“El doctor de la Rosa entró en su despacho y depositó el gallo en un rincón que rodeó con dos sillas volcadas”.

Hurgando el archivo de El Tribuno encontré un interesante sucedido que creo vale la pena volver a publicar para disfrute de nuestros lectores dominicales. El trabajo, “Un pleito enconado y un gallo famoso”, pertenece al doctor Roque López Echenique; la ilustración pertenece al plástico Jorge Hugo Román y fue publicado en los años "60, en el Suplemento Artes y Ciencias de este diario.

“Aquella apacible mañana de noviembre -dice López Echenique- luminosa y cálida, se presentaba en la plaza (9 de Julio) y su entorno con las características de costumbre. Nada hacía presagiar la próxima jocosa batahola de que sería teatro. El cotidiano trajín de las viejas devotas concurrentes a la iglesia, arrebujadas en sus mantas, seguidas de su caschi y la chinita entre rezongos y tropezones, último saldo del sueño matinal. El almacén de la esquina abriendo su puerta como en un enorme bostezo, y el reloj del Cabildo desde su vetusta espadaña martillando sus ocho golpes en su carrasperoso carrillón.

Puntual como siempre, en la última campanada, descendía de su caballo “picazo” don Gorgonio de la Rosa, juez de Letras, doctor en ambos Derechos, llegaba para iniciar sus tareas judiciales en su enjalbegado y austero despacho del Cabildo. Sede así también del Tribunal de Alzada, Conserjería, Ujieres, Alguaciles, Cárcel de Encausados, Policía y demás engranajes auxiliares de Justicia. Un diligente vigilante le tomaba el caballo, el que era introducido al gran patio interior empedrado de canto rodado. Don Gorgonio montaba de “jaquet”, el pantalón de fino “cheviot” introducido en las botas. Al apearse lo acomodaba tomando la caña hasta el empeine. Galera de alta copa y barba retinta recortada en 'U', a lo Federal, muy en uso en la época, daban gran prestancia a su varonil y señorial figura. Estaba en el promedio de la vida y sus ademanes eran enérgicos y decididos.

El “gallero”

Pero don Gorgonio tenía también su refugio, su deporte de fin de semana que, como las aguas del Leteo, le hacían olvidar sus nostalgias, sus problemas jurídicos y domésticos. Era un consumado “gallero”. Experto conocedor del más valiente de los animales para la lucha, así de primera vista distinguía un asil de un inglés puro, cruzado, calcuta o cholo; su peso, edad y demás condiciones útiles para salir airoso de una riña.

Poseedor de un nutrido gallinero en su casa quinta, próxima a las lomas del poniente (Medeiro). Desde estos aledaños concurría diariamente a sus tareas cruzando sembradíos y huertas. Aquella mañana había hecho su camino con un gallo de riña bajo el brazo. Tenía una “depositada” de elevada monta, y por eso había preparado, encelado y careado toda la semana al “Pellegrini”, bravo ejemplar con numerosas victorias, muertes, sacadas de ojos, y otras lacerantes hazañas. Por la tarde concurriría al reñidero lo más caracterizado del vecindario, como que las riñas constituían la diversión más difundida entre los varones de pro de aquellos tiempos.

La audiencia

El doctor De la Rosa entró en su despacho y depositó el gallo en un rincón que rodeó con dos sillas volcadas a manera de baranda. De los fundillos traseros del jaquet sacó unos puñados de maíz para entretener al gallo y, de inmediato, procedió a abrir una audiencia arreglada para ese día. Se trataba de una absolución de posiciones en un enconado juicio, cuyo trámite, lleno de incidencias violentas y ásperos debates, mantenían por reivindicación y mejores derechos, unos vecinos de Cerrillos, desde hacía más de cinco años, ahondando sus odios recalcitrantes, por el carácter irreductible de los litigantes. Los Apaza y los Moyano, que así se llamaban actor y demandado, eran el aceite y el vinagre. La audiencia se desarrollaba en forma acalorada y violenta y en el preciso momento en que el Juez intentó poner orden, un estentóreo alarido del “Pellegrini”, seguido de cacareos y aleteos, paralizó la audiencia.

El gallo saltó de la cerca a la mesa del despacho, y de ahí a la puerta, tomando rumbo a la plaza. Una descomunal rata atraída por el maíz había asustado al “Pellegrini” y no había quién lo atajara en su carrera.

Litigantes, letrados, ujieres, el Juez y comedidos, salieron tras el gallo. Este sorteaba la encarnizada persecución volando de la pirámide (hoy reemplazada por Arenales) a los árboles o se escabullía entre los canteros. Hasta que, cercado por los Apaza y los Moyano, lograron estos atraparlo. A todo esto la plaza ofrecía un espectáculo inusitado. Justicia, Cabildo y Regimiento, se habían entregado a la cacería de “Pellegrini”. Los vecinos oteaban desde balcones y azoteas, mientras los miembros del Superior Tribunal seguían desde el balcón central del Cabildo las incidencias del espectáculo. Vueltos al despacho y ya prolijamente maneado “Pellegrini”, los litigantes olvidaron sus pasiones entre los comentarios de los episodios. Y esta oportunidad aprovechó el doctor de la Rosa para lograr una feliz transacción entre los enconados litigantes y hacer Justicia.

Y así, de esta forma, “Pellegrini” sumó a su larga serie de victorias esta resonante, fuera del redondel escarlata y sin sangre”, concluye López Echenique.

 

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