La actualidad “justicialista” poco tiene en común con los principios trascendentes de su origen.

Realmente es muy sintomático que a partir del cruento final del tercer gobierno del general Perón, asistamos a una metamorfosis del “partido peronista” que reemplazó al “movimiento justicialista”.

Todos los representantes del Congreso exhiben desde 1983 una paradoja singular: un silencioso complejo de culpa por los actos de gobierno ejercidos entre 1973 y 1976, y una complaciente benevolencia hacia los autores del genocidio y la devastación económica que sobrevinieron después.

El gobierno del sanguinario “proceso” pasó. Pero los cargos de “corruptos” y “subversivos” que se endilgaron a toda la generación del 73 no han sido levantados. Quedaron como preconceptos incuestionables. Como verdades demostradas.

Durante los siete años en que las Fuerzas Armadas ejercieron la suma de los poderes públicos, esas dos palabras, remarcadas sin cesar y sin cuestionamiento alguno, lograron su objetivo: el peronismo fue derrotado en los comicios de 1983.

De “movimiento” se transformó en “partido”. De “objetivos continentales” pasó a ocuparse de domésticos quehaceres municipales. Entró a formar parte de la historia sin tener historiadores, para que de este modo no resucite, para que no vuelva, convirtiéndose en un “justicialismo domesticado” para la dependencia, la miseria y el hambre que transforman a la Argentina en un país atrozmente injusto, económicamente esclavo, jurídica y políticamente desquiciado.

Para destruirlo había que silenciar para siempre a sus pensadores y sus intelectuales. Tal el destino frustrado de pensadores de la talla de Raúl Scalabrini Ortiz, del padre Leonardo Castellani, de Atilio García Mellid, Ernesto Palacios, René Orsi, Elías Giménez Vega, Pedro de Paoli, Roberto Tamagno, Faustino Legón, Julio Irazusta, Leopoldo Marechal, Joaquín Díaz de Vivar, Ricardo Levene (h), Eduardo Elguera, Manuel Arauz Castex, Eduardo Stafforini, Juan Pablo Oliver, Carlos Cossio, Diego Luis Molinari, Mario Lucas Galiniana, Oscar Hasperué Becerra, Enrique Finochietto, José Arce, Ramón Carrillo y tantos más, que fueron reemplazados por la entelequia de los personeros de intereses espúreos.

De esta manera la regla de cantidad que se expone en la fórmula matemática 0 + 0 + 0 + 0 = 0 conformó una masa amorfa sin pensamiento, sin programa y sin destino.

Sobre la defunción del peronismo volvió la oligarquía, construyendo el “populismo oligárquico justificante” de las aberraciones más aleves contra el pueblo argentino que hoy constituyen desocupación, miseria e indigencia con el acoso de una drogadicción que, en suma, impide la posibilidad de “valerse por sus propios medios” para toda subsistencia laboral dignificante. Todo ello, enmarcado en una resignación total. En una anomia que erradicó cualquier tipo de entusiasmo vivificante de esperanza, que trascienda más allá de la urgencia inmediata de un desenfrenado consumismo superfluo, transformando en una férrea cadena dominante las múltiples cuotas de cada endeudamiento personal.

Acordes con el gran endeudamiento nacional de obligaciones ilegales, ilegítimas e inmorales, pagándolas a costa del “hambre y la miseria de todo el pueblo argentino”.

Con un corolario de remache de los grilletes dominantes, reflejado en la intocable Ley de Entidades Financieras N§ 212526 de 1978, cuyas beneficiarios produjeron el golpe financiero al gobierno de Alfonsín y financiaron el triunfo de Menem en 1989.

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