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Como lo había anticipado en otras oportunidades, don Héctor Zimmerman, antiguo y prestigioso periodista, pero también interesado por la lingística, ha escrito, entre varios libros, el que lleva por título “Tres mil historias de frases y palabras que decimos a cada rato”, publicado por la Editorial Aguilar en 1999. Mediante su cautivante lectura, uno se entera del sentido y origen de varios refranes y dichos que utilizamos a menudo.
Me referiré hoy a algunos de ellos, el primero de los cuales otorga el título a este artículo.
Según la información que proporciona, “Andar de capa caída” se explica por sí misma. Alguien es considerado en esa condición cuando anda con el ánimo por el suelo, venido a menos y deprimido. Mucha gente ha tomado el dicho al pie de la letra, aplicándolo a la época en la que se utilizaba la capa en forma habitual. A los hidalgos empobrecidos, que se amparaban en pedir el favor de la Corte para una digna subsistencia, según tal interpretación, se los veía andar con la capa mal puesta y descuidada, muchas veces arrastrándola por el piso.
En realidad, este dicho tiene su origen en la deformación de una locución latina. En el Derecho Romano se denominaba “cápitis diminutio” (traducido literalmente como “cabeza decreciente”) a la pérdida de los derechos civiles. Es decir, al traducirse según el sentido, podríamos entenderlo como “disminución o venida a menos de la personalidad de un individuo” como consecuencia de la pérdida de esos derechos. El ciudadano arribaba a esa condición a causa de las deudas, de una enfermedad y, en el caso de la mujer, porque cuando contraía matrimonio, dejaba de tenerlos y quedaba al amparo del marido.
En castellano se los llamó, asimismo, “derechos caídos”. Tomada la expresión latina, muy en boga en esa época, por parte de las personas que desconocían su sentido, entendían la palabra “cápitis”, como “capa”, por lo que la frase quedó como “andar de capa caída”.
Concluye Zimmerman que esa calificación implicaba “dar muestras de haber sufrido un bajón en la consideración social, hallarse con el humor a media asta. Una expresión que hoy se oye con gran frecuencia, aunque los antidepresivos estén de moda. Y nadie lleve capa”.
Quien quiera celeste...
“Quien anhela obtener algo muy valioso debe estar dispuesto a afrontar su precio, por alto que este sea.
El dicho y su moraleja guardan estrecha relación con un mineral, el lapislázuli, que se extrae de unos pocos lugares de Oriente. Con él se fabricaba un bellísimo color azul muy resistente a la acción del tiempo que por su procedencia fue llamado "azul de ultramar'. La gran rareza del lapislázuli y el alto costo de su transporte hicieron que su valor fuera comparable al del oro. Cuando los papas y los grandes señores del Renacimiento encargaban un cuadro, se estipulaba por contrato cuánta pintura de oro y cuánta de azul de ultramar entrarían en la obra. Al mezclarse con blanco, ese precioso azul producía el celeste que originó la expresión. Pero existe también otra versión sobre ese origen vinculada con la acepción religiosa de la palabra "celeste', equivalente a celestial. En tal caso serían los sacrificios realizados en la Tierra el precio de la gloria en el Cielo. Ambas versiones no se contradicen. Y ninguna de las dos deja duda de que "cueste' y "celeste' riman con muy justa razón”.
Aquí hay gato encerrado
Esta dicción es muy conocida, puesto que se la utiliza mucho en determinadas circunstancias. Con ella se pretende expresar desconfianza ante cualquier asunto o cosa que no nos parecen muy claros. Por supuesto que lo de gato es simplemente una imagen para dar a entender el mensaje que se quiere transmitir.
Sucede que en el siglo de Oro español se llamaba “gato” al ladrón, dado que ese sustantivo es el que mejor pone de manifiesto el sigilo y los movimientos ágiles y furtivos de quienes practican el oficio de apropiarse de lo ajeno. Gobello, en su “Diccionario del lunfardo”, define como gato al ladrón. Pero también el Diccionario de la Lengua Española de la RAE, en su octava acepción, en un uso coloquial, dice, respecto de esa palabra, “Ladrón, ratero que hurta con astucia y engaño”.
Pero, ¿por qué se le adjudicaba a ese animal semejante oficio? Por supuesto que el hecho de ser sigiloso, ágil y rápido tiene que haber influido para comparar a los amigos de la propiedad ajena con estos felinos. Pero también hubo otra motivación al momento de elegirle el nombre.
Antiguamente los bolsos se fabricaban con la piel del gato. Por ello, la jerga de los ladrones había recreado la palabra "gato' para referirse, entre ellos, al elemento en el que la gente portaba el dinero y otros valores. Por extensión, también designaba esa palabra el dinero mismo.
La frase "Aquí hay gato encerrado', en la actualidad, se ha generalizado en su uso y se aplica a la manera de actuar de cierta gente que despierta grandes sospechas en los demás.
Y concluye, sobre este tema, el autor diciendo: “Las razones escondidas, los manejos secretos al servicio de causas no muy transparentes, despiertan la inquietud de que la malicia o el fraude estén a punto de dar el zarpazo. De que en algún escondrijo y, entre sombras, el gato del engaño esté relamiéndose los bigotes”.
Eureka!
Una sola palabra. No alcanza para una frase y, además, con seis letras. Sin embargo, tiene una fuerza inusitada. Suena como un grito entusiasta: así la entendemos cuando la pronunciamos, puesto que la mayoría sabe, medianamente, lo que significa. Podríamos graficarla con palabras castellanas como "qué bueno', "ya está', "por fin lo encontré' y otras similares.
Se trata de un verbo griego que se encuentra en tiempo pasado. Su presente es "eurisko' y quiere decir "yo encuentro'; y, en pasado, "encontré!' o "he encontrado'. Su pronunciación, en griego, es "éureka', como palabra esdrújula y no como grave, tal como por lo general la pronunciamos. Entonces, prácticamente suena como una interjección, por lo que se escribe, casi siempre, entre signos de exclamación.
Al respecto agrega el autor antes citado: “Esta exclamación que en griego significa "Lo encontré' se ha hecho proverbial gracias a una historia atribuida a Arquímedes (nacido en Siracusa en el año 287 a. C.). Al recibir una corona encargada a un orfebre, el rey Hierón de Siracusa, quiso saber si el hombre había sustituido por plata una parte del oro que le había entregado. Confió el problema al famoso físico y matemático, quien pasó varias semanas sin hallar la clave. Hasta que un baño de inmersión se la inspiró. Al meterse en la tina y ver que el agua rebasaba, pensó ¿por qué no valerse de ese hecho para resolver el problema? Medir el volumen que hacía desbordar la corona en un recipiente lleno de agua; después hacer lo mismo con un peso de oro igual al de la corona, y por fin, repetir la experiencia con plata. Si el volumen del oro y el de la plata coincidían, este era de oro puro. "Eureka, eureka!' -"ya lo tengo'-, exclamaba el sabio por las calles, dejando la tina tal como se encontraba en ella, sin ropa”.
Cosas propias de sabios y científicos, que se caracterizan por concentrarse tanto en sus investigaciones, que no toman en cuenta la realidad circundante y siempre salen con cosas raras, como la que le sucedió a Arquímedes, según nos relata la tradición.
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