El "petit corso" es, sin duda, el sobrenombre más famoso de todos aquellos que tenía en su haber Napoleón Bonaparte, más conocido por ser el general francés que puso a sus pies a media Europa y a una buena parte del norte de África. El apodo no era arbitrario, pues hacía referencia a lo poco que se elevaba del suelo su figura. "Gran estratega sí, pero de pequeña talla", decían. Sin embargo, la realidad choca con el mito, pues la altura del emperador galo tal y como pudo conocerse según su autopsia, era exactamente de 1,68 metros, por encima de la media de sus conciudadanos allá por la época en la que dio guerra, el Siglo XIX.

A nivel internacional, hablar de este no tan pequeño hombre es hacerlo también de un genio militar que logró que Francia se expandiera por medio globo. Y es que, entre otras cosas, venció a los piamonteses y a los austríacos en Italia cuando apenas contaba 27 años. Todo ello, logrando transformar un ejército harapiento y famélico en un contingente de héroes ansiosos por servir a su país.

Más célebres aún son sus victorias en Egipto, donde a pesar de que derrotó a los mamelucos, se sintió abrumado y cuando vio los gigantescos monumentos milenarios de piedra que hacían las veces de tumbas solamente pudo decir una frase a sus hombres: "Desde lo alto de esas pirámides, cuarenta siglos nos contemplan". De nada le valieron sus continuos triunfos en la región, pues los ingleses acabaron venciendo a su flota por mar. Volvió a Francia y fue recibido como un héroe.

Como suele pasar con una buena parte de los grandes imperios, Napoleón terminó siendo derrotado. Su tumba fue la batalla de Waterloo, donde sus tropas fueron aplastadas por Arthur Wellesley, más conocido como el Duque de Wellington. Tras ser vencido, la desgracia cayó sobre el "pequeño corso", quien de regreso en París fue obligado a renunciar a su cargo. Posteriormente decidió entregarse a los ingleses, quienes le deportaron a la isla de Santa Elena. Allí, el "Sire" pasó sus últimos días recordando aquellas gloriosas campañas en las que su nombre era vitoreado por cientos de miles de soldados galos.

Con el paso del tiempo su salud se fue marchitando y él lo sabía: "Dentro de poco habré espirado y encontraré a mis valientes en los campos Eliseos. Sí, Kleber, Desaix, Bessieres, Duroc, Ney, Murat, Massena, Berthier... todos vendrán a recibirme, me hablarán de lo que hicimos juntos y conversaremos de nuestras guerras con Escipión, Aníbal, César, Federico", decía. Finalmente y seis años después de empezar su cautiverio, Napoleón falleció por un cáncer de estómago.

En la autopsia coincidieron en el diagnóstico y el médico francés Fran‡ois Antommarchi determinó su altura: 1,68 m, pero en Gran Bretaña interpretaron los datos bajo su propio procedimiento y dijeron que su talla era de 1,57 m. Estudiosos creen que el mito se acrecentó porque a Napoleón siempre se lo veía al lado de sus guardias imperiales, que debían medir como mínimo 1,73 m y 1,84 los granadores, muy por encima de la media de los franceses que era de 1,55 m.

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