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La seducción de la "mano dura"

Lunes, 12 de enero de 2026 01:13
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La captura de Nicolás Maduro por parte del gobierno de Estados Unidos desató reacciones y análisis de todo tipo, atravesados por lecturas políticas, ideológicas y emocionales.

Prefiero detenerme en otra lectura: la de un cóctel peligroso. La de una opinión pública crecientemente seducida por liderazgos fuertes y, al mismo tiempo, atravesada por una fatiga democrática que ya no disimula.

Ese cruce entre el aplauso a los resultados firmes y el desencanto con la democracia, como muestran encuestas desde distintos ángulos, revela un patrón claro. Cuando pesan la inseguridad, la falta de bienestar económico, la corrupción persistente y la sensación de estancamiento, el atractivo se desplaza hacia figuras que prometen orden y decisión.

A veces es el carisma, pero casi siempre es el desgaste acumulado de partidos, instituciones y reglas que estos líderes saben explotar para exhibir fuerza. De ahí la popularidad de dirigentes dispuestos a tensar o saltar controles democráticos como Donald Trump, Javier Milei, Nayib Bukele, Daniel Noboa o José Antonio Kast, ante una ciudadanía que parece decir "no me importan los procesos, quiero resultados".

Tensar o cruzar límites democráticos para alcanzar objetivos no es una novedad. En América Latina, esta licencia que el pueblo concede en un primer momento a líderes mesiánicos suele inscribirse en un movimiento pendular conocido. Hasta hace poco, la mano fuerte tuvo otros nombres, como Cristina Fernández de Kirchner, Rafael Correa y Evo Morales. Debilitaron de manera sistemática los controles institucionales y justificaron sus avances en nombre de la voluntad popular y de una supuesta eficacia política. Con el agravante y pecado histórico de haberse apoyado política, económica y estratégicamente en la dictadura de Hugo Chávez y de Maduro, e ideológicamente en una de las dictaduras más longevas y represivas del continente: la de los hermanos Castro y Miguel Díaz Canel.

La historia confirma que conceder estas licencias a gobernantes de mano dura es una apuesta riesgosa. El caso de la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo lo demuestra con crudeza. La anuencia inicial suele derivar en el avasallamiento de las instituciones, la colonización de los poderes públicos, la persecución de la prensa y la oposición, o en reformas electorales diseñadas para perpetuarse en el poder o para que sirvan de cosmética democrática. No es casual que hoy las cárceles latinoamericanas estén pobladas de expresidentes que pasaron del mesianismo al abuso de poder.

Reclamar respuestas firmes y rápidas es comprensible. Aceptarlas a costa de la democracia, en cambio, ha demostrado ser una trampa. Tarde o temprano, el efecto búmeran vuelve contra quienes creyeron que la mano dura era un atajo.

* Ricardo Trotti es autor de "Robots con alma: atrapados entre la verdad y la libertad"

 

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