Muchos discutían hasta ayer su condición de grande. Y no le hizo falta ser condecorado para demostrarlo. Por el contrario, se lo ganó por el fervor de su gente, por su devoción. Y lleva incorporada la "chapa" de los cinco grandes encima. Pero le faltaba ese preciado trofeo, la caprichosa y esbelta figura dorada que nunca había podido conseguir. Y la ganó, como para acallar las dudas y erradicar de una vez el traumático karma que lo arrastraba al fango de la impotencia y de las chicanas de rivales y vecinos.
San Lorenzo es un grande de verdad y lo ratificó en la fría noche del Nuevo Gasómetro ante miles de almas fanáticas que fueron testigos de un hecho único, sublime e histórico.
De la mano de Edgardo Bauza, el ciclón se consagró campeón de la 55ª edición de la Copa Libertadores de América tras vencer en la revancha de la final al austero, valiente y enjundioso Nacional de Paraguay, que vendió muy cara su derrota; por 1 a 0 gracias a un penal grosero, tras una alevosa mano en el área del defensor paraguayo Ramón Coronel a los 34' del primer tiempo (igualaron 1-1 en la ida).
Leandro Romagnoli, el capitán y emblema, fue la síntesis perfecta de la emoción de un pueblo al conmoverse hasta las lágrimas en su despedida soñada, al alzar la Copa ante un Nuevo Gasómetro que explotaba y testificar el momento más glorioso en la vida deportiva de San Lorenzo.
Fue una de las finales más pobres de la historia y el juego del conjunto argentino estuvo lejos de brillar ante un rival que le respondió golpe por golpe y hasta pudo haberle ganado, es cierto.
Pero de ninguna manera se pueden discutir los méritos de un campeón legítimo que llegó a la final por el camino más difícil, eliminando a "cucos" como el Gremio y el Cruzeiro. ¡Salud, campeón!

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