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Venezuela, Delcy y Corina: cuando el poder se queda sin relato y la legitimidad no alcanza.
El país atraviesa uno de los momentos más delicados y decisivos de su historia reciente. No sólo por la crisis económica, social e institucional acumulada durante años, sino porque, por primera vez en mucho tiempo, el futuro del país no parece depender exclusivamente de un caudillo, de un general o de un partido único. Tras décadas de autoritarismo, control institucional y desgaste social, el país se encuentra ante una escena inédita: dos mujeres concentran buena parte del poder y de la expectativa política, pero desde lugares radicalmente distintos. Delcy Rodríguez encarna el poder formal heredado del chavismo; María Corina Machado, la legitimidad popular de una oposición que logró reorganizarse pese a la persecución y el exilio.
El verdadero núcleo de la disputa actual es si la legitimidad democrática logrará imponerse sobre el miedo. Ese es el dato político central del presente venezolano. Delcy Rodríguez no es una figura improvisada. Ha sido una de las dirigentes más influyentes del régimen, con control real sobre resortes clave del Estado y una relación directa con el poder judicial, la estructura militar y la diplomacia internacional. Su fortaleza es, precisamente, la continuidad: garantiza gobernabilidad inmediata, orden administrativo y previsibilidad para los actores que temen un colapso institucional. Su debilidad, en cambio, es profunda y estructural: su legitimidad democrática está severamente cuestionada, al provenir de un sistema acusado de fraude electoral, represión y anulación sistemática de la disidencia.
María Corina Machado representa el polo opuesto. Su liderazgo no se apoya en el aparato del Estado, sino en el respaldo ciudadano y en una narrativa política clara: la reconstrucción democrática exige romper con el miedo y con las formas encubiertas del autoritarismo. Machado no controla instituciones ni fuerzas armadas, pero encarna algo que hoy escasea en Venezuela: credibilidad política. Esa fortaleza simbólica, sin embargo, también es su límite, porque la legitimidad popular, por sí sola, no gobierna si no logra traducirse en poder efectivo y garantías de estabilidad.
La tensión entre ambas figuras no es simplemente una disputa personal ni ideológica. Es la expresión de un conflicto más profundo entre dos modos de concebir la política: uno basado en la administración del miedo, el control y la obediencia; otro, en la restitución del voto, la ley y la participación ciudadana.
Durante años, el miedo fue el principal capital político del régimen venezolano. Miedo a perder subsidios, a la represión, al caos, a la violencia. Hoy, ese miedo ya no alcanza para sostener un proyecto sin legitimidad. Pero tampoco la legitimidad alcanza, por sí sola, para desmontar un sistema de poder enquistado.
En ese contexto, resulta tentador leer el presente venezolano como una "oportunidad histórica" marcada por el liderazgo femenino. Sin embargo, conviene ser precisos: ninguna democracia se garantiza por el género de quien la encarna. Las mujeres no son, por definición, más democráticas, ni más éticas, ni menos autoritarias que los hombres. La historia política —en América Latina y en el mundo— ofrece suficientes ejemplos para desmentir cualquier idealización.
Lo verdaderamente relevante no es que el protagonismo político esté hoy en manos de mujeres, sino que el eje del conflicto haya dejado de girar en torno a un líder providencial. Venezuela se juega algo más complejo y frágil: si será capaz de reconstruir una autoridad legítima sin recurrir al miedo como forma de gobierno.
La disputa que se abre no está cerrada. No hay garantías, ni finales escritos. Pero por primera vez en mucho tiempo, el poder ya no se sostiene únicamente en la fuerza, sino que está obligado a confrontar con una pregunta incómoda y profundamente política: ¿Quién gobierna cuando el miedo deja de ser suficiente?
Y la respuesta, más que cualquier nombre propio, es la que puede marcar un verdadero punto de inflexión en la historia de Venezuela.