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4 de Marzo,  Salta, Centro, Argentina
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Un espectáculo que desnudó al país

Miércoles, 04 de marzo de 2026 01:29
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La apertura de sesiones en el Congreso es, por definición, el momento más presidencial del año. No es un acto partidario ni un debate parlamentario, es el espacio donde caben la rendición de cuentas y la presentación formal de la agenda de gobierno. Por eso, lo esperable, y lo que como argentinos deberíamos exigir, votemos a quien votemos, incluso aunque no votemos o nos declaremos indiferentes, es una conducta común mínima, un estándar compartido.

Ese estándar suele apoyarse en cuatro pilares.

* Institucionalidad: tono sobrio, registro de Estado, lenguaje que incluya a la Nación y no solo a una facción.

* Un balance verificable: logros y problemas presentados con métricas, contexto y explicación de por qué se hizo lo que se hizo.

* Una agenda legislativa clara: proyectos concretos, prioridades, plazos y pedidos explícitos al Congreso.

* Gestión del disenso: marcar diferencias sin degradar al adversario, separando a la oposición, legítima, necesaria, del "enemigo", figura que clausura cualquier conversación democrática.

El domingo predominó otra cosa: un acto de campaña dentro del recinto. Se notó en el alto voltaje simbólico, en la polarización, en identidades en choque y en el clima de tribuna. El presidente ejerció un rol híbrido; fue presidente cuando enumeró logros y trazó líneas de reforma, y fue candidato cuando eligió un tono de combate, de identidad propia, más orientado a cohesionar a los suyos que a conducir a todos.

Pero lo más importante es lo que estuvo ausente: el respeto. Y aquí vale decirlo con claridad, sin indulgencias selectivas. No hubo respeto ni desde la presidencia ni desde parte de la oposición. Por un lado, el presidente activó la lógica de campaña: "nosotros versus ellos", "mi gobierno versus la casta", el pasado como enemigo simbólico y la descalificación como método. Por el otro, la oposición, o una parte de ella, degradó también el acto y el recinto con interrupciones, consignas, carteles provocadores y alusiones agraviantes que hieren el respeto a la investidura presidencial, y con ello al lugar institucional que representa al conjunto de los argentinos.

Además, la oposición cometió un error estratégico: se prestó al show. En una escena así, el que tiene el micrófono abierto y el control del tiempo suele ganar el marco. Las interrupciones funcionaron como combustible para el relato presidencial. Y el oficialismo, a su vez, abusó de esa ventaja, respondió elevando la confrontación, como si se tratara de un ring, no de la apertura institucional del año.

Ahora bien, para ser justos, también conviene reconocer algunos elementos que balancean la escena. El presidente ocupó el espacio institucional para rendir cuentas y reafirmar un rumbo; puede discutirse el tono, pero no es menor que haya asumido el ritual anual de explicar y sostener públicamente que su gobierno tiene resultados. Esa coherencia, compartida o no, suele ser valorada en un país habituado al zigzag. Incluso la oposición, aunque eligió un formato impropio para el momento, mostró su voluntad de control político e intentó instalar temas en agenda, función legítima en cualquier democracia. El problema, entonces, no es que exista conflicto, sino que el conflicto se administró como tribuna y no como institución.

"La apertura de sesiones expuso la grieta sin filtros: más tribuna que institución, menos respeto que república".

En términos electorales, es probable que esta dinámica le rinda a Milei en su carrera hacia la reelección. Es el tipo de campaña que eligió y que, hasta ahora, le viene dando resultados. En Argentina y en buena parte de América Latina existe un hartazgo con "la política" entendida como corporación, y para el ciudadano común no hay significante más potente de esa corporación que el Congreso lleno de políticos. En ese marco emocional, el riesgo es que no se premie la institucionalidad sino la pelea; que no se pida respeto, sino que se celebre el golpe de efecto; y que la indignación se organice más por identidad partidaria que por defensa de la institución.

Las consecuencias, al menos, son tres.

* Se reduce la capacidad de arbitraje. El presidente deja de ser conductor de la escena nacional y se consolida como jefe de facción.

* Se desgasta la relación con el Congreso, porque cada ley se transforma en un plebiscito identitario, una batalla cultural más que una negociación democrática.

* Crece el riesgo de una espiral de gritos y provocaciones que degrada el recinto y lo convierte en teatralización crónica.

El domingo fuimos testigos de una "auto consagración de cumplimiento", el anuncio de una segunda ola reformista con promesa de continuidad y profundización, la polarización como tecnología de gobierno, la internacionalización identitaria con guiños hacia Estados Unidos, y una escena de conflicto que se retroalimentó entre interrupciones y respuestas en caliente.

Y, sin embargo, hay un dato final que no conviene ignorar, la sesión mostró, sin maquillaje, el conflicto real del país. No inventó la grieta; la exhibió. En ese espejo quizá haya una oportunidad para que la sociedad exija un estándar más alto, que el oficialismo entienda que gobernar no es solo ganar marcos, y que la oposición aprenda que resistir no es hacer de sparring. Porque si naturalizamos que el momento más presidencial del año se parezca cada vez más a un mitin, ¿qué nos queda para la república cuando de verdad necesitemos hablar, negociar y acordar en serio?

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