A los 71 años, casado, con dos hijos y dos nietos, recuerda como si fuese ayer el momento en el que descubrió su talento, el día que vio por primera vez a Pepito y las hazañas más representativas de su vida, las que quedaron guardadas en su memoria.
¿Cómo descubrió que era ventrílocuo?
Todo sucedió cuando tenía 7 años, mi papá que toda su vida trabajó en circos y parques de diversiones, me había regalado unos soldaditos de plomo, mientras jugaba, uno de sus compañeros le dijo que yo era ventrílocuo. Esa misma noche me dieron un pequeño muñeco echo de engrudo y papel, un diálogo corto y salí al escenario. Desde ese día vivo de este oficio que me apasiona. El amigo de mi padre nunca se dio cuenta de que me ayudó a encontrar el camino que seguiría toda mi vida y que me llenó de la más pura y sencilla felicidad.
¿Cómo fueron tus primeros años como ventrílocuo?
Cuando descubrí este arte no quise dejarlo y a los 11 años me fui de mi casa siguiendo a unas personas que iban a trabajar en un parque, volví a los 21, luego de recorrer gran parte del país. Regresé a la provincia para trabajar en el lanzamiento de una cocina y después me contrataron para hacer un espectáculo en la confitería La Citi, que aún existe. Cuando estaba en medio de un espectáculo justo pasó mi mamá, me vio y me llevó a casa. Cuando mi papá me vio me dio una cachetada por haberme ido durante tantos años, llevándome 100 pesos que no eran míos.
¿Cómo llegó a tus manos el muñeco Pepito?
Durante uno de mis viajes conocí un evarista que observó una de mis funciones, al finalizar me invitó a su taller y vi las vírgenes y santos que confeccionaba. Me dijo que su sueño era que alguna de sus creaciones hable y me propuso hacer un muñeco, yo acepté.
El hombre iba a tardar tres meses en hacerlo y no podía quedarme tanto tiempo en Buenos Aires, cuando volví me di con la noticia de que había muerto y su última creación fue Pepito.
Su hija me lo prestaba con recelo y durante el primer espectáculo con el le pregunté su nombre y dijo Pepito, la chica que lo cuidaba y acunaba se sorprendió y ese día me lo dio. Hace 50 años que voy con él a todos lados, tiene su valija y varias mudas de ropa.
¿Cuales son las anécdotas que más recuerda?
Cuando llegué a Salta con Pepito me propuse recorrer todas las escuelas del interior y lo logré, conocí a muchos niños y comprobé que las escuelas rancho existen, aunque algunos lo niegan. Otra cosa que marcó mi vida y la del personaje que llevo conmigo sucedió en Tucumán, cuando fuimos a ayudar a una niña que se descompensó en la escuela. No sabemos que le pasó pero entró en un estado de autismo. Durante 40 días de trabajo logramos que ella hable y se recupere.
¿Durante una carrera que implica tantos viajes cómo formó su familia?
Me casé a los 40 años y conocí a mi esposa en una escuela del interior, mientras ayudaba en la institución la enamoré y tuve dos hijos que me dieron dos nietos hermosos, el mayor siente un cariño muy grande por Pepito. Logré formar mi familia y dedicarme a algo que me apasiona, son pocas las personas que pueden decir eso. Me siento un afortunado.
¿Usted se encarga del mantenimiento de Pepito?
Sí, yo lo restauro una vez por año. Me encargo de pintarlo, arreglar su ropa y reconstruir aquello que se haya dañado. Decidí que el día que deje esta tierra tanto Pepito, como su valija y todos los objetos personales sean donados al museo de la Provincia, para que puedan verlo. Amo a los niños y siempre busque que vean mis espectáculos de manera gratuita, quiero que desde el museo siga presente.