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Trump, Vance y el posliberalismo

El presidente preocupa incluso a JP Morgan y a la Reserva Federal, pero su pragmatismo empresario parece un preludio del "posliberalismo", una doctrina que va tomando forma de inspiración social cristiana, que cultiva su vice y probable sucesor.
Miércoles, 28 de enero de 2026 23:04
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Donald Trump es el personaje internacional más disruptivo del siglo XXI. No sólo sorprende al mundo con iniciativas impensables. Lo mismo ocurre en el orden doméstico. Nadie hubiera podido imaginar que un presidente del Partido Republicano demandara judicialmente al JPMorgan y a su titular, Jamie Dimon, acusándolos de haber cerrado sus cuentas bancarias en enero de 2021 en respuesta a la invasión de sus partidarios al edificio del Capitolio de Washington para denunciar el supuesto fraude en las elecciones que habían impedido su reelección y consagrado al candidato demócrata Joe Biden.

La noticia llevó a los analistas financieros de Wall Street a recordar un análisis difundido meses atrás por el JP Morgan sobre la orientación económica de la administración republicana que advertía que "el riesgo para los mercados es que los responsables de política económica de Estados Unidos repitan los errores de líderes latinoamericanos como el expresidente argentino Juan Perón".

El informe subrayaba que "los inversores están preocupados por la estabilidad estructural de la economía estadounidense debido a las políticas implementadas durante la era Trump". Puntualizaba que "la independencia de la Reserva Federal y el proteccionismo son una preocupación". Subrayaba que "la legislación propuesta por Trump podría aumentar significativamente el déficit presupuestario, socavando la confianza de los inversores en la sostenibilidad de la deuda de EEUU".

El tiempo se encargó de confirmar esas prevenciones del campo de lo "políticamente correcto". Trump considera que las medidas arancelarias son un instrumento fundamental de su política económica y también de su estrategia internacional, distante de muchos de sus epígonos internacionales.

En la visión de Trump, una aplicación selectiva de aranceles no sólo permite reducir el gigantesco déficit comercial de Estados Unidos, que es la mayor vulnerabilidad de su economía, sino que incentiva la repatriación de las inversiones de las corporaciones multinacionales norteamericanas.

No puede alegarse que Trump no lo hubiera anunciado en su campaña proselitista. En una entrevista concedida a Bloomberg News semanas antes de la elección que lo devolvió al poder, cuando se le consultó sobre los aranceles el candidato republicano respondió: "Es mi palabra favorita, más hermosa que cualquier otra que se me ocurra". Esa definición lo aleja nítidamente de los postulados del liberalismo clásico.

Algo semejante sucede con el conflicto entre la Casa Blanca y el titular de la Reserva Federal, Jerome Powell. Para Trump, la resistencia de Powell a reducir la tasa de interés perjudica la reactivación de la economía estadounidense y encarece los créditos hipotecarios, con consecuencias que afectan a millones de familias y pueden influir negativamente en los resultados de las elecciones legislativas de noviembre próximo. Ese peligro llevó a Trump a imponer un tope a los intereses de las tarjetas de crédito, una iniciativa intervencionista resistida por el sector financiero.

En ese marco se inscribieron la amenaza de iniciar una acción penal contra Powell por maniobras irregulares en las compras para la renovación de un edificio de la institución y la controversia desatada por la decisión de remover a Lisa Cook, una de las gobernadoras de la Reserva Federal, sospechada de participación en un fraude hipotecario, una medida extrema que fue judicializada por la funcionaria y llevó a la Corte Suprema de Justicia, de mayoría conservadora, a actuar en resguardo del principio de la independencia de la FED.

Este entredicho entre Trump y JP Morgan revela un rasgo no suficientemente acreditado de este gobierno republicano. A diferencia de las anteriores administraciones republicanas, incluida su primer mandato, Trump tiende a promover un rol más activo del Estado en la economía, no en el sentido del intervencionismo clásico ni del Estado de Bienestar ni de la aprobación de mayores regulaciones burocráticas, sino de la utilización del poder político para la toma de medidas para avanzar en su objetivo de la reindustrialización de EEEUU.

