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Arabia Saudita: el despotismo ilustrado del siglo XXI

Sabado, 29 de noviembre de 2025 01:40
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El presidente estadounidense Donald Trump y el príncipe heredero saudita Mohammed Bin Salman (conocido internacionalmente como MBS) sellaron en Washington una alianza estratégica de carácter político, económico y militar que está destinada a tener un monumental impacto en el sistema internacional, en el escenario regional de Medio Oriente y en todo el mundo islámico.

Para Estados Unidos resulta fundamental el compromiso asumido por el reino saudita de invertir más de 600.000 millones de dólares en Estados Unidos. En ese verdadero alud de inversiones adquieren una prioridad absoluta los proyectos de las grandes compañías tecnológicas de Silicon Valley orientados al desarrollo de la inteligencia artificial, que constituye el eje de la competencia con China por el liderazgo mundial.

De allí que en la lujosa cena de honor celebrada por Trump en la Casa Blanca para agasajar a su invitado haya reaparecido nada menos que Elon Musk, un ex amigo íntimo y funcionario luego ruidosamente distanciado del mandatario, y sobresaliera la presencia de numerosos magnates de la alta tecnología, entre ellos Michael Dell, CEO de Dell (una de las mayores compañías tecnológicas globales), Chuck Robbins, titular de Cisco Systems (uno de los mayores fabricantes de equipos de redes informáticas), Jensen Huang, director ejecutivo de Nvidia (el gigante de los chip), y Tareq Amin, CEO de Humain (una empresa de inteligencia artificial respaldada con una multimillonaria financiación saudita).

Pero el acuerdo binacional sobre las inversiones tecnológicas tiene como contrapartida el respaldo norteamericano a la transformación de Arabia Saudita en una potencia global en materia de inteligencia artificial. MBS creó Humain con la pretensión de que en los próximos años la compañía llegue a gestionar alrededor del 6% de la carga de trabajo mundial de IA. Esto haría que el reino, que actualmente gestiona menos del 1%, pase de ser un actor secundario para posicionarse en el tercer lugar en el suministro de potencia informática, solamente por detrás de Estados Unidos y China.

Trump y MBS intercambiaron cálidos elogios. El príncipe señaló que Arabia Saudita "cree en el futuro de Estados Unidos". Como siempre más elocuente que su visitante, el mandatario estadounidense sorprendió a su auditorio con un comentario sugestivo: "estoy orgulloso del trabajo que ha hecho. Lo que hizo es increíble en materia de derechos humanos".

La observación de Trump llamó particularmente la atención porque la imagen internacional de MBS resultó notoriamente golpeada en 2018 por el asesinato y posterior descuartizamiento del periodista Jamal Khashoggi, corresponsal del "Washington Post", perpetrado por agentes sauditas en Estambul. Human Rights Watch, una de las principales organizaciones estadounidenses de defensa de los derechos humanos, criticó "la decisión de la Casa Blanca de ofrecer un trato preferencial a un líder responsable de la tortura y el asesinato de Khashoggi" y de "la represión sostenida en Arabia Saudita".

Otro de los objetivos principales del viaje de MBS quedó cumplido cuando Trump anunció su intención de venderle al reino saudita aviones de combate F-35, a pesar del disgusto de Israel y de las objeciones del Pentágono, que advirtió sobre los riesgos que implica la transferencia de esa tecnología a un país que es socio del grupo BRICS y mantiene estrecha relación con China. Trump aventuró incluso que "ve posible" un acuerdo para transferir tecnología nuclear estadounidense a Arabia Saudita, aunque no adelantó plazos para su materialización.

En contrapartida, MBS ratificó su disposición a colaborar con la implementación del plan de pacificación de Gaza impulsado por la Casa Blanca y aprobado por las Naciones Unidas y manifestó su interés en que Arabia Saudita sea parte de los "acuerdos de Abraham", sellados entre Israel y las monarquías del Golfo Pérsico a partir de una iniciativa lanzada por Trump durante su primer mandato, pero requería una previa certeza de que exista una vía definida hacia una "solución de dos estados" en el conflicto palestino.

