Elisabeth de Austria (1837-1898) fue una célebre belleza de su época. Pero un detalle particular la convirtió en una obra de arte viviente, demasiado preciosa para exponerse ante sus súbditos sin esmerados arreglos previos. Tenía una cabellera larga hasta los tobillos, abundante y ondulada, que le caía por la espalda como un manto. Brigitte Hamann, en su libro "Sisí, emperatriz contra su voluntad" (1982), consigna que el gasto y el cuidado que significaban los famosos cabellos de Sisí era enorme. Se lo lavaban cada tres semanas con costosas esencias, aunque también con el aditivo de coñac y huevo. Esta operación demandaba un día en que Sisí no estaba para nada más. Además su peluquera personal tenía un truco para hacerle creer que no le hacía perder ni un cabello cuando la peinaba. Si algún pelo caía lo pegaba discretamente en una cinta adhesiva que llevaba debajo del delantal. Al terminar su trabajo, le mostraba a Elisabeth un cepillo limpio.
El peso de la cascada de cabellos era tal que a veces le producía dolor de cabeza a la emperatriz. Cuando le ocurría, permanecía horas en su habitación con el pelo sujeto con cintas a la cabecera de la cama. Así reducía su peso y alivianaba su cabeza. Sisí aprovechaba las horas del peinado para practicar conversación en griego con su lector, Christomanos. Este le comentó una vez: "Su majestad lleva el pelo como una corona, en vez de la corona". A lo que ella replicó: "Con la única diferencia de que de cualquier otra corona podría librarme más fácilmente".

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