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El juego de té de Yiya Murano

La envenenadora que mató a tres acreedoras pasó 13 años en la cárcel, pero el instrumento del crimen no fue decomisado por el juez. Su hijo lo heredó y lo vendió. Medio siglo después, la tétrica historia sigue siendo tema de libros, "biopics".
Viernes, 27 de febrero de 2026 01:34
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Los grandes criminales de la historia mundial y nacional se las ingenian para que, incluso después de haber dejado este mundo, volvamos a ocuparnos de ellos. La más de las veces eso pasa cuando un caso reciente, como el que ahora nos ocupa, se parece mucho a otro en el que trabajamos hace muchos años. Pero hay otras veces en que un criminal muerto hace más de diez años nos hace recordar lo que hizo y por qué lo hizo, por una circunstancia inesperada.

El diario "Clarín" publicó hace unos días una entrevista con el coleccionista que compró el juego de té de Yiya Murano, José Argentino Perruccio, acompañada de una foto de la mayor parte del icónico juego de té, de seis piezas, utilizado en la trágica historia protagonizada por su dueña.

¿Cómo fue que unas cosas que la justicia penal ordinaria de Buenos Aires consideró "instrumentos del delito", se vendieron a un particular, ajeno a los hechos? Veamos. En la misma nota, el comprador, que se auto percibe como coleccionista de rarezas, contó que supo de la existencia del juego por un programa de televisión, al que estaba invitado Martín Murano, hijo único de María de las Mercedes Bolla Aponte de Murano. En su intervención, el hijo comentó que con anterioridad ya había regalado el juego a otra persona, que se lo devolvió. Dijo que estaba dispuesto a venderlo.

El comprador pudo reunirse con el hijo, para decirle que estaba interesado en comprar el juego. Seguramente hubo oferta, contraoferta y regateo, pero llegaron a un acuerdo. El juego fue adquirido por Perruccio, que pagó unos cuatro mil dólares por él, que le fue entregado. Todo esto pasó en diciembre del año 2025.

El juez penal, cuando dicta una sentencia condenatoria, está obligado a decidir el decomiso del producto del delito y también, de los instrumentos utilizados, que no son otros que los que el o los autores emplearon para cometerlo. Como luego recordaremos, eso fue lo que pasó con este inocente juego de té de los años cincuenta, de la marca Excelsior.

La dueña original del juego, la madre de Martín, estaba casada con Antonio Murano, que era abogado civilista y vivía en un departamento con ellos en la calle México, en Buenos Aires. Fue acusada de haber envenenado a tres mujeres, todas ellas mayores de edad, suministrándoles cianuro alcalino en gotas.

Esos hechos ocurrieron en distintas fechas y distintos lugares. El primero, en el que la víctima fue Lelia Formisano de Ayala, de cincuenta años entonces, habría sucedido aproximadamente el 14 de julio del año 1.978. El segundo, en el que la víctima fue Carmen del Giorgio de Venturini, sucedió el 11 de febrero del año 1.979. Ese día, la víctima se vistió para salir; cerró la puerta del departamento y se dirigió al ascensor, pero caminó dos pasos y cayó. El tercero, que le costó la vida a la señora Nilda Gamba, sucedió el 22 de febrero, también del año 1.979. Este caso fue descubierto por la policía, que debió ingresar a la vivienda, encontrando el cuerpo de la víctima en su habitación, boca abajo y el televisor encendido.

"Algunos criminales no sólo dejan víctimas: dejan objetos, huellas y preguntas".

Aponte de Murano conocía a las tres víctimas desde antes de los hechos. Era amiga íntima de la señora Ayala, con quien habían ido juntas de vacaciones ese mismo año a Mar del Plata, pues la víctima tenía allí un departamento. Más aun, ya antes habían viajado juntas a otros lugares de vacaciones. Era vecina de la señora Gamba, pues vivían en distintos pisos del mismo edificio, en México 1177, Buenos Aires. Y era prima de la señora de Venturini. Un dato adicional, pero no menos importante. Tanto Venturini como Gamba vivían solas y la primera tenía dos hijas mayores de edad. Ayala también vivía sola y tenía un hijo que trabajaba en la Prefectura Naval, en Zárate.