Una revolución desde arriba

MBS, quien a los 32 años se erigió en el "hombre fuerte" de la principal monarquía petrolera del Golfo Pérsico, encabeza con mano de hierro la transformación más trascendente de la historia del reino desde el descubrimiento de los yacimientos de petróleo en medio del desierto en 1934, posicionado actualmente como una potencia económica relevante con una influencia política de primer nivel en el conflictivo escenario de Medio Oriente.

Su ascenso al poder comenzó cuando el rey Salan, que había heredado el trono en 2015, le otorgó varias carteras importantes, entre ellas, la de Defensa.

En 2017, en un golpe palaciego, destituyó a Mohammed bin Nayef, su primo mayor y heredero del trono. La televisión saudí mostró a MBS besando la mano de Nayef, en un gesto acordado de unidad que ocultaba una transferencia forzada del poder.

El relevo generacional en la cúspide de un poder caracterizado por la gerontocracia (el actual rey tiene 89 años) refleja un fenómeno social y demográfico. Desde el principio fijó su misión en términos inequívocos: "El 70% de los sauditas son menores de 30 años. No vamos a desperdiciar los próximos 30 años lidiando con ideas extremistas. Las erradicaremos hoy mismo".

Uno de los aspectos fundamentales de esa metamorfosis es la incorporación masiva de las mujeres al mercado de trabajo. Las autoridades eliminaron obstáculos legales como la necesidad de obtener un permiso de su responsable masculino (padre, marido, hijo o hermano) para trabajar. En una sociedad ultraconservadora impactó también fuertemente la autorización a las mujeres para asistir a los espectáculos de fútbol y mucho más todavía para conducir automóviles.

Otra manifestación de la transformación en marcha son los cambios en la vida cultural, cuya primera expresión palpable fue la habilitación de las salas de espectáculos, antes prohibidas. Cada año los saudíes gastan millones de dólares para ver películas y visitar parques de entrenamiento en los centros turísticos de los países vecinos, como Dubái y Bahréin, al que se accede a través de un puente. Esa tendencia tiende a invertirse.

Jaled bin Abdala, primo de MBS, fundamentó el orgullo nacional por el advenimiento de esta nueva era: "En menos de 70 años hemos alcanzado en Arabia Saudita un nivel de desarrollo y de cambio económico y social que ni siquiera Occidente ha logrado hacer en 100 años. Ahora esperamos evolucionar con estabilidad y sin divisiones, sin cambios que rompan los vínculos de la sociedad ni destruyan nuestros valores religiosos y sociales, mientras obtenemos una mejor calidad de vida".

La estrategia de esta" revolución desde arriba", impulsada por una élite ilustrada (educada en las mejores universidades estadounidenses y británicas) está explicitada en el programa "Visión 2030", un documento que estableció los objetivos de este programa de reformas, basado en la diversificación de la estructura productiva, la paulatina privatización las actividades económicas antes monopolizada por el Estado y el aliento a la inversión extranjera.

Arabia Saudita es la potencia económica más importante del mundo árabe. Es la cabeza de la OPEP y el único país árabe que integra el G-20. Por su condición de custodia de los "Santos Lugares" es una referencia principal para el mundo islámico. Cinco veces al día muchísimos entre los 1800 millones de musulmanes del mundo entero se vuelven en oración hacia la Meca. Lo que ocurra con este proceso de reformas influirá decisivamente en el devenir político del Islam.

Semanas atrás Arabia Saudita concertó también un acuerdo de defensa recíproca con Pakistán, la única potencia nuclear de la comunidad musulmana, fundado precisamente en la histórica determinación de Islamabad de proveer a la protección de los Santos Lugares ante cualquier interferencia extranjera.

Este pacto, que los medios periodísticos occidentales consideraron el germen de una posible "OTAN sunita", provee a Ryad de un significativo respaldo militar frente a la amenaza del Irán chiita y de una garantía adicional de seguridad ante un eventual operativo israelí. Implicó también una ratificación de la creciente gravitación de la dimensión religiosa en las relaciones internacionales.

Con su calurosa recepción en la Casa Blanca, Trump legitimó a Mohammed Bin Salman como un protagonista relevante de la escena mundial.

* Vicepresidente del Instituto de Planeamiento Estratégico

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