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Vivir en modo alerta 

Domingo, 01 de marzo de 2026 12:30
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Por Isra Cinman
Consultor Estratégico Organizacional

 

Hay guerras que se ven y guerras que se sienten.
Esta pertenece a las dos.
El inicio me encontró tomando café frente al mar. La costa estaba tranquila. Ese mismo mar baña también las costas de Gaza. Allí fue la guerra anterior que también me encontró aquí. Pensé en eso cuando llegó la alerta al teléfono. El sonido no era nuevo. La memoria tampoco.
Minutos después comenzó el movimiento ordenado. Levantarse, pagar, caminar hacia el auto. Sin correr. Sin gritos. Con la urgencia justa. Las rutas, normalmente congestionadas, estaban vacías. La ausencia de tráfico era más elocuente que cualquier sirena. Cada vehículo mantenía dirección clara: llegar a un refugio conocido.
Israel opera bajo protocolos de defensa civil consolidados. Las sirenas activan secuencias. Cada zona tiene tiempos definidos para resguardo. No hay improvisación. Hay procedimiento.
El refugio es una habitación blindada: puerta pesada, sin ventanas, ventilación mínima. No está diseñado para confort sino para resistir impacto y presión. Una vez adentro, la atención se reduce a una sola tarea: que todo esté cerrado. Verificar el sello de la puerta. Confirmar que no haya filtraciones. Esperar.
Las alertas son estridentes. No informan, ordenan. Indican que se está bajo ataque y simplifican el pensamiento. En ese espacio sin ventanas el tiempo cambia de textura.
La percepción auditiva se vuelve precisa. Se distinguen distancias, trayectorias, intervalos. En un momento se sintió un impacto cercano. Restos de un misil cayeron a tierra no lejos de donde estaba. El suelo vibró. La estructura respondió con una contracción leve pero perceptible. No hubo daño directo en el edificio, pero la proximidad fue suficiente para que el cuerpo registre la magnitud antes que la mente.
Dormir es fragmentado. Se descansa atento a las aplicaciones de alerta. El sonido del teléfono interrumpe cualquier intento de profundidad. El descanso es funcional, no reparador.
La comida organiza la espera. No es ocio; es estructura. Comer algo mantiene las manos ocupadas y marca el paso del tiempo.
La guerra, vivida antes la de Gaza y ahora desde este lado de la frontera marítima, confirma una constante: el conflicto no es sólo geografía, es estado operativo. Se anticipa, se resguarda y se continúa.
Cuando la alarma cesa no hay escena cinematográfica.
Se abre la puerta blindada.
Se verifica el entorno.
Y el día sigue, condicionado, pero en pie.
…mientras estoy terminando la última palabra, suena la sirena, nuevamente a repetir el proceso. Ahora estoy escribiendo desde el refugio, sentado en mi cama destendida, mirando la pantalla de mi computadora, buscando no equivocarme a que tecla toco y esperando que desde los estados mayores también tengan cuidado de que tecla tocar.

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