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La cultura occidental en caída libre

Martes, 03 de febrero de 2026 01:25
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Durante siglos, la cultura occidental fue sinónimo de excelencia. No por una supuesta superioridad moral, sino porque se impuso una exigencia: la búsqueda de la belleza, del sentido, de la complejidad y del esfuerzo intelectual. En la música, las artes, la literatura, la arquitectura, el cine o la moda, Occidente elevó estándares que marcaron a la humanidad entera. Hoy, sin embargo, asistimos a algo distinto: no a una evolución, sino a una caída libre. No a una ruptura creativa fecunda, sino a una degradación celebrada y, peor aún, defendida.

La música es quizás el síntoma más audible del problema. Escuchar a Beethoven (uno entre cientos de genios que forjaron la tradición musical occidental) no era solo una experiencia estética: era un ejercicio espiritual e intelectual. Piazzolla reinventó el tango sin destruirlo; lo tensó, lo elevó, lo universalizó. Un bolero de Luis Miguel podía resultar cursi para algunos, pero estaba sostenido por armonía, técnica y emoción real. Freddie Mercury convirtió el rock en una forma de ópera popular; Oasis, con virtudes y defectos, supo construir melodías que todavía resisten el paso del tiempo. Son apenas ejemplos entre una inmensa constelación de talentos que entendían la música como arte y no como producto descartable.

Hoy, buena parte del consumo musical juvenil se apoya en algo muy distinto. Figuras convertidas en fenómenos globales (Bad Bunny es solo uno entre muchos) no aportan ni armonía, ni poesía, ni complejidad. Letras pobres, repetición constante, ausencia de melodía y una estética basada casi exclusivamente en lo vulgar. No se trata de nostalgia ni de negar lo nuevo: se trata de admitir que llamar "arte" a cualquier cosa solo porque vende millones es una forma de renunciar al criterio. El ruido reemplazó a la música, y el algoritmo al talento.

En las artes plásticas ocurre algo similar. La historia del arte occidental es una búsqueda permanente de técnica, forma y significado. Desde un Velázquez (uno entre tantos maestros del Siglo de Oro) que pintaba no solo rostros sino psicologías, hasta un Tintoretto dominando la luz y el movimiento, o un Picasso que rompía la forma para reconstruirla con sentido. Incluso las vanguardias más rupturistas dialogaban con aquello que cuestionaban. El arte contemporáneo dominante, en cambio, parece haber declarado la guerra a la belleza. Líneas que no conducen a nada, objetos cotidianos elevados a "obra" y discursos teóricos interminables para justificar el vacío. Se nos pide no entender, no sentir placer, solo aceptar. Y si no nos gusta, el problema "nos dicen" es nuestro.

El deterioro estético se vuelve brutal cuando miramos el urbanismo.

Comparar un edificio público de principios del siglo XX con muchas construcciones actuales es una experiencia casi ofensiva para la vista. Donde antes había proporción, ornamento y vocación de permanencia, hoy hay cajas grises apiladas como piezas de Tetris. Se nos asegura que es funcional, moderno y eficiente. Tal vez. Pero también es feo, impersonal y sin alma. Las ciudades ya no buscan elevar al ciudadano: apenas lo almacenan.

La literatura, columna vertebral de la cultura occidental, tampoco se salva. Cervantes, Shakespeare, Borges o Tolstoi (citados aquí como símbolos entre innumerables gigantes) sobreviven casi exclusivamente en ámbitos académicos. La sociedad, en general, los ignora. Leer se volvió una rareza; pensar en profundidad, un lujo. El texto largo incomoda, la idea compleja molesta y el vocabulario amplio resulta sospechoso. Mejor, frases cortas; mejor, "contenido"; mejor, reels. La lectura no está muriendo por casualidad: está siendo reemplazada por la pereza intelectual.

La moda acompaña este descenso con entusiasmo. Basta ver fotografías de los años 30 o 40 para reconocer una elegancia basada en criterio, no en marcas. Hoy, en nombre de la autenticidad, se celebra el desorden, la desprolijidad y el mal gusto. Vestirse dejó de ser un acto estético para convertirse en una provocación sin gracia. No es libertad: es abandono.

Ni siquiera el cine, el gran arte narrativo del siglo XX, logra escapar. Casablanca, Danza con Lobos, África Mía o Corazón Valiente ejemplos entre muchas obras memorables, combinaban relato, música y mensaje. Dejaban huella. El cine comercial actual, en gran medida, se reduce a fórmulas repetidas, efectos especiales sin contenido y sagas interminables. Se sale del cine entretenido, pero vacío. Y al día siguiente, todo se olvida.

El sarcasmo final de esta historia es que, en este nuevo clima cultural, hasta Beethoven ha sido cuestionado. Sí, Beethoven: acusado de representar "lo malo de Occidente", de ser parte de una tradición opresora, elitista y excluyente. Como si la Novena Sinfonía fuera responsable de los pecados del mundo moderno. Así, mientras se demoniza a los genios del pasado, se canoniza la mediocridad presente. Nunca fue tan fácil cancelar a la excelencia y tan difícil defenderla sin ser acusado de reaccionario.

La cultura occidental no está siendo destruida por enemigos externos: se está autodemoliendo, avergonzada de sí misma. Ha cambiado la búsqueda de la belleza por la obsesión por no incomodar, el esfuerzo por la inmediatez, la grandeza por la banalidad. Tal vez aún quede tiempo para frenar la caída. Pero para eso habría que volver a decir algo hoy considerado peligroso: no todo vale lo mismo, no todo es arte y no toda novedad es progreso. Porque cuando una cultura deja de aspirar a lo alto, no se vuelve más inclusiva: simplemente se vuelve irrelevante.

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