Las causas de ceguera en los perros

Por Walter Octavio Chihán, médico veterinario.

El perro que ya no ve es un perro inválido. Está triste y se siente completamente perdido en cuanto sale del entorno al que está acostumbrado. Por suerte, en muchos casos es posible proporcionarle alivio mediante un tratamiento médico o quirúrgico.
El ojo es un órgano de una gran precisión y extremadamente eficaz cuando está en perfecto estado, lo que implica que la calidad óptica de las estructuras anatómicas del segmento anterior del ojo (córnea y cristalino), la transparencia de los medios oculares (humor acuoso y humor vítreo) y la integridad de las estructuras nerviosas (retina, nervio óptico, centros visuales) se conserven. Cualquier lesión en uno de estos niveles puede desembocar en ceguera.
Es importante saber descubrir los primeros síntomas lo más pronto posible. 
El perro que ya no ve tiene un comportamiento muy particular, siempre idéntico, cualquiera que sea el origen de la afección el animal se vuelve miedoso y anda con precaución por temor a tropezar, manteniendo la nariz a ras del suelo para localizar el más mínimo olor que le pueda guiar. Es verdad que la potencia y finura del olfato canino varían mucho de unas razas a otras, pero no es menos cierto que todos los perros tienen el olfato desarrollado, tanto que, para ellos, cualquier reconocimiento empieza por la nariz. Que decir entonces de la importancia del olfato para un perro ciego.
 De modo que es difícil que el dueño no se de cuenta de la invalidez de su perro. Sin embargo la ceguera unilateral es más difícil de detectar y también más difícil de diagnosticar sin un examen oftalmológico a fondo. En cualquier caso, lo importante es descubrirla, pues es frecuente que las lesiones que hayan provocado la pérdida de un ojo se encuentren en un estadio menos evolucionado en el otro ojo, en un estadio pues en el que aún es posible un tratamiento que permita conservar la vista.

Examen de la córnea

Desde el punto de vista óptico, la córnea es la estructura más importante: debe ser lisa y de una transparencia perfecta para asegurar el paso de los rayos luminosos. La menor opacidad, en efecto, perturba considerablemente ese paso, comprometiendo así la visión. Algunas opacidades son superficiales, como en el caso del pastor alemán en el que la córnea puede quedar cubierta por un tejido inflamatorio secundariamente pigmentado (de ahí el nombre de queratitis pigmentaria, dada a esa enfermedad), cuando la enfermedad radica en el centro de la córnea, el animal no puede distinguir nada y, entonces, solo podrá recuperar una visión adecuada mediante un tratamiento quirúrgico destinado a eliminar la capa superficial que ha perdido la transparencia. Existen opacidades más profundas, a la altura del estroma córneo, debido a queratitis estromales o parenquimatosas o a un edema. Su tratamiento es médico o quirúrgico, y éste último consiste en reemplazar la córnea enferma por una sana, o sea, en hacer un trasplante.

El cristalino

El cristalino es la segunda superficie óptica del ojo. Como la córnea, debe ser transparente para que la luz pueda pasar. Por lo demás, debe tener una posición extremadamente precisa para localizar los rayos luminosos en la retina.
La opacificación del cristalino constituye la catarata. En cuanto a su desplazamiento, o luxación, tiene un efecto directo sobre los fenómenos ópticos, aunque también puede provocar complicaciones por aumento de la presión intraocular, en cuyo caso se habla de glaucoma, que va acompañado de fenómenos dolorosos y síntomas locales. Entre éstos no es raro el edema de córnea, aunque el más grave es la compresión de la cabeza del nervio óptico (papila) que impide una buena transmisión al cerebro de las informaciones recibidas por la retina. Se trata entonces de uno de esos casos en los que el examen del ojo supuestamente sano reviste una gran importancia, pues la luxación es bilateral en el 90 %.

Los medios líquidos

El humor acuoso y el humor vítreo son fisiológicamente transparentes como el agua. Pero pueden opacificarse a consecuencia de una hemorragia o de la acumulación en la cámara anterior del ojo de precipitados opacos como fibrina o pus. Cuando se trata de sangre, se habla de hipema, y en caso de pus, de hipopión.
La presencia de tales opacificaciones hace difícil el examen de las estructuras oculares y obliga a recurrir a sofisticadas técnicas como la ecografía o la tomografía.

La retina

La retina constituye la capa sensible del ojo. Para que sea funcional, también ha de estar perfectamente colocada contra la coroides, y sus diferentes capas celulares deben estar intactas. La más mínima modificación de su posición constituye un desprendimiento de retina. Este puede deberse a la acumulación de líquido en el espacio subretiniano (desprendimiento seroso) o a una rasgadura por la que precipite la sustancia vítrea. Los desprendimientos de retina no siempre van acompañados de ceguera. En el hombre, el diagnóstico precoz permite evitar su agravamiento gracias a medios modernos como el láser. En el perro, por razones evidentes, el diagnóstico casi siempre se hace demasiado tarde, muchas veces cuando el perro ya no ve nada. Entonces se tiene que recurrir a tratamientos onerosos, ya sean médicos o quirúrgicos. 
Las células de la retina pueden sufrir alteraciones que provoquen la ceguera. Estas alteraciones son consecutivas a fenómenos infecciosos o inflamatorios (retinitis, corioretinitis) o a fenómenos degenerativos (atrofia retiniana). Estas últimas dependen de factores genéticos y se encuentran en particular en determinadas razas (caniche, cocker, labrador).

Nervio óptico

El ojo está unido a los centros visuales por el nervio óptico. Cualquier afección localizada en ese trayecto puede tener consecuencias sobre la función visual. Una infección o inflamación del nervio óptico (neuritis óptica), una compresión de éste ocasionada por una fractura, un tumor o un abceso, impedirán el paso de la información sensitiva al nivel superior.
Del mismo modo, las lesiones del cerebro (hemorragia cerebral, tumor, hidrocefalia, etc) pueden ir acompañadas de ceguera.

Diagnóstico 

El examen del ojo permite descubrir un cierto número de anomalías que pueden provocar la ceguera. Cuando las lesiones afectan al mismo ojo y son observables, el diagnóstico etiológico, en efecto, se hace con relativa facilidad. Resulta más difícil cuando interviene un fenómeno funcional.

 

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