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Cuando la guillotina fue utilizada por primera vez durante la Revolución Francesa no solo cayó una cabeza. Cayó un orden. Aquel instrumento, presentado como racional, eficaz e igualitario, inauguró una nueva forma de ejercer el poder político: rápida, ejemplificadora y definitiva. Siglos después, la captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses produce un efecto comparable. No por el método, sino por el mensaje. Venezuela se convierte en el escenario donde la decapitación vuelve a operar como símbolo fundacional de una etapa histórica.
Lo ocurrido en Caracas no debe leerse únicamente como el final de un liderazgo autoritario ni como el desenlace de una crisis nacional prolongada. Es, sobre todo, la aplicación abierta de una lógica que hasta ahora se había reservado a organizaciones insurgentes o terroristas: remover el vértice del poder para forzar la reconfiguración del sistema. Sin invasión clásica, sin ocupación prolongada, sin administración directa del territorio. La decapitación como atajo estratégico.
La operación fue cualquier cosa menos improvisada. Durante años, sanciones económicas, aislamiento financiero, presión judicial, control de flujos energéticos y una narrativa internacional persistente erosionaron al régimen venezolano. Cuando el golpe llegó, fue quirúrgico. El liderazgo fue separado del cuerpo político que lo sostenía, bajo la premisa de que su ausencia desencadenará una reorganización inevitable del poder. Como en 1789, el acto es tan político como performativo.
Este encadenamiento de herramientas revela con claridad el marco en el que debe leerse el episodio: la guerra híbrida. Venezuela no fue intervenida únicamente por la vía militar, sino mediante la combinación progresiva de instrumentos financieros, legales, diplomáticos, comunicacionales y, finalmente, coercitivos. En este tipo de conflicto, el enfrentamiento comienza mucho antes del primer disparo y continúa después de la captura del adversario, desplazándose hacia el terreno de la legitimidad, la gobernabilidad y el control del relato.
Pero la historia también enseña que decapitar no equivale a estabilizar. La guillotina aceleró la caída del Antiguo Régimen, pero no evitó el Terror ni el caos posterior. En Venezuela, la desaparición del mando central no elimina automáticamente las estructuras que se adaptaron durante años a la escasez, las sanciones y la informalidad. Redes militares, económicas y criminales sobreviven al líder y conservan incentivos propios. El verdadero desafío comienza después del acto inaugural.
Aquí es donde la lógica de la guerra híbrida muestra su límite más delicado. La victoria táctica puede coexistir con una incertidumbre estratégica prolongada si la decapitación no va acompañada de una recomposición efectiva del orden político. En escenarios híbridos, el vacío de poder no se llena solo: se disputa. Y esa disputa rara vez es limpia, rápida o previsible.
El contexto internacional refuerza esta lectura. Para Estados Unidos, la operación envía una señal clara sobre la vigencia de su perímetro estratégico en el Caribe y el norte de Sudamérica, y sobre la centralidad de los recursos energéticos en un mundo atravesado por la transición energética y la incertidumbre geopolítica. También expresa una preferencia creciente por acciones rápidas, asimétricas y de bajo costo político frente a las guerras largas y desgastantes del pasado, una característica central de las estrategias híbridas contemporáneas.
Rusia y China observan el episodio con atención estratégica. Pierden un aliado y un socio energético en el corto plazo, pero incorporan el caso venezolano al debate global sobre soberanía, legalidad y zonas de influencia. En un sistema internacional cada vez más fragmentado, donde la guerra híbrida se consolida como forma dominante de competencia, cada precedente cuenta. Y este, por su audacia y visibilidad, será estudiado con detenimiento.
Para América Latina, la decapitación venezolana plantea preguntas inevitables. La salida de Maduro puede ser vista como una oportunidad para cerrar un ciclo de deterioro político y humanitario, pero también instala un nuevo umbral sobre lo que es posible en la región. Un continente históricamente aferrado al principio de no intervención enfrenta ahora un escenario donde las fronteras entre lo interno y lo externo se vuelven difusas, y donde los costos de la inestabilidad (migratorios, sociales y de seguridad) recaen en los países vecinos.
Como en la Francia revolucionaria, la decapitación venezolana no es solo un acto. Es un mensaje. Y en la era de la guerra híbrida, los mensajes fundacionales rara vez se agotan en el primer destinatario.
Como la guillotina en 1789, la decapitación venezolana no solo derriba un liderazgo: inaugura una nueva fase de la guerra híbrida y del ejercicio del poder en el orden mundial que viene.
Si se tratase de una serie de ficción, vimos el final de una temporada. Ahora queda esperar la continuación de la historia, porque hasta aquí nada terminó.
Si esto fuera una serie, acabamos de ver el final de una temporada. Pero la trama no es Venezuela. Es el nuevo orden mundial que empieza a tomar forma. El episodio venezolano cerró, pero dejó algo más inquietante que una caída: la confirmación de que el nuevo orden mundial ya empezó a escribirse, y no será ordenado.