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Un mundo que olvida dónde comenzó

Domingo, 29 de marzo de 2026 01:36

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Cada época imagina el mundo a su manera. A veces como imperio, otras como red, otras como sistema de alianzas. Durante buena parte de las últimas décadas creímos vivir en un planeta cada vez más integrado: cadenas de valor globales, mercados interdependientes y organizaciones internacionales capaces - al menos en teoría - de moderar las rivalidades entre las grandes potencias.

Ese relato, que acompañó el auge de la globalización tras el final de la Guerra Fría, comienza hoy a resquebrajarse. En su lugar, reaparece un lenguaje que parece pertenecer a otra era. Un lenguaje que creíamos archivado en los manuales de historia diplomática: el de las esferas de influencia.

La expresión tiene resonancias muy precisas en la historia política. Fue el vocabulario de los imperios del siglo XIX y de la política de poder que dominó buena parte del siglo XX. Un mundo organizado en áreas de control regional donde las grandes potencias delimitaban territorios de influencia política, militar y económica.

Durante décadas ese esquema pareció superado por el orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial; reapareció parcialmente durante la Guerra Fría y terminó de diluirse tras la caída del Muro de Berlín. Desde ese momento, las instituciones multilaterales, el derecho internacional y la expansión del comercio global prometían un sistema menos dominado por la lógica territorial de los imperios.

Pero la historia rara vez avanza en línea recta.

Un nuevo orden mundial

En una entrevista reciente publicada en La Nación, el filósofo y sinólogo francés Jean-Yves Heurtebise sugiere que el concepto de esferas de influencia vuelve a instalarse en el debate estratégico contemporáneo: "América para Estados Unidos, Europa para Rusia y Asia para China".

La fórmula es deliberadamente simplificadora, pero refleja una intuición cada vez más extendida entre analistas internacionales: el mundo parece alejarse de la ilusión de un orden global único para entrar en una fase de fragmentación estratégica, en la que varias potencias buscan asegurar espacios regionales relativamente cerrados.

Algo en la arquitectura del sistema internacional está cambiando. La globalización no desaparece. Se transforma.

Las cadenas de valor siguen atravesando continentes, pero se vuelven cada vez más vulnerables a las tensiones políticas crecientes. Las economías permanecen profundamente conectadas, mientras los Estados intentan proteger sectores estratégicos. Las alianzas internacionales continúan existiendo, pero se vuelven más frágiles. El resultado es un sistema internacional que no parece dirigirse hacia un nuevo orden universal claramente definido, pero que tampoco se encamina hacia un caos absoluto. Más bien se mueve hacia una zona intermedia, una donde una interdependencia global forzada convive con rivalidades estratégicas cada vez más intensas.

Un equilibrio inestable

Según Heurtebise, el planeta podría estar entrando en una neo-feudalización geopolítica, donde las grandes potencias necesitan capturar recursos y lealtades regionales para sostener su propio equilibrio interno en crisis. Aparece una nueva forma de vasallaje: no entre señores feudales y pobladores, sino entre potencias y Estados.En lugar de imperios, surge un sistema de dominios regionales y de relaciones de dependencia más o menos explícitas.

Rusia intenta reconstruir su influencia en el espacio postsoviético. China proyecta su poder en Asia oriental y a través de sus redes comerciales globales. Estados Unidos procura preservar su primacía en el continente americano y en los grandes corredores estratégicos del planeta. Mientras tanto, Europa vuelve a encontrarse atrapada en un espacio de disputa entre grandes potencias; una situación que recuerda episodios recurrentes de su propia historia.

Sin embargo, incluso este nuevo lenguaje geopolítico tiene límites evidentes.

El planeta contemporáneo es demasiado interdependiente para dividirse tan fácilmente en tres grandes dominios regionales. Las rutas comerciales cruzan océanos. Las redes tecnológicas conectan economías distantes. Las crisis financieras y climáticas atraviesan fronteras sin demasiados obstáculos. Incluso las potencias rivales dependen unas de otras en múltiples dimensiones.

Quizás por eso el concepto de esferas de influencia describe menos un nuevo orden estable que un momento de transición histórica.Un momento inestable.

Un continente olvidado

Sin embargo, lo más interesante del regreso del lenguaje de las esferas de influencia no es sólo lo que dice sobre el presente.Es también lo que revela sobre nuestra memoria histórica. Porque cuando uno observa ese nuevo mapa implícito del poder mundial aparecen dos paradojas reveladoras.