El portero del edificio de la señora Ayala fue quien dijo que la última vez que la vio con vida iba en compañía de una señora, que se llamaba Yiya y vivía en la calle México. La policía la encontró muerta sobre la alfombra del living del departamento.

Hubo otro portero, en este caso el del edificio donde vivía Gamba, fue quien relacionó a Yiya con su muerte, porque sabía que la noche anterior a descubrir su cadáver, habían cenado juntas, en el departamento de la primera.

Estos hechos sucedieron a finales de los setenta. Estábamos muy lejos de los progresos científicos de hoy en materia de toxicología. Así y todo, los diagnósticos primarios de las tres muertes -paro cardíaco no traumático- se revirtieron en las autopsias y en los estudios complementarios. En las vísceras de las tres víctimas se encontraron restos de cianuro alcalino. El cadáver de la señora Venturini tenía un fuerte olor a almendras amargas y la piel se había tornado rosa no pálido.

El cianuro es un veneno letal. Ingerido en gotas, llega al estómago, toma contacto con los jugos gástricos y libera al ácido cianhídrico, e impide que el oxígeno llegue a las células. La muerte sobreviene en poco tiempo y es precedida de fuertes dolores.

En dos de los tres casos, el móvil fue la codicia de la envenenadora, sobre quien el informe psiquiátrico dijo que tenía una personalidad polifacética, en la que se destacan tanto componentes histéricos, paranoides y perversos; era una persona fría e impulsiva, una psicópata seductora; su discurso estaba orientado a tergiversar y distorsionar los hechos. Tanto a Venturini como a Gamba les adeudada importantes sumas de dinero, que le habían prestado para que las invierta. Venturini prestó veinte millones de pesos de entonces; ella se lo contó a una de sus dos hijas. Antes del té fatal, ya le había reclamado con énfasis el pago de lo adeudado.

A Gamba también le debía una suma importante, no precisada. Si bien a las dos les firmó un pagaré, en garantía de pago, con una habilidad y frialdad destacables, supo cómo ingresar al interior de los departamentos y recobrar los documentos. Cuando los hijos de las víctimas, que sabían de los préstamos, fueron a buscarlos, ya no estaban.

En el caso Venturini, el portero del edificio dijo que la única persona que ingresó al departamento de la señora fue Yiya, cuando la dueña estaba en el hospital. Como explicación, le dijo que fue a buscar un frasco de remedios para ella y una receta, que se había olvidado en el interior.

Aponte de Murano negó dentro y fuera de la causa, todas las acusaciones. Aunque las evidencias eran las mismas, un hábil abogado defensor obtuvo su absolución en primera instancia. Durante esa etapa del proceso, la investigación no pudo determinar si la envenenadora tenía cómplices ni cómo y dónde obtuvo el veneno. En segunda instancia, fue condenada a prisión perpetua, por tres homicidios calificados y por las estafas paralelas.

Estuvo detenida entre el 27 de abril de 1.979 y el año 1.982, cuando fue absuelta y liberada. Entre esos años, su marido falleció. Fue nuevamente detenida en el año 1.985, pero recobró la libertad en el año 1.995 -es cuando las perpetuas no son perpetuas-. Murió internada en un geriátrico, con demencia senil, el 26 de abril del año 2.014.

Solo nuestra extraña atracción por la vida de los criminales puede explicar que Yiya fuera invitada a los principales programas de la televisión; que su vida fuera recreada en series y películas; y que el año pasado se estrenara "Yiya, el musical", en un teatro de Córdoba.

Además, alguien lucra con todo eso. Sabemos que el hijo de Yiya vendió el juego de té. No sabemos si vendió los derechos de series, etc. De su parte, publicó un libro titulado "Mi madre, Yiya", en el año 1.994.

Los instrumentos del delito deben ser decomisados y destruidos en todos los casos. Más en uno tan conocido como éste. No son ejemplo de nada ni para nadie. No deben estar en el comercio. No deben ser exhibidos como objetos exóticos. En nuestro Código Penal, hay un delito que aplica para empezar a ver qué pasó con todo esto que se llama Apología del Crimen -artículo 213-.

Casi siempre las víctimas tienen descendientes, otros parientes y amigos. No se merecen volver a ver algo como los objetos de los que nos ocupamos en esta nota. A eso se le llama revictimizar.

 

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