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La construcción histórica de un Estado previsible

Miércoles, 25 de marzo de 2026 01:03
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La discusión sobre la reforma del Estado argentino volvió al centro de la agenda pública. El diagnóstico es compartido por amplios sectores: el aparato estatal arrastra ineficiencias, superposición de funciones, burocracia excesiva y un déficit fiscal crónico que condiciona cualquier estrategia de desarrollo. Sin embargo, el modo de encarar esa reforma es motivo de debate. Mientras algunos impulsan procesos de ajuste acelerado, popularizados bajo la metáfora de la "motosierra", la experiencia internacional muestra que los países con mejores resultados institucionales han seguido caminos más complejos, graduales y equilibrados. En ese sentido, el caso de Suiza ofrece una referencia útil para reflexionar sobre qué tipo de modernización necesita realmente la administración pública argentina.

Suiza figura de manera constante entre los países con mayor calidad institucional del mundo. Los indicadores globales de gobernanza la ubican en posiciones de liderazgo en materia de efectividad gubernamental, control de la corrupción, calidad regulatoria y Estado de derecho. En el índice de percepción de la corrupción, por ejemplo, se mantiene en los primeros puestos globales, mientras que en América del Sur los países mejor posicionados como Uruguay y Chile, aún se encuentran varios escalones por debajo. Argentina, en cambio, ocupa lugares intermedios, evidenciando una persistente brecha institucional respecto de los estándares más altos.

Este desempeño suizo no se explica únicamente por su nivel de ingresos o su tamaño. Responde, sobre todo, a la construcción histórica de un Estado previsible, profesional y descentralizado. Allí, el federalismo no es una formalidad constitucional sino una práctica real: cantones y municipios tienen competencias claras, recursos propios y responsabilidades definidas. Las decisiones públicas se toman lo más cerca posible del ciudadano, lo que favorece la eficiencia administrativa y fortalece el control social.

Otro rasgo distintivo es la profesionalización del servicio civil. La administración pública suiza no depende exclusivamente de los ciclos políticos. La estabilidad de los cuadros técnicos, la formación continua y la evaluación de desempeño permiten sostener políticas de largo plazo. La eficiencia estatal no surge de reducir el Estado a su mínima expresión, sino de hacerlo funcionar mejor.

Esta perspectiva resulta especialmente relevante al analizar las reformas impulsadas recientemente en Argentina. El enfoque de reducción del gasto público mediante la eliminación de organismos descentralizados, áreas consideradas duplicadas y la desvinculación de personal responde a un problema real: el déficit fiscal y el crecimiento desordenado de estructuras administrativas. Era evidente la necesidad de simplificar trámites, digitalizar procesos y revisar contrataciones que no siempre respondían a criterios de mérito o necesidad institucional.

Sin embargo, la metáfora de la "motosierra" revela también los riesgos de una modernización entendida exclusivamente como recorte. La velocidad de las medidas y la ausencia de un plan integral de transición generaron tensiones en diversos sectores. La suspensión o reducción de programas sociales, científicos o culturales (como los vinculados al financiamiento de proyectos de investigación o al sostenimiento de servicios territoriales) fue interpretada por muchos como un debilitamiento del rol estatal en áreas sensibles. En algunos casos, el impacto en la prestación de servicios indispensables provocó polémicas públicas y movilizaciones.

El problema no radica en reconocer la necesidad de ordenar las cuentas públicas, sino en cómo hacerlo. La experiencia comparada muestra que los procesos exitosos de reforma administrativa combinan racionalización del gasto con inversión en capital humano. Reducir estructuras sin ofrecer mecanismos de capacitación, reconversión laboral o fortalecimiento institucional puede generar un Estado más pequeño, pero no necesariamente más eficiente.

Suiza ilustra este punto con claridad. Allí, las reformas del sector público han sido graduales, basadas en consensos políticos amplios y acompañadas por estrategias de profesionalización. La reorganización administrativa no implicó simplemente eliminar dependencias, sino redefinir funciones, mejorar la coordinación interinstitucional y potenciar el uso de tecnología. La eficiencia se construyó sobre la base de la confianza social, la estabilidad normativa y la continuidad de políticas públicas.

Argentina enfrenta un desafío distinto pero comparable en términos de complejidad. El debate sobre el tamaño del Estado suele simplificar una cuestión más profunda: lo decisivo no es cuánto gasta el sector público, sino cómo y con qué resultados. Un Estado sobredimensionado puede obstaculizar el desarrollo, pero un Estado debilitado también puede ser incapaz de garantizar derechos básicos, promover inversión o sostener la cohesión social.

Por eso, la modernización administrativa debería concebirse como una política de Estado y no como una respuesta coyuntural. El objetivo no debería ser solo reducir el déficit, sino construir instituciones capaces de generar previsibilidad y confianza. Esto implica fortalecer el federalismo operativo, profesionalizar la burocracia, transparentar la gestión y promover la participación ciudadana en el control de las políticas públicas.

El modelo suizo no puede ser trasladado mecánicamente a la realidad argentina. Las diferencias históricas, culturales y económicas son evidentes. Pero sí ofrece una enseñanza fundamental: la calidad institucional no se logra mediante golpes de efecto ni reformas abruptas, sino a través de procesos sostenidos en el tiempo, basados en reglas claras y consensos duraderos.

La discusión sobre la "motosierra" pone en evidencia la tensión entre dos visiones del Estado: una que lo concibe como un problema a reducir y otra que lo entiende como una herramienta a mejorar. Tal vez el verdadero desafío argentino consista en superar esa dicotomía. No se trata de elegir entre ajuste o eficiencia, sino de construir un Estado moderno que sea al mismo tiempo sostenible en lo fiscal y eficaz en lo social. Aprender del caso suizo implica reconocer que la reforma administrativa es una tarea estratégica, no un simple ejercicio contable. La modernización del Estado argentino requerirá decisiones firmes, pero también equilibrio, planificación y capacidad de diálogo. Solo así será posible transformar la estructura pública sin erosionar las bases institucionales sobre las que se sostiene el desarrollo.

 

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