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El regreso de los yacarés, un mensaje de la naturaleza

El problema es no asumir que la fauna silvestre no es, mascota, ni trofeo ni un juguete y no debería ser un negocio clandestino.
Viernes, 30 de enero de 2026 00:47
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Las imágenes se repiten con una frecuencia inquietante. Un video grabado con un celular, una música de fondo innecesaria, un animal silvestre expuesto como espectáculo y una catarata inmediata de opiniones. Así ocurrió con la aparición de un yacaré juvenil en la zona de Tres Palmeras, registrada en un video viral y confirmada luego por el operativo de la Policía Rural y Ambiental en el río Arias. Así volvió a suceder días después, cuando otro registro audiovisual alertó sobre la presencia de más de una decena de yacarés —adultos y crías— en el sudeste de la ciudad, en cercanías del río Arenales. Dos hechos distintos, un mismo trasfondo: la peligrosa relación que mantenemos con la fauna autóctona y la liviandad con la que opinamos sobre aquello que no comprendemos.

Ambos episodios ocuparon espacio en los medios y generaron alarma social. Pero más allá del impacto inmediato, deberían obligarnos a detenernos y mirar más profundo. Porque el problema no son los yacarés. El problema es la incapacidad —cada vez más extendida— de asumir que la fauna silvestre no es una mascota, no es un trofeo, no es un juguete y, mucho menos, un negocio clandestino.

Vecinos virtuales, comentaristas compulsivos y hasta profesionales de disciplinas ajenas a la conservación ambiental se sintieron con autoridad suficiente para cuestionar procedimientos de rescate, decisiones técnicas y políticas de manejo de fauna. Lo hicieron desde la comodidad de una pantalla, armados de prejuicios, rumores y una soberbia que suele confundirse con seguridad.

El rescate de yacarés —como el de cualquier especie silvestre— no existe por capricho, ni por moda, ni por una sensibilidad exagerada. Existe porque el verdadero factor de riesgo no suele ser el animal, sino el comportamiento humano. Existe porque, antes de que intervengan las autoridades competentes, hay personas que persiguen, acorralan, provocan o manipulan animales silvestres, incluso crías indefensas. Existe porque la ignorancia, combinada con el sensacionalismo y la violencia, suele ser letal.

En los últimos años, la presencia reiterada de yacarés en zonas urbanas o periurbanas no puede analizarse como un fenómeno aislado. Tampoco puede explicarse únicamente desde la idea simplista de que "los animales se están acercando". La fauna silvestre no invade ciudades: es desplazada. Los ríos Arias y Arenales no modificaron su curso por voluntad propia. La urbanización avanza, el hábitat natural se reduce, los humedales se degradan y los encuentros se vuelven inevitables. Sin embargo, en lugar de asumir esta responsabilidad colectiva, abundan los dedos acusadores señalando a quienes hacen lo que corresponde: prevenir riesgos, rescatar animales, reubicarlos y proteger tanto la vida humana como la biodiversidad.

Pero hay un aspecto aún más incómodo, del que poco se habla y que ambas noticias dejan entrever: el mascotismo ilegal y los criaderos clandestinos de fauna autóctona. La presencia de múltiples ejemplares juveniles en áreas no habituales despierta una pregunta que muchos prefieren evitar: ¿cómo llegan estos animales allí? ¿Migración natural? ¿Desplazamiento por las crecidas? ¿O liberaciones irresponsables de animales que fueron mantenidos en cautiverio ilegal?

Tener fauna silvestre como mascota no es una excentricidad inocente. Es un delito ambiental. Es una práctica que genera sufrimiento animal, riesgos sanitarios y desequilibrios ecológicos. Un yacaré criado en cautiverio pierde comportamientos naturales, se vuelve dependiente del ser humano y, al crecer, se transforma en un "problema" para quien lo tuvo como capricho. Entonces aparecen las liberaciones improvisadas, los abandonos en ríos urbanos o, peor aún, la muerte silenciosa del animal.

Los criaderos clandestinos agravan aún más esta situación. Allí, la fauna autóctona se convierte en mercancía. Se reproduce sin controles sanitarios, sin criterios de conservación y sin ningún respeto por la vida. Cuando algo sale mal —cuando hay denuncias, controles o simplemente cuando los animales crecen demasiado—, el problema se traslada al espacio público. Y una vez más, la sociedad reacciona tarde, mal y con miedo.

Resulta paradójico —y profundamente revelador— que se cuestione con tanta vehemencia el accionar de quienes intervienen justamente para evitar tragedias mayores. Los yacarés, especies que han sobrevivido millones de años adaptándose a los cambios del entorno, parecen hoy más coherentes que algunos humanos que, aun portando títulos universitarios, no han aprendido a respetar los límites de su propio conocimiento.

Opinar no es malo. El problema es opinar sin saber, sin informarse y sin hacerse cargo del impacto que tienen las palabras. En temas ambientales, esa liviandad puede traducirse en violencia directa contra los animales, en pánico injustificado entre los vecinos y en decisiones erróneas que empeoran los conflictos en lugar de resolverlos. No todas las opiniones pesan lo mismo cuando se habla de rescate de fauna silvestre, seguridad pública y conservación. La experiencia, la formación específica y el trabajo en territorio importan.

Los videos virales que alertaron sobre la presencia de yacarés cumplieron, sin duda, una función positiva: visibilizaron una situación y permitieron activar protocolos. Pero también abrieron la puerta a un festival de comentarios irresponsables. Entre el alarmismo exagerado, las teorías conspirativas y el desprecio por la vida animal, quedó expuesta una carencia estructural: la falta de educación ambiental.

Educar no es solo enseñar nombres de especies o repetir consignas. Es comprender que la fauna autóctona cumple un rol ecológico, que no puede ser domesticada sin consecuencias y que su protección no es una opción ideológica, sino una necesidad colectiva. Es entender que no todo se resuelve con una opinión ruidosa y que hay ámbitos donde el silencio informado vale más que mil comentarios ignorantes.

Tal vez estos episodios deberían invitarnos a una reflexión más honesta. Quizás el problema no sea la presencia ocasional de un yacaré en un río urbano, sino la incapacidad de muchos para reconocer sus propios límites. Tal vez el verdadero rescate pendiente no sea el del animal, sino el del sentido común, el respeto y la humildad intelectual.

Porque, al final, la naturaleza no falla, no opina ni improvisa. Simplemente existe. Y frente a ella, algunos humanos —con o sin títulos— siguen demostrando que la incapacidad más peligrosa es la de creerse capaces de todo: de domesticar lo indomesticable, de lucrar con la vida silvestre y de opinar sin saber.

Y mientras no asumamos esa responsabilidad, los verdaderos animales en peligro no serán solo los yacarés, sino nuestra propia capacidad de convivir con el mundo que habitamos.

 

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