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Durante 2025 se notificaron 994 casos de mordeduras de perros en la provincia, de acuerdo con los registros de la Dirección General de Coordinación Epidemiológica del Ministerio de Salud Pública. La cifra implica que, en promedio, casi tres personas resultaron lesionadas por día a lo largo del año, un dato que dimensiona la magnitud cotidiana de una problemática que impacta de lleno en la salud pública.
Los registros oficiales corresponden al período comprendido entre el 1 de enero y el 27 de diciembre, cierre de la semana epidemiológica 52. Más de la mitad de los accidentes se concentraron en el departamento Capital, que acumuló 583 casos, es decir, el 58,6% del total provincial. Junto a San Martín (256), Metán (69) y Orán (48), estos distritos concentraron el 96% de las notificaciones del último año.
El resto de los episodios se distribuyó en Rivadavia (20 casos), Anta (10), Cerrillos (2), La Caldera (2), Rosario de Lerma (1), General Güemes (1), Santa Victoria (1) y Rosario de la Frontera (1), lo que expone una fuerte concentración territorial del fenómeno, especialmente en zonas urbanas y de mayor densidad poblacional.
Dentro de ese escenario, uno de los casos más graves registrados en 2025 ocurrió en barrio Siglo XXI, cuando un niño de cinco años sufrió lesiones de extrema gravedad tras ser atacado por un perro mientras caminaba por la vía pública. El episodio requirió una intervención quirúrgica compleja y varios días de internación, y se convirtió en un caso testigo del impacto que pueden tener estas agresiones, sobre todo cuando las víctimas son niños.
El ataque se produjo el 17 de mayo, alrededor de las 19.15, cuando el menor se desplazaba junto a su madre hacia un comercio del barrio. De manera sorpresiva, un perro de raza pitbull, de color negro, salió de una vivienda y se abalanzó sobre el niño, mordiéndolo en la pierna derecha.
La madre trasladó de inmediato al niño al Hospital Materno Infantil, donde fue asistido de urgencia y sometido a una cirugía reconstructiva debido a la gravedad de las lesiones. El menor permaneció internado durante varios días para su evolución y control médico.
La denuncia fue recepcionada por la Unidad Fiscal Contravencional (UFICON), que inició las actuaciones correspondientes. Según declaró la madre, el animal ya había protagonizado episodios previos de agresión. Incluso, relató que en 2024 ella misma había sido mordida por el mismo perro, aunque en aquella oportunidad no realizó la denuncia, antecedente que fue incorporado a la investigación.
Con esos elementos, UFICON solicitó al Juzgado de Garantías en turno la autorización para allanar la vivienda donde se encontraba el animal y proceder a su secuestro preventivo, además de su traslado al Hospital Público de Mascotas de la Municipalidad de Salta para su evaluación sanitaria. Personal policial se presentó en el lugar, tomó registros fotográficos del animal y del entorno y realizó un relevamiento entre vecinos. Con la información recabada y el informe médico, la Fiscalía concretó el secuestro del perro como medida preventiva.
Desde el Ministerio de Salud Pública se recordó que estos hechos se clasifican como accidentes potencialmente rábicos (APR), ya que una de las vías de transmisión de la rabia al ser humano es la mordedura de un perro infectado. Por este motivo, cada caso debe ser notificado y seguido por el sistema sanitario, aun cuando el animal sea conocido o pertenezca al entorno familiar.
Además del riesgo de rabia, las mordeduras caninas pueden provocar secuelas físicas y psicológicas de por vida. Entre las complicaciones más frecuentes se encuentran las infecciones, debido a la carga bacteriana presente en la boca de los perros, así como cicatrices visibles, especialmente cuando las lesiones afectan zonas expuestas como el rostro o las manos.
Las situaciones más graves
En situaciones más graves, las mordeduras pueden comprometer tendones, músculos o articulaciones, afectando la movilidad. En niños, una agresión intensa puede provocar fracturas óseas. Si la herida no recibe una correcta limpieza y tratamiento, existe además el riesgo de tétanos. De manera menos habitual, pero de elevada gravedad, se han reportado complicaciones como endocarditis, osteomielitis o artritis séptica.
En el plano psicológico, un ataque de este tipo puede derivar en trastorno de estrés postraumático, con ansiedad, miedo persistente a los animales y recuerdos recurrentes del episodio. Cuando quedan cicatrices visibles, también puede verse afectada la imagen corporal, con impacto en la autoestima y en las relaciones sociales.
Frente a este escenario, las autoridades sanitarias insistieron en la prevención y la tenencia responsable como ejes centrales. Recomendaron que los adultos enseñen a los niños a no molestar ni provocar a los animales, a no acercarse a perros desconocidos y a supervisar siempre el contacto entre niños y mascotas. También recordaron que incluso los perros del ámbito familiar pueden reaccionar de forma defensiva si son molestados, golpeados o perturbados, especialmente mientras comen.