La primera es la ausencia de África.

En la mayoría de los análisis estratégicos contemporáneos, el continente africano aparece apenas como un espacio de competencia secundaria entre potencias externas. China financia infraestructura.

Europa intenta contener los flujos migratorios y asegurarse el acceso a recursos estratégicos. Estados Unidos mantiene presencia militar selectiva. Rusia amplía su influencia mediante acuerdos de seguridad. Pero África rara vez aparece como centro estructurante del orden mundial.

Esta invisibilidad resulta sorprendente si se adopta una perspectiva histórica más amplia.Porque África no es simplemente otro continente del planeta. Es el lugar donde comenzó la aventura humana.

Hace aproximadamente doscientos mil años, en algún punto del África oriental, apareció el Homo sapiens. Desde allí partieron las migraciones que, a lo largo de decenas de milenios, poblaron Eurasia, Oceanía y finalmente América. Cada lengua hablada hoy en el planeta, cada tradición cultural, cada civilización conocida es, en última instancia, una derivación de aquel movimiento inicial. En un sentido profundo —biológico y antropológico— todos los seres humanos compartimos un mismo punto de partida. Todos compartimos un mismo antepasado común. Africano.

Pero el mapa del poder contemporáneo parece olvidar ese origen.Las discusiones estratégicas hablan de rutas comerciales, minerales críticos, corredores marítimos y tecnologías emergentes. Se analizan alianzas militares y sistemas de defensa. Se discute la competencia entre Washington, Pekín y Moscú. Pero el continente donde surgió nuestra especie, en cambio, aparece relegado a los márgenes de esas conversaciones.

La humanidad debate su futuro sin mirar siquiera el lugar donde comenzó su historia.

La cuna en guerra

La segunda paradoja es aún más inquietante.

Si el origen biológico de nuestra especie se encuentra en África, el origen de la civilización urbana se sitúa en otro punto del mapa: la antigua Mesopotamia, en la llanura fértil formada por los ríos Tigris y Éufrates.

Allí surgieron hace más de cinco mil años algunas de las primeras ciudades del mundo. Apareció la escritura cuneiforme que permitió registrar transacciones comerciales, leyes y relatos históricos. En ese paisaje fluvial se desarrollaron sistemas administrativos complejos, códigos legales y formas tempranas de organización política. Durante siglos, esa región fue uno de los centros intelectuales y culturales más dinámicos del planeta. Allí se desarrollaron matemáticas, astronomía, sistemas jurídicos y formas tempranas de organización estatal que influirían en civilizaciones posteriores. Las tablillas de arcilla de Sumer y Babilonia constituyen uno de los primeros testimonios de sociedades capaces de pensar y organizar su propia vida colectiva mediante instituciones.La historia de la civilización escrita comienza, en gran medida, en ese paisaje fluvial.

Y sin embargo, ese mismo territorio forma hoy parte de una de las regiones más convulsas del planeta.Irak, Siria, Irán y los territorios circundantes se han convertido en escenario de guerras recurrentes, intervenciones militares, rivalidades regionales y conflictos indirectos entre potencias.

El lugar donde surgieron algunas de las primeras ciudades humanas vive hoy atrapado en una inestabilidad casi permanente.Hoy en guerra.

Una amnesia civilizatoria

Esta doble paradoja - el olvido del continente donde surgió nuestra especie y la inestabilidad de la región donde nacieron algunas de las primeras civilizaciones - debería invitarnos a pensar el futuro con una perspectiva más amplia.

Porque detrás del nuevo lenguaje geopolítico parece emerger algo más profundo que una simple rivalidad entre potencias.Lo que aparece es una forma de amnesia civilizatoria.

Las grandes potencias intentan redefinir su lugar en un planeta marcado por tensiones demográficas, límites ecológicos, transformaciones tecnológicas y crecientes desigualdades. Redibujan mapas estratégicos, disputan corredores comerciales y compiten por recursos minerales y energéticos.Pero en ese proceso el mundo parece olvidar los lugares donde comenzó su historia.

Los mapas del poder cambian con los siglos. Los imperios aparecen y desaparecen. Las fronteras se desplazan y las alianzas se transforman.Sin embargo, los lugares donde comenzó la historia humana permanecen.

Recordarlo no es un ejercicio de nostalgia histórica.Es una forma de recuperar perspectiva.Porque un mundo que elige olvidar dónde comenzó difícilmente sepa hacia dónde va.

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