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Detuvieron a un funcionario acusado de violaciones a los derechos humanos, llamado Nicolás Maduro. Se generaron reacciones provenientes de sectores políticos, académicos e incluso religiosos, porque la detención fue realizada por otro funcionario público, Donald Trump, invocando que Maduro protege al narcotráfico y actividades ilícitas que afectan gravemente a las personas.
Se ha trasladado el análisis de este suceso al terreno de la llamada doctrina Monroe (1823). Antiguo "argumento" más que "doctrina jurídica" (nunca escrita), la doctrina Monroe fue concebida para impedir que los antiguos Estados-nación, en proceso de consolidación durante los siglos XVIII y XIX, fueran invadidos por estados más consolidados. Dicha construcción histórica carece de relación directa con los acontecimientos ocurridos en Venezuela, una problemática vinculada a violaciones a los derechos fundamentales. Sin perjuicio de que dichas cuestiones se encuentren inevitablemente atravesadas por factores geopolíticos propios del ejercicio del poder público en un contexto internacional que, desde hace ya tiempo, ha dejado atrás las antiguas divisiones políticas que algunos sectores insisten en presentar como vigentes.
El orden mundial configurado a partir de construcciones políticas posteriores a la II Guerra Mundial ha concluido hace ya un tiempo considerable. Una nueva estructura global rige desde la década de 1980, y encontró en los últimos 20 años del siglo XX y en los primeros 20 del siglo XXI una oportunidad histórica para la construcción de un nuevo orden internacional.
Las nociones clásicas de soberanía estatal, representación democrática y delimitación territorial -muchas de ellas producto de acuerdos políticos ante la ONU- han perdido eficacia. El escenario contemporáneo evidencia la consolidación de un poder concentrado en aquellas naciones que han sabido ejercer sus derechos democráticos con estabilidad institucional, previsión estratégica y consistencia histórica. Son estas naciones las que adoptan decisiones trascendentes y definen los cursos posibles del orden mundial. Los
Estados conformados artificialmente durante los siglos XVIII, XIX y XX dispusieron de oportunidades suficientes para consolidar estructuras nacionales sólidas que permitieran el ejercicio pleno y efectivo de los derechos fundamentales. Algunas sociedades lograron capitalizar ese proceso; otras, en cambio, no supieron o no pudieron hacerlo. El nuevo orden global pone esta diferencia de manifiesto.
Hablar en términos tradicionales de presidentes de Estado, gobernadores, intendentes, primeros ministros, alcaldes, e incluso de reyes y príncipes, implica recurrir a un vocabulario anacrónico. El único poder con capacidad de conducción global son las potencias estructuradas y expandidas sostenidamente durante los últimos 50 años.
Quienes hoy ejercen funciones públicas en territorios que no integran ese núcleo de poder deben asumir con claridad que su rol consiste en gestionar los recursos disponibles con el objetivo primordial de garantizar, en términos materiales y concretos, la dignidad de la persona humana. Legisladores, intendentes, gobernadores, presidentes, ministros, secretarios de Estado y magistrados de todas las instancias deben entender que su actuación no se desarrolla en el marco de un Estado soberano, sino bajo "administraciones" que deben ser serviciales, austeras y respetuosas.
Resulta imperativo poner fin a prácticas propias de una concepción del poder ya superada: funcionarios desplazándose en vehículos ostentosos, protegidos por vidrios polarizados, rodeados de ceremoniales vacíos y asesores complacientes, que amplifican discursos grandilocuentes y frustrados a través de micrófonos cuya obsolescencia simbólica resulta tan evidente como la de los conceptos que pretenden sostener.
Marco Aurelio, durante su gobierno en Roma, solía visitar las casas de distintos amigos situadas en puntos estratégicos de la ciudad y ascender a los lugares más elevados para observar la vida cotidiana de la población y conocer de primera mano las costumbres, los usos y las necesidades de los ciudadanos. Esta actitud, más allá de su precisión histórica, ilustra una concepción de la administración de lo público basada en la observación directa de la realidad social y en la comprensión empírica de la vida común.
Nuestros gobernantes, en la mayoría de los casos, parecen constituir la antítesis de Marco Aurelio respecto de su visión del mundo. Desconocen, como consecuencia de un encierro difícilmente justificable, el profundo proceso de transformación que ha experimentado el ejercicio del poder público durante los últimos 50 años. Dicho ejercicio ha sufrido una mutación de carácter radical. Hoy continuar hablando en términos de soberanía estatal remite más a una categoría histórica que a una realidad política efectiva.
También han quedado definitivamente relegados los símbolos clásicos del Estado-nación: banderas, escudos, himnos y demás emblemas construidos y explotados durante siglos por quienes los usaron como herramientas de control, legitimación y rentabilidad política. Los dispositivos simbólicos diseñados para generar sociedades cohesionadas en torno a una narrativa de ciencia ficción pertenecen al pasado. No obstante, en numerosos países pobres o subdesarrollados, bajo la persistente influencia de estructuras de poder anacrónicas —verdaderos resabios de un orden feudal—, las escuelas continúan reproduciendo rituales vacíos y relatos épicos desprovistos de correlato histórico. Se exige a niños y jóvenes cantar himnos con la mano en el corazón, emocionarse frente a símbolos patrios o portar insignias conmemorativas de acontecimientos que, en muchos casos, nunca ocurrieron tal como se los presenta.
El viejo americano detuvo al tonto (americano tambien). Se lo llevó una noche. Hay todavia un viejo asiatico y un viejo europeo, que detendran a cuanto tonto haya en Asia y en Europa, respectivamente. La discusión geopolitica no pasa por la legitimidad de la detención sino por cuidar que los viejos no crucen los océanos. La cuestión a resolver es hasta qué nivel de "tontos" el mundo aceptará que sean detenidos.
Mientras tanto los "tutanes kamones del subdesarrollo" siguen andando por sus feudos en camionetas 4x4 polarizadas, con choferes armados y símbolos patrios como "escudos" de poder. Cuando algún servil quiere rebelarse, inmediatamente les cantan el "himno nacional" y se duermen como niños.