Nacionalismo cristiano

Es imposible imaginar a Trump, un empresario pragmático por naturaleza, como devoto de una rama del espectro del pensamiento conservador que alimenta el avance de la "derecha alternativa" a escala mundial. Pero su gestión es para los analistas como una expresión práctica, no teórica, del "post-liberalismo", una "doctrina en construcción" que tiene entre sus referentes intelectuales al vicepresidente JD Vance, un eventual sucesor en la Casa Blanca.

El "post-liberalismo", que gravita en las "nuevas derechas" de Europa y de América Latina, reivindica el empleo del poder político, o sea del Estado, en favor de su interpretación del "bien común". Sus partidarios afirman que el viejo conservadorismo perdió la "batalla cultural" frente al "progresismo" por esa renuencia a usar la capacidad coercitiva del Estado como una herramienta clave para esa lucha.

En los escritos de sus publicistas, muchos compilados en las páginas del "Postliberal Order", corresponde destacar un "comunitarismo" igualmente alejado del individualismo extremo y del estatismo asfixiante y la exaltación de un nacionalismo cristiano, con fuerte impronta evangélica, acorde con la tradición histórica de los "Padres Fundadores".

Patrick Deneen, uno de los teóricos más relevantes del "post-liberalismo", sostiene que la alianza conservadora tiene que abrirse a quienes buscan "un orden político y social que se inspire en los viejos temas económicos de la clase trabajadora que en su día propuso la izquierda y que quiera priorizar el uso del poder público para fortalecer las instituciones cívicas y familiares custodiadas por la derecha".

Vance, cuya biografía es una personificación del "sueño americano", encarna esa visión de conservadorismo social. Hijo de padres divorciados, con una madre adicta a las drogas y criado por su abuela, es un ex combatiente de la guerra de Irak, se recibió de abogado en la Universidad de Yale para luego ganarse la vida como analista de inversiones de riesgo.

Como consultor, Vance cimentó una relación con el multimillonario Peter Thiel, un empresario de alta tecnología que fue cofundador de PayPal junto a Elon Musk y uno de los primeros inversores de Facebook. Thiel aportó quince millones de dólares para la primera incursión política de Vance, en la campaña al Senado en 2022.

Pero el salto a la fama de Vance había ocurrido en 2016 con el éxito editorial de su libro "Hillbilly, una elegía rural. Memorias de una familia y una cultura en crisis". La obra traduce el divorcio entre los trabajadores de los estados del Medio Oeste, afectados por la desindustrialización derivada del traslado de sus plantas industriales a los países asiáticos de mano de obra barata, y las elites "progresistas", cuyo globalismo cosmopolita desprecia las raíces culturales de EEUU.

En esa trayectoria sobresale su conversión al catolicismo en un convento dominico en 2019 y su reivindicación de la doctrina social de la Iglesia, en una versión tradicionalista. Esa identificación con los valores religiosos explica su discurso en la Conferencia de Seguridad de Múnich de 2025, cuando acusó a la UE de traicionar el "espíritu de Occidente".

El término "hillbilly", sinónimo de "culturalmente atrasado", en cierto sentido semejante al mote peyorativo de "cabecitas negras" en la Argentina del ´40, fue utilizado despectivamente por críticos demócratas. En contraposición, un grupo de monjes dominicos fundó un elenco musical llamado "Los Tomistas Hillbilly", que grabó canciones consagradas a la reivindicación de esas raíces.

Cuando explicó la nominación de Vance como su compañero de fórmula, Trump destacó esa comunidad de origen con los trabajadores del Medio Oeste, sintonía que posibilitó el apoyo, electoralmente decisivo, de una franja de votantes históricamente demócratas. En esa referencia podría rastrearse tal vez una inesperada e involuntaria coincidencia con la alusión a Perón de aquel informe del JP Morgan sobre las características de su segundo mandato.

Si en las elecciones de 2028 Vance, que hoy tiene sólo 41 años, fuera ungido sucesor de Trump esas presunciones adquirirían un carácter premonitorio.

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