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En el Valle de Lerma, en la conocida área metropolitana de Salta, varios intendentes atraviesan uno de los momentos más complejos de los últimos años. A pocas semanas de iniciado el 2026, la mayoría no logra proyectar un plan de obras serio para el primer semestre. No por falta de ideas, sino por una realidad que se repite en cada despacho municipal: no hay recursos suficientes y la gestión política está atada a esa limitación.
Hoy, en muchos municipios, la principal "obra" prevista es el bacheo de calles. Tapar pozos, reparar sectores deteriorados, mantener mínimamente transitables los accesos barriales. El que puede un poco más, también incluye armar plazas con juegos para los chicos, y limpieza de espacios públicos. Nada más. Pavimentaciones, viviendas, sistemas pluviales, cloacas, alumbrado público o defensas contra inundaciones quedaron, otra vez, en carpeta.
Las últimas lluvias dejaron en evidencia lo que muchos intendentes vienen advirtiendo desde hace años: la falta de infraestructura. Calles anegadas, barrios aislados, desagües colapsados y servicios al límite. La naturaleza volvió a mostrar que no alcanza con parches. La gran obra de la nueva autopista del Valle de Lerma con sus canales de desagües, parece que es la única alternativa para apaciguar los ánimos de los vecinos que no ven inversiones de fondo.
En este contexto, los jefes comunales reconocen que gran parte de sus recursos hoy están destinados a la contención social. Ayuda alimentaria, medicamentos, asistencia a familias vulnerables. En muchos casos, los municipios terminan cubriendo necesidades que deberían estar garantizadas por otros niveles del Estado.
Algunos intendentes, los que lograron ordenar sus cuentas, administran cada peso. Ajustan gastos, priorizan lo urgente y sostienen servicios básicos con enormes dificultades. Otros, en cambio, arrastran problemas de gestión y desorden financiero que los expone aún más en este escenario de escasez. Las diferencias se notan y también pesan en la percepción de los vecinos.
Más que un pedido de acciones directas al gobierno provincial, lo que plantean es una preocupación compartida: la falta de recursos y de una planificación política integral que permita a los municipios salir del modo emergencia permanente. Sin previsibilidad, sin certezas presupuestarias para estos primeros meses, sin cronogramas claros, gobernar se vuelve una tarea de supervivencia cotidiana.
A esto se suma el retraso en certificaciones de pequeñas obras ya realizadas, lo que frena nuevos proyectos y profundiza la sensación de parálisis. Muchos municipios trabajan, ejecutan, invierten lo poco que tienen, pero después deben esperar meses para cobrar.
"Organizar festivales; no queda otra"
Frente a este panorama, algunos intendentes tomaron una decisión que refleja hasta dónde llega la crisis: organizar festivales, eventos y actividades propias para recaudar fondos. Lo que antes era una propuesta cultural o recreativa, hoy se transforma en una herramienta financiera. "No queda otra. La necesidad obliga a buscar recursos donde sea posible", contó un intendente a El Tribuno. No se trata de hacer caja política, sino de sostener servicios mínimos: arreglar una calle, cambiar luminarias, comprar materiales, responder ante una emergencia. En muchos casos, esos festivales son la única forma de generar ingresos extra sin endeudar aún más al municipio.
Así, el primer semestre de 2026 se presenta con un horizonte limitado. Bacheos, mantenimiento básico, asistencia social y poco más. Mientras tanto, los problemas estructurales siguen creciendo y el margen de maniobra se achica.