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Hoy Groenlandia, mañana la Antártida

Sabado, 17 de enero de 2026 00:00
Foto: Gettyimages
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La historia no se repite, pero rima. Y cuando las rimas se parecen demasiado, conviene prestar atención.

Groenlandia ha dependido históricamente de los países escandinavos, en particular de Dinamarca, bajo una relación que, con matices y tensiones, se ha sostenido durante siglos. Estados Unidos, en cambio, no posee antecedentes históricos, culturales ni jurídicos que respalden un reclamo soberano sobre la isla. Sin embargo, desde Washington se ha ensayado un argumento recurrente y, cuanto menos, falaz: si no interviene, Dinamarca y sus aliados europeos no estarían en condiciones de defender Groenlandia de una eventual amenaza rusa o china.

El problema es que esa amenaza no existe en los términos en que se la plantea. Ni Rusia ni China han emitido declaraciones públicas reclamando Groenlandia, ni mantienen vínculos históricos con la isla que permitan siquiera insinuar una pretensión territorial. El "enemigo" es, en este caso, una construcción discursiva funcional a un objetivo mucho más concreto: garantizar el control de recursos estratégicos y de una posición geopolítica clave en el Ártico.

Groenlandia no es solo hielo y silencio. Es minerales críticos, tierras raras, hidrocarburos potenciales y una ubicación privilegiada en un escenario donde el deshielo abre nuevas rutas marítimas y redefine el comercio global. En ese contexto, el "Nuevo Imperio Romano de Norteamérica" no oculta su lógica: quien controla los pasos estratégicos y las reservas naturales, controla el futuro. Roma no preguntaba; avanzaba. Hoy, el método puede ser la moneda o la presión diplomática; mañana, si hiciera falta, la fuerza.

Aquí es donde la cuestión deja de ser un problema regional y se transforma en una advertencia global. Porque si hoy Groenlandia puede ser presentada como un "territorio a proteger" frente a amenazas inexistentes, ¿qué impide que mañana el mismo razonamiento se aplique a la Antártida? El paralelismo no es antojadizo. El continente blanco, protegido por el sistema de tratados antárticos, representa uno de los últimos espacios del planeta formalmente resguardados de la lógica extractivista y militarista. Pero ese equilibrio tiene fecha de vencimiento: 2048. A partir de entonces, el marco jurídico que hoy congela los reclamos soberanos y prohíbe la explotación de recursos podrá ser revisado.

Y allí aparece el Mar de Weddell. Estudios rusos —nunca desmentidos con contundencia— sostienen que esa región albergaría una de las mayores reservas de petróleo del mundo. La península antártica y sus islas cercanas conforman, además, la zona más rica del continente en términos biológicos, minerales y logísticos. No es casualidad que esa misma área coincida con la presencia histórica y el reclamo soberano de la Argentina, ni que Chile, Noruega, Australia y el Reino Unido hayan sostenido una actividad constante en la región durante décadas.

Para la Argentina, la Antártida no es una abstracción geopolítica ni una causa declamativa. Es una política de Estado sostenida desde principios del siglo XX, con presencia permanente, bases científicas, logística propia y continuidad institucional incluso en los momentos más críticos de su historia interna. La Argentina fue uno de los primeros países en establecer ocupación efectiva en el continente y mantiene, hasta hoy, la mayor cantidad de bases activas en el sector antártico reclamado.

Además, la proyección antártica argentina no es solo histórica, sino también geográfica: la Antártida es la prolongación natural de su plataforma continental y de su territorio austral. Desde Ushuaia y el litoral patagónico se estructura gran parte de la logística antártica internacional, lo que convierte al país en un actor inevitable, no opcional, en cualquier red de acceso, abastecimiento o control futuro del continente blanco.

Por eso, cualquier intento de alterar el statu quo antártico no afectaría a la Argentina de manera colateral, sino directa y estratégica. No se trata únicamente de soberanía formal, sino de recursos, de control de pasos bioceánicos, de seguridad energética futura y de equilibrio regional en el Atlántico Sur, ya tensionado por la presencia británica en las Islas Malvinas.

Estados Unidos mantiene bases en la Antártida, como muchos otros países. Hasta ahora, nunca ha formulado un reclamo formal de soberanía. Pero la historia demuestra que los imperios no siempre anuncian sus movimientos con anticipación. La pregunta, entonces, no es si esperará 22 años para mover sus piezas, sino si considerará conveniente hacerlo antes, bajo algún nuevo pretexto: protección ambiental, seguridad global, ciencia estratégica o, nuevamente, la amenaza de terceros.

En este punto, la conducta estadounidense encaja con notable precisión en la vieja teoría geopolítica de Friedrich Ratzel sobre el Lebensraum o "espacio vital": los Estados poderosos, al expandirse, consideran natural absorber territorios estratégicos para garantizar su supervivencia, crecimiento y seguridad futura. No se trata de derecho ni de historia, sino de necesidad imperial. Groenlandia hoy; la Antártida mañana.

¿Qué margen real de acción tienen los países históricamente antárticos frente a un poder que combina supremacía militar, influencia económica y capacidad de presión diplomática? ¿Alcanzarán el derecho internacional y los acuerdos multilaterales cuando la balanza de poder se incline de forma obscena hacia un solo actor? ¿O volveremos a comprobar que, en última instancia, la legalidad suele ser el lenguaje de los vencedores?

Groenlandia funciona hoy como un laboratorio. Un ensayo general. Si la comunidad internacional naturaliza que una potencia sin antecedentes históricos pueda condicionar, comprar o forzar el destino de un territorio estratégico, el precedente quedará establecido. Y los precedentes, en política internacional, son armas silenciosas pero letales.

La Antártida no es un desierto vacío. Es una reserva estratégica para la humanidad, pero también un espacio donde confluyen intereses nacionales concretos, especialmente de países como el nuestro que han sostenido presencia, investigación y logística durante generaciones. Renunciar a esa historia sería aceptar que el esfuerzo, la constancia y el derecho valen menos que la fuerza y el cheque. Tal vez por eso convenga cerrar con una advertencia clásica, dirigida no solo a un presidente circunstancial, sino a toda potencia que se crea eterna: Memento mori. Recuerda que eres mortal. Los imperios también caen, y cuando lo hacen, suelen llevarse consigo algo más que sus propias ambiciones.

 

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