Lucas Dalfino, El Tribuno

Aquí no se gana para sustos. Será por eso, me dice un amigo, que todo el mundo está corriendo tras de aumentos de sueldos, salarios y dietas (viáticos, gastos reservados y etcétera). Porque la plata no alcanza, vea. ¡Y eso que no hay inflación, según nos asegura Ella! A mí, por ejemplo, hace un lustro que no me aumentan una guita, pero como no puedo hacer piquetes, porque somos sólo mi circunstancia y yo (no pertenezco a ninguna corporación, ni soy afiliado a un gremio allegado al poder), únicamente me queda quejarme, pero con la queja no paso al frente. Ni la escuchan.
¿A qué viene todo esto? Viene a raíz del aumento del 22 por ciento a las dietas de los legisladores provinciales que, por el famoso “enganche automático”, beneficia también a los concejales capitalinos.
En este momento mi amigo volvió a meter su cuchara: -Será que por compartir esa suerte remunerativa (aunque sea enganchada) con diputados y senadores, dijo, los ediles tienen el berretín de que ellos también legislan. Legislar es hacer, establecer leyes y ellos, los concejales, solamente están autorizados a redactar ordenanzas, que no son leyes. ¡Qué cosa!
El concejal Carlos Zapata sobresaltó un poco a esta cotópolis cuando difundió que el porcentaje del incremento que comento era de un 30,8 por ciento. Velozmente esa especie fue descalificada: apenitas si llega al 22 por ciento.
Pero el asunto no era para sobresaltarse, por más que el anuncio de Zapata hubiera sido cierto, porque ahí nomás tenemos a los ediles de Rosario de Lerma que de 7 se aumentaron a 10 mil, y no pasó nada, solamente sacó un brote de indignación.
Dije por ahí que aquí no se gana para sustos. Pero estamos vacunados contra los sustos de esta naturaleza. Si no nos dio un patatún cuando diputados y senadores nacionales se aumentaron sus dietas en un 100 por ciento, podemos decir que no hay cuco que nos asuste, salvo la certeza que pertenecemos a esa mayoría de argentinos cuyo sueldo le alcanza a gatas para parar la olla.
Otras cosas nos asustan en esta era kirchnerista, pero el incremento de las dietas de legisladores provinciales y nacionales, y concejales, es como una cosquilla de resignación.
Asusta que se diga que los docentes no tienen argumentos para pedir mejoras de sueldo porque, entre otras sandeces, trabajan cuatro horas diarias y gozan de tres meses de ocio.
Asusta que los edificios en los que funcionan las escuelas estén en ruinas. Asusta que la intolerancia gane sus aulas.
Asusta que la corrupción avance a grandes trancos, y que la inseguridad nos sea servida como única comida del día. Y etcétera.
Y decenas de otros asuntos pueden asustarnos. Pero que senadores, diputados y concejales se aumenten sus dietas sin importarles la pobreza reinante en la provincia y en el país, no puede asustarnos. Y no puede hacerlo porque es algo tan común como un gol en contra. Y tan bochornoso como esa pifia.
 

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