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La tragedia se repite con una coincidencia estremecedora: Natalia Cruz estuvo presente en la escena donde mataron a su hermanastra en 2017 y hoy terminó siendo otra víctima fatal.
En menos de nueve años, una misma familia de Campo Quijano volvió a quedar destruida por la violencia de género. El destino, o una cruel coincidencia, golpeó dos veces el mismo hogar y dejó a una madre sumida en un dolor imposible de explicar.
Irene Martínez carga hoy con una tragedia que parece repetirse como una herida abierta: perdió a dos hijas en hechos separados, pero unidos por la misma violencia. Primero fue Amira Albana Vázquez, de 17 años, asesinada en diciembre de 2017 en el baño precario de las canchas del barrio San Jorge, en un caso que la Justicia investigó como femicidio seguido de suicidio. Ahora, casi nueve años después, la víctima fue Natalia Cruz, su otra hija, asesinada brutalmente por su pareja.
La historia adquiere un tinte aún más desgarrador por una coincidencia imposible de ignorar: aquella mañana de 2017, cuando vecinos y familiares llegaron desesperados al lugar donde habían hallado el cuerpo de Amira, Natalia estaba allí. Fue testigo directa del dolor, del llanto y del horror que sacudió a su familia. Años después, ella misma terminaría siendo víctima de una violencia similar.
Dos matrimonios distintos, una familia ensamblada y un mismo final marcado por la tragedia. Don Vázquez también arrastra su propio sufrimiento: la adolescente asesinada en 2017 era su hija, mientras que Natalia, hoy fallecida, era su hijastra. Ambos quedaron unidos por una pérdida que los partió para siempre.
Vecinos del barrio San Jorge recuerdan que Irene intentó reconstruir su vida tras aquella primera tragedia. Formó una nueva familia, siguió adelante por sus hijos y buscó dejar atrás el horror. Pero la violencia volvió a irrumpir, repitiendo una historia que nadie imaginó volver a vivir.
Un pedido de ayuda que terminó en horror
Según reconstruyeron familiares, todo comenzó cerca del mediodía del martes, cuando Natalia llamó a su hermana Belén para pedirle que le comprara una pastilla porque sufría un fuerte dolor de cabeza.
Cuando Belén llegó al domicilio nadie respondió. Intentó comunicarse reiteradas veces sin éxito y regresó a su casa, pero la preocupación creció. Horas más tarde volvió al lugar y allí se encontró con Serapio, visiblemente alterado.
De acuerdo al testimonio familiar, el hombre le dijo: “No sé dónde está esa, capaz que se fue por ahí”. La situación generó alarma inmediata. Belén avisó a otra hermana y ambas regresaron a la vivienda. En ese momento, Serapio salió del inmueble, se cruzó con ellas, gritó algunas palabras y se retiró rápidamente en su vehículo.
Ante el nerviosismo y la falta de respuesta de Natalia, las hermanas se comunicaron con su madre, Irene Martínez, mientras intentaban pedir ayuda médica y policial.
El hallazgo y la desesperada carrera al hospital
Sin poder ingresar por el frente, las mujeres lograron entrar por la parte trasera de la casa. Allí encontraron a Natalia tendida al costado de la cama, con un cable alrededor del cuello y casi sin signos vitales.
La familia pidió una ambulancia, pero ante la demora decidieron trasladarla por sus propios medios. Según el relato de los allegados, durante el trayecto una de las hermanas, enfermera, le practicó maniobras de reanimación cardiopulmonar dentro del vehículo.
Sin embargo, en medio del tránsito, a la altura de la plaza local, la joven falleció. Ingresó sin vida al hospital Francisco Herrera.
Una perimetral que había vencido
Familiares señalaron que Natalia había solicitado reiteradamente la renovación de una medida de restricción perimetral contra Serapio. Según indicaron, una vez vencida la medida el hombre retomó las visitas al domicilio con la excusa de retirar a los hijos que ambos tenían en común.
La investigación también señala que, minutos después del hecho, el acusado habría llamado a su madre y le dijo: “Mamá, me mandé una cagada, cuidá a los chicos”, antes de darse a la fuga.
“Mamá, me mandé una cagada, cuidá a los chicos”
Según consta en actuaciones policiales, el principal acusado Orlando Serapio, habría llamado a su madre minutos después del hecho para confesar lo sucedido antes de darse a la fuga.
De acuerdo con la investigación, la mujer, madre del acusado, manifestó que recibió una llamada telefónica a las 16:20 de este martes, en la que su hijo le habría gritado: “Mamá, me mandé una cagada, cuidá a los chicos”, para luego cortar la comunicación.