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El fascismo, como la peste, no desaparece. Sólo queda latente

La fragmentación de la realidad, la degradación del debate público y el poder de los algoritmos están creando las condiciones para formas nuevas de autoritarismo.
Domingo, 15 de marzo de 2026 01:37
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Albert Camus escribió "La peste" —una alegoría sobre el fascismo— apenas terminada la Segunda Guerra Mundial. Y la cerró con una advertencia que estremece: "Esta crónica no puede ser el relato de una victoria definitiva. No puede ser más que el testimonio de lo que fue necesario hacer y que sin duda deberían seguir haciendo contra el terror y su arma infatigable, a pesar de sus desgarramientos personales, todos los hombres que, no pudiendo ser santos, se niegan a admitir las plagas y se esfuerzan, no obstante, en ser médicos". Hermoso –e inquietante– como todo lo escrito por Camus. Porque el fascismo –como el bacilo de la peste– nunca desaparece. Sólo queda latente.

Rob Riemen lo dijo con claridad en su ensayo "El eterno retorno del fascismo": "Albert Camus y Thomas Mann no fueron los únicos que, una vez terminada la guerra, comprendieron algo que todos estamos ansiosos por olvidar: el bacilo del fascismo permanece virulento en el cuerpo de la democracia de masas. Negar este hecho o llamarlo de otra manera no nos hará inmunes. Al contrario: si queremos combatirlo, debemos reconocer primero que ha vuelto a activarse en nuestro cuerpo social y llamarlo por su nombre".

Primo Levi –en el apéndice que agregó en 1976 a su libro imprescindible "Si esto es un hombre"– escribió algo igual de perturbador: "el fascismo estaba muy lejos de haber muerto. Sólo se había escondido. Había mutado de piel para presentarse con una apariencia nueva, menos reconocible, más respetable y mejor adaptada al mundo que surgió tras la catástrofe de la guerra". El peligro no desaparece. Sólo muta de forma.

Palabra avalancha

David Grossman, el escritor israelí más importante de nuestro tiempo dijo algo notable sobre la palabra "Genocidio". La llamó "palabra avalancha": una vez pronunciada no hace más que crecer y arrastrar consigo más destrucción y sufrimiento. Por eso hay palabras que deben usarse con cautela. No como insultos de ocasión ni como adjetivos fáciles en la polémica política cotidiana. "Fascismo" es otra palabra avalancha. Una que arrastra consigo un peso histórico difícil de contener.

Pero algo inquietante ocurre en los últimos años. La palabra —que muchos creían confinada al siglo XX- está regresando a nuestro vocabulario político. Peor aún: comienza a mostrarse cotidiana en nuestra vida pública.

Nos ciega, además, nuestra propia ceguera. Porque el fascismo no vuelve del mismo modo en que se fue. No reaparece con uniformes, marchas militares o partidos únicos. Pero persisten las condiciones que hacen posible su retorno. Y esas condiciones –morales, culturales y tecnológicas– se multiplican ante nuestros ojos.

El miedo como brújula

Tras la caída del Muro de Berlín, Francis Fukuyama declaró que la democracia liberal había triunfado. Que el modelo político basado en libertades individuales, instituciones representativas y economías abiertas estaba destinado a expandirse y consolidarse. Treinta años después, esa certeza suena fallida. Lejos de avanzar hacia una mayor claridad, nuestras sociedades han entrado en una zona de confusión creciente. Las certezas que estructuraban la vida pública se han debilitado y las palabras –democracia, libertad, verdad– han perdido sus contornos y significados.

Y en este clima de desorientación surge algo más profundo: la realidad como experiencia compartida comienza a resquebrajarse. No se trata de un fenómeno completamente nuevo; la política siempre convivió con la mentira. Pero todo cambió cuando apareció otra palabra avalancha que describe un fenómeno distinto: la Posverdad.

A comienzos de los años noventa, el escritor Steve Tesich observó que las democracias occidentales estaban desarrollando una extraña tolerancia hacia la mentira institucionalizada. "Hasta ahora todos los dictadores tuvieron que esforzarse para suprimir la verdad. Nosotros, en cambio, hemos adquirido un mecanismo espiritual que puede privarla de toda relevancia. Como pueblo libre, hemos decidido libremente vivir en un mundo de posverdad".

Durante años se creyó que esa advertencia era exagerada. Pero la experiencia reciente demuestra lo contrario. El fenómeno no se limita a la proliferación de noticias falsas o campañas de desinformación amplificadas por las redes sociales. Lo verdaderamente nuevo es otra cosa: la lenta aceptación de que la realidad puede disolverse en versiones privadas incompatibles; que millones de personas habitan universos informativos distintos. Las mismas evidencias producen interpretaciones opuestas. Los mismos hechos son leídos como conspiración o como tragedia. La brújula común se ha roto.

