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El círculo que nadie quiere ver

Martes, 24 de marzo de 2026 01:27
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Cada tanto, como si se tratara de una revelación reciente, vuelve a instalarse en la agenda pública la preocupación por la calidad educativa. Se habla de evaluaciones, de controles, de exigencias más altas en la formación docente. Se anuncian reformas, nuevas métricas, sistemas de validación. Y, sin embargo, el problema persiste, intacto, como una herida que se tapa sin curarse. Tal vez porque seguimos mirando el síntoma y no el círculo completo.

Porque de eso se trata: de un círculo. Uno que empieza mucho antes de los institutos de formación docente y que, si no se lo interrumpe en su origen, está condenado a repetirse.

En las aulas del nivel secundario - y, en muchos casos, incluso antes - se gestan las primeras fisuras. Estudiantes que avanzan de año sin comprender operaciones matemáticas básicas, sin poder interpretar un texto con profundidad, con serias dificultades en gramática y ortografía. No se trata de casos aislados: es un fenómeno cada vez más extendido, naturalizado, incluso tolerado por un sistema que parece haber resignado la exigencia en nombre de la inclusión mal entendida.

Esos mismos estudiantes, con esas mismas debilidades, son luego quienes ingresan a los Institutos de Formación Docente o a carreras de grado. Llegan con vacíos estructurales que no se resuelven con más exigencia en la etapa final, porque la base ya está comprometida. Se les pide que enseñen lo que nunca terminaron de aprender. Se les exige excelencia sobre cimientos frágiles.

Entonces aparece la respuesta institucional: elevar la vara en los institutos. Más evaluaciones, más controles, más requisitos. Pero la pregunta es inevitable: ¿puede una exigencia tardía corregir años de formación deficiente? ¿Puede el último eslabón de la cadena reparar lo que se debilitó desde el principio?

La respuesta, aunque incómoda, parece evidente.

Porque esos futuros docentes, aun atravesando mayores filtros, logran egresar. Y lo hacen, muchas veces, arrastrando esas mismas falencias con las que ingresaron. No por falta de voluntad, sino porque el sistema nunca les ofreció las herramientas necesarias en el momento oportuno. Así, llegan a las aulas convertidos en docentes que, sin quererlo, replican errores, simplifican contenidos, transmiten inseguridades.

Y entonces el círculo se cierra.

Los alumnos que hoy reciben esa enseñanza serán los estudiantes de mañana. Algunos de ellos volverán a ingresar a institutos de formación docente con las mismas dificultades. Y el ciclo, silencioso pero persistente, volverá a empezar.

No se trata de señalar culpables individuales. Ni a los docentes, ni a los estudiantes, ni a las instituciones. Se trata de comprender que el problema es sistémico, y que como tal requiere una mirada integral. De nada sirve endurecer un tramo del recorrido si los anteriores siguen debilitándose.

Si realmente se busca transformar la educación, la intervención debe comenzar en la base. En las aulas donde se aprende a leer comprendiendo, a escribir con claridad, a razonar con lógica. Donde el error no se oculta ni se arrastra, sino que se trabaja, se corrige y se supera. Donde la exigencia no es un castigo, sino una forma de respeto hacia el aprendizaje.

Elevar la calidad docente es un objetivo imprescindible. Pero pretender lograrlo exclusivamente desde los institutos de formación es, en el mejor de los casos, ingenuo; en el peor, una forma de postergar el problema.

Porque ningún sistema educativo puede ser más fuerte que su punto de partida.

Romper el círculo implica asumir que la educación no se arregla desde el final del camino, sino desde su inicio. Implica dejar de pensar en soluciones aisladas y comenzar a construir coherencia a lo largo de todo el trayecto educativo. De lo contrario, seguiremos girando en la misma rueda, sorprendidos por resultados que, en realidad, hace tiempo venimos construyendo.

 

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