. Aclaró que las vírgenes son del tipo de las llamadas “imágenes vestidas”, aquellas que no fueron talladas íntegramente sino pensadas para ser ataviadas con ropajes, una práctica muy extendida en la imaginería religiosa de los siglos XVIII y XIX. Estas figuras, de gestos serenos y rasgos finos, conservan una presencia que sigue convocando a los fieles.
También se encuentra el Sagrado Corazón, una imagen que sobresale por su factura estética. “Es una belleza”, dicen quienes la conocen de cerca, y no exageran. Lo mismo ocurre con otra imagen de San José, ubicada en el salón parroquial, una de las más apreciadas por su armonía y detalles. Por su estilo, no son pocos los que creen que estas tallas podrían ser de origen alemán, una referencia habitual cuando se habla de imaginería religiosa de alta calidad.
Sin embargo, si hay una imagen que concentra miradas y despierta especial atención, es el Cristo. Grande, imponente y profundamente expresivo, se trata de un Cristo de madera, articulado, una rareza dentro de los altares tradicionales. No es un crucifijo más. Muy por el contrario, representa al Cristo sufriente, vivo y en agonía. Sus ojos miran hacia el cielo, en el límite entre la vida y la muerte. Esa tensión es, justamente, lo que lo vuelve excepcional.
La mayoría de los crucifijos muestran a Cristo ya muerto, con el cuerpo vencido. En este caso, la imagen transmite el instante previo, el dolor extremo, la entrega final. Son muy pocos los crucifijos realizados con esta concepción, lo que le otorga un valor artístico y simbólico singular. Especialistas que lo han observado coinciden en que se trata de una pieza poco frecuente.
El Cristo no está tallado en una sola pieza. Como ocurre con muchas esculturas antiguas, la madera “trabaja” con el paso del tiempo, el calor, el frío, la humedad y la sequedad generan tensiones que hoy son visibles. Algunas partes comienzan a separarse y la obra ya está considerada para un proceso de restauración. De hecho, fue examinada minuciosamente por una restauradora del ámbito museístico provincial, que tomó fotografías para analizar milímetro a milímetro su estado de conservación. Incluso se advierte que la cabeza y el cuerpo presentan tratamientos distintos, lo que refuerza la complejidad de la obra.
Así, entre imágenes vestidas, tallas de gran belleza y un Cristo único en su representación, la parroquia San José de Cerrillos guarda un patrimonio que va mucho más allá de lo religioso. Es historia, arte y fe entrelazadas. Un legado silencioso que sigue mirando al pueblo, como esos ojos del Cristo agonizante, sosteniendo la memoria desde el altar.