Y lo que comenzó como una consecuencia indeseada de la vida digital terminó revelándose como algo más inquietante; como arquitectura de poder.

La fragmentación de la realidad

Asistimos a la formación de una nueva alianza entre autoritarismo político y poder tecnológico.

Los líderes populistas descubrieron que la confusión informativa es una herramienta política extraordinaria. Y los emperadores digitales comprendieron que la fragmentación de la realidad no es un problema para sus negocios sino un incentivo. Para ambos existe una rentabilidad en el caos. De allí su alianza.

Las plataformas digitales y los algoritmos no buscan acercarnos a la verdad. En función de nuestras preferencias, miedos y emociones más profundas nos muestran una versión personalizada del mundo. Lo que antes era una esfera pública compartida se ha fragmentado en millones de burbujas informativas aisladas y diferentes. El ágora se rompe. La experiencia cívica se astilla. Y, cuando cada ciudadano vive dentro de una realidad distinta, las señales que nos enviamos entre nosotros pierden significado. La conversación pública se vuelve imposible.

Jean-François Lyotard anunció hace décadas el fin de los grandes relatos que estructuraban la modernidad. En su lugar surgirían múltiples narrativas locales; predijo. Tuvo razón, aunque no imaginó el cómo. Los pequeños relatos existen. Pero ya no los contamos nosotros: lo hacen los algoritmos. Las redes sociales se han convertido en narradores invisibles que narran una versión distinta del mundo a cada individuo. Y lo hacen explotando lo que Baruch Spinoza llamó las emociones tristes: miedo, resentimiento, rabia. Emociones que capturan nuestra atención y que fragmentan la sociedad. Y el fascismo prospera en sociedades fracturadas emocionalmente.

El ensayista neerlandés Rob Riemen recuerda que el fascismo no surge únicamente de crisis económicas o conflictos políticos. Surge también del vacío espiritual de sociedades que han perdido sus referentes morales. Cuando la vida pública se reduce sólo a la competencia por el éxito, el prestigio y la visibilidad, algo esencial se vacía en el interior de los individuos. Vacío que se llena con resentimiento.

La filósofa eslovena Renata Salecl describe un fenómeno similar al observar la degradación de las normas sociales. Durante décadas, las sociedades occidentales cultivaron una cultura de cortesía y respeto mutuo. Hoy, en cambio, la agresividad es un recurso habitual en el debate público y los insultos se han instalado en los parlamentos. La humillación se celebra como espectáculo. Y el éxito empresarial suele premiar la ausencia de empatía. La brutalidad simbólica se normaliza. Y con ella, la deshumanización. La libertad se reduce al egoísmo.

Pero ninguna democracia puede sostenerse sobre individuos que persiguen sólo sus propios intereses. Se necesita un sentido compartido de responsabilidad hacia los demás. Sin este sentido, las democracias se vacían por dentro. Implosionan.

A todo esto se suma una nueva arquitectura tecnológica del poder. Durante siglos el poder político se ejercía a través de instituciones visibles: el Estado, la policía, el ejército. Hoy el poder se ejerce a través de supraestructuras digitales invisibles.

La economista Shoshana Zuboff describe este sistema como capitalismo de vigilancia: un modelo económico que transforma nuestra vida cotidiana en materia prima para la extracción de datos. Cada búsqueda, cada desplazamiento, cada interacción digital produce información que puede ser utilizada para predecir –y modificar– comportamientos. La tecnología deja de ser neutral. Se convierte en arquitectura de poder.

Y cuando se combinan estas tendencias –la fragmentación de la realidad, la degradación ética del debate público y la concentración tecnológica del poder– aparece un terreno fértil para formas nuevas de autoritarismo. Tecnocracias nacidas dentro de democracias.

No se trata de un retorno mecánico al fascismo clásico. Las formas históricas cambiaron. Lo que regresa es una lógica política más profunda: la que prospera cuando los ciudadanos están desorientados, cuando las instituciones pierden legitimidad, propósito y sentido; y cuando la verdad se volvió irrelevante.

Ninguna sociedad está vacunada contra la deriva autoritaria. El fascismo del siglo XXI no necesita destruir la democracia desde fuera. Puede crecer dentro de ella, alimentándose de sus fracturas internas.

El desafío de nuestro tiempo es, en última instancia, moral. Recuperar la confianza en la verdad como brújula, el diálogo como conducta ética y la responsabilidad hacia los demás como deber social no es un lujo intelectual. Es una condición de supervivencia. Nuestra civilización depende de nuestra capacidad de recuperar nuestro humanismo. Y el fascismo –el bacilo del que hablaba Camus– siempre espera el momento en que dejemos de intentarlo.

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