El escenario mundial puede resultar drásticamente alterado a la brevedad por la onda expansiva derivada de un ataque militar contra Irán. La hipótesis más probable remite a un operativo aéreo israelí contra las instalaciones en las que se desarrolla el plan nuclear iraní. Sería una reiteración, aunque a una escala mucho mayor, de los exitosos operativos militares israelíes que años atrás destruyeron esas instalaciones en Siria y en Irak. La diferencia cualitativa es que esta agresión difícilmente quedaría sin respuesta.

De un modo encubierto, Israel parecería haber iniciado las hostilidades. Los sucesivos asesinatos de científicos iraníes vinculados con el plan nuclear de Teherán y el reciente ciberataque sobre el sistema de defensa iraní serían otras tantas demostraciones del despliegue de la Mossad. Por otra parte, los atentados perpetrados contra embajadas israelíes aparecen como represalias iraníes.

Ninguna de las partes se ha hecho cargo de la autoría de estos hechos. Esta discreción obedece a una lectura del tablero internacional. Ni Estados Unidos ni mucho menos la Unión Europea podrían tolerar un reconocimiento israelí de esos operativos clandestinos. China y Rusia tampoco podrían admitirle a Teherán el uso de esas prácticas terroristas.

Un análisis del estado de conflicto debe computar el entrecruzamiento entre las situaciones internas de los cuatro principales actores: Estados Unidos, Israel, la Unión Europea y el propio Irán. Porque la superposición de estas cuatro dinámicas internas incrementa la imprevisibilidad de los acontecimientos.

En Estados Unidos, Barack Obama juega su reelección ante una oposición que ha resucitado las acusaciones contra Irán como parte del “eje del mal”, demonizado por George W. Bush. Obama no es partidario de la opción militar. Prefiere avanzar por el camino de las presiones políticas y las sanciones económicas. Pero su cautela tiene un límite. No puede aparecer “débil” ante la opinión pública ni tampoco retacear el apoyo de Washington a Israel.

En Israel, el gobierno de Benjamín Netanyahu alienta el empleo de la fuerza militar. La oposición laborista supedita esa alternativa a la participación norteamericana. Pero Netanyahu cree que Washington solo tendría que otorgar un callado consentimiento a un ataque aéreo israelí contra instalaciones militares iraníes y recién actuar si, como resulta muy probable, Teherán adopta represalias contra el Estado judío, impulsa atentados terroristas en Occidente o bloquea el estrecho de Ormuz para impedir el abastecimiento petrolífero a Europa.

La Unión Europea, inmersa en su crisis, no parece mostrar ningún interés en involucrarse en una aventura militar. Sin embargo, el desabastecimiento petrolero sería un “casus belli” imposible de ignorar. Existen además dos grandes excepciones. El gobierno de David Cameron intenta cotizar el papel de Gran Bretaña como principal aliado estratégico de Estados Unidos. Por su parte, Angela Merkel considera que la Unión Europea no puede esperar ninguna colaboración norteamericana para salir del pantano si la OTAN abandona a Washington en una circunstancia bélica de esas características.

Puja de poder en Irán

Las elecciones parlamentarias en Irán, de las que los sectores reformistas se negaron a participar, exhibieron la creciente puja entre el presidente Mahmud Ahmadineyad y el líder religioso ayatollah Ali Jamenei. El primer mandatario busca resucitar un nacionalismo laico. Su mensaje político rememora la tradición de grandeza del Imperio Persa, previa al Islam. Detrás de esta prédica, el clero musulmán barrunta una amenaza contra su hegemonía.

En el sistema de poder de la “Revolución islámica”, la autoridad religiosa tiene el mando de los servicios de inteligencia y de la Guardia Republicana. Esa potestad le permite realizar operativos en el exterior sin autorización del poder político. Esa particularidad podría explicar el atentado contra la sede de la AMIA.

Ahmadineyad reivindica el plan nuclear como una causa nacional iraní. Ese plan no comenzó con la “Revolución islámica” sino durante la era del Sha, cuando Irán era aliado de Estados Unidos. Entonces, no era objetado por Washington sino por Moscú. En estas circunstancias, el Gobierno de Teherán no puede aflojar ante la presión internacional sin correr el riesgo de ser derrocado.

Este entrecruzamiento de las cuestiones domésticas de los países involucrados genera una situación de incertidumbre. Aunque la racionalidad política indicaría que la probabilidad de una “paz armada” es mayor que la de una opción bélica, estas complejidades reducen el espacio para las negociaciones entre las partes.

Para complicar más el escenario, las monarquías petroleras (Arabia Saudita, Kuwait, Quatar y los Emiratos Arabes Unidos) miran con agrado una acción militar que debilite a Irán, cuya expansión consideran peligrosa para su subsistencia.

Obvio resulta que, más allá de la capacidad logística de Teherán para un contraataque directo contra territorio israelí, una agresión del Estado judío a Irán desencadenaría respuestas iraníes desde el Líbano, a través de Hezbollah, así como la ejecución de represalias contra distintos blancos israelíes en Occidente.

El factor Chávez

Dentro de estas previsiones, Teherán incluye el fortalecimiento de sus vínculos con ciertos países de América Latina, en particular con Venezuela. La CIA fantasea incluso con la alternativa de que Irán y Venezuela alienten una segunda crisis de los misiles en el Caribe, similar a la que hace cincuenta años provocó la instalación de cohetes rusos en Cuba. De esta forma, Teherán haría que el teatro de operaciones no se circunscribiera al estrecho de Ormuz.

La lógica de esa amenaza, que habría sido tema de conversación en la reunión que mantuvieron en Caracas Ahmadineyad y Hugo Chávez, sería amagar con una base militar que amenace al territorio norteamericano para negociar su desmantelamiento a cambio de garantías para la supervivencia del régimen iraní.

Más allá de lo delirante de esta hipótesis, entra a jugar otra razón de orden doméstico, en este caso de Venezuela: voceros del oficialismo empezaron a enfatizar las raíces judías de Henrique Carriles Radonski, flamante candidato único de la oposición a Chávez en las elecciones presidenciales de octubre

Un artículo publicado por el columnista Adán Hernández en la web de la estatal Radio Nacional de Venezuela afirma que “en octubre hay dos propuestas claras para Venezuela: la de la "Revolución bolivariana' y la del sionismo internacional, que amenaza con la destrucción del planeta que habitamos”.

Si se agrega a este panorama la incertidumbre sobre la salud de Chávez y el porvenir de su “Revolución bolivariana”, el cocktail resulta más explosivo todavía.

Durante la Guerra Fría, el teléfono rojo, que conectaba a la Casa Blanca con el Kremlin, funcionaba como última instancia de negociación ante una escalada fuera de control. En este escenario, ese teléfono no existe. La responsabilidad de apretar, o no, el botón está entonces casi enteramente en manos de Netanyahu